jueves, febrero 8

Aprender a amar una tierra

El anuncio de los días.
O de las horas en las que
creernos capaces.

Los cuervos buscan alimento
en los contenedores de basura.
A su manera, persiguen también la belleza.

Aprender a amar una tierra.
O amarla sin esfuerzo, qué más da.
Caminar sin prisa por los senderos
que llevan a la playa y sentir el frío de enero
en la cara y en las manos. A veces pienso
que vine hasta aquí solo para ver
el mar de invierno, como si en él residiera
mi destino y todas las cosas que le debo y  
que dan sentido, a veces, a los días.
Otras veces pienso que vine hasta aquí
para encontrarme con ella
al doblar una esquina.
Después las semanas se suceden
de un modo un tanto extraño, difícil de entender.
Y busco refugio en las páginas de un libro
o en correr cuando llega la noche. La ciudad.
Aprender a amar una ciudad. O amarla sin esfuerzo.
Qué más da. Si los cuervos encontraron
lo que buscaban, ¿por qué yo no habré de hacerlo?

El rumor del mar antes de verlo.
Como el perfume de su piel
cuando no soy capaz de alcanzarla.
La tormenta que siempre regresa
después de la calma y las manos del cielo azul
abriéndose paso entre las nubes
que se debilitan. El vértigo de caminar en las aristas.
O el único lugar del mundo en el que encuentro
sosiego. Las gaviotas, posadas entre las rocas
que la marea baja descubre en la playa de San Pedro,
miran fijamente al mar y aguardan su momento.
Versos escritos que disparan por la espalda.
Aún hay tiempo si no has visto las lágrimas
de las cigüeñas cuando el instinto
las empuja a volar al sur.
Ella se echó a llorar, lo recuerdo,
cuando todos dijeron que nada volvería
a ser como antes.

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