Subrayo versos en la cafetería
de una gasolinera mientras aguardo
la llegada de un amanecer
que viene con retraso.
Los coches, fugaces,
alumbran por un instante la autopista.
Suena la radio y anuncia un día de lluvias.
A mis espaldas, un mar en calma aguarda
paciente la llegada de un nuevo temporal
procedente del norte. Las chimeneas de las fábricas,
sucios dragones perdidos de herrumbre
que no cesaron su trabajo durante la madrugada,
que no cesaron su trabajo durante la madrugada,
escupen lenguas de fuego que iluminan la noche,
ahora que se acerca su final.
Un camionero, con el rostro cansado,
aparece tras la puerta abierta y pide un cortado
con leche fría. Se frota los ojos con las manos,
bosteza sin taparse la boca
y me saluda con un movimiento leve de cabeza.
Y yo busco recuperar las palabras
a las que pertenezco, las que me sostienen
como hilos de marioneta. Observar
el mar desde los acantilados
o una tarde al sol bebiendo cerveza,
la mirada de mi hijo cuando se hace preguntas
o el espectáculo indescriptible
de ver cómo se desnuda en silencio,
antes de ducharse.
Siete hombres de espaldas desayunan
apoyados en la barra.
No se conocen entre ellos. No hablan.
La radio, los motores y el entrechocar de platos
que la camarera provoca al colocarlos
en el lavavajillas son los ruidos
que rompen el silencio.
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