Te pienso.
Luego está todo lo demás, que tampoco
tiene demasiada importancia:
el despertador aún de madrugada,
la lluvia en la uralita,
el pan duro y el dolor de piernas.
Te pienso. Y luego
está todo lo demás, que tampoco tiene
demasiada importancia:
la memoria inasible de tus manos,
que vuelven sobre mí
cuando menos las espero
(mientras hablo con la chica del banco,
si me siento a intentar ponerle fin
a la decena de poemas que no puedo
terminar desde hace años,
cuando pronuncio en voz baja la palabra que me enseñaste).
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