viernes, marzo 23

El orden natural de las cosas

Al lado de la carretera, casas cerradas
desde hace años, jardines abandonados y salvajes
donde la hiedra invade fronteras que no le pertenecen,
gatos con los bigotes manchados de bruma persiguen
ratones veloces entre los huecos que los muros
van cediendo al nordeste y al salitre mucho antes de convertirse
en escombros. Una línea de costa sometida por el océano
y por el viento se extiende más allá, mucho más allá
de lo que alcanza la vista.

Una camiseta de algodón y un vaquero
ajustado. El pelo suelto, la cara lavada
y los pies descalzos.

Después llegará el verano y seremos
dos colgados de las manecillas del reloj y nomeolvides
que florecen durante el atardecer, las sábanas limpias
tendidas al sol, el zumbido eléctrico de la tormenta,
la noche sostenida, la voz de mi padre repitiendo sin cesar
la palabra tocadiscos o la lectura minuciosa de El Orden
Natural de las Cosas, el mundo en guerra cuando dicen
lo nuestro, lo que será y los leones agazapados en sus ojos
o los paisajes de su cuerpo que la memoria de mis manos
conserva como cuentas del collar
que encontramos tirado entre las piedras de la playa,
casi noviembre, aquella tarde.

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