La hiedra que invade los muros del futuro,
la guerra interminable en sus manos y en su boca,
el asedio, la esperanza resquebrajada,
la llegada de los lunes, aquel abrazo
del que no he podido desprenderme,
el vértigo en los viaductos cuando agarro
con fuerza el volante y acelero, el presentimiento
de que estas tardes (aunque nada) durarán por siempre,
la precisión del arquero, la piel de la naranja
que los dedos desprenden lentamente de la carne o
el ruido que hacen mis manos cuando recorren
su cuerpo. Una forma de amar intacta
para usar sólo con ella.
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