miércoles, noviembre 21

Fabián (I)

"la sangre aún me hierve
cuando pienso en mi mala suerte
y cuando me levanto en el jergón
os maldigo

a este lado de la puerta
llegaban tus cartas ya abiertas
yo las necesito tanto en el jergón
y no llegan

y sin ellas dime que me queda"



A sus espaldas la puerta del patio se cierra con violencia y el sonido metálico se diluye en la vida cotidiana de la calle: el taxi libre que surca el asfalto, la velocidad de los hombres sobre las aceras y el quiosco que todos los días veía desde la ventana de la celda.
Una vez más, la séptima, Fabián deja atrás los muros de la cárcel. Aún le duelen los brazos de cargar las sábanas en la lavandería. Aún le duele el culo del día en que le engañaron para que llevara un paquete de cigarrillos al enfermo de la trescientos uno. Y cinco le aguardaban. Y ninguno estaba enfermo. Aún le duele la cabeza de contar los días dentro. Más que fuera.
Dirige sus pasos por la acera que abraza la prisión y se encamina, renqueante y sombrío, a la mísera casa que, milagrosamente, aún conserva en el segundo piso de un inmueble en el barrio más pobre de esta ciudad que le ha visto nacer y que le atrapa como una madre celosa a la que no puede abandonar.
Renqueante, por la pierna ortopédica que sustituye al pie amputado por culpa de esa enfermedad que nunca ha sido capaz de pronunciar, y de la que sólo sabe que termina en itis y que nació por meterse el caballo en las venas del tobillo.
Sombrío, porque no está seguro de querer salir.

Fabián no tiene maleta pero, en verdad no la necesita; porque su único equipaje es el cuaderno de tapas verdes desgastadas donde escribe los poemas que, sin saber por qué, siempre hablan de horizontes y de mar, de niebla y de llanto, de olvido y... de nada más. Le hubiese gustado escribir poesías de amor y, para ello, cerraba los ojos, se concentraba y dibujaba la imagen de Charo en su frente; pero nada conseguía. Por eso, en la última visita, le dijo no quiero volver a verte. Estaba harto de no saber amar. Más harto incluso que del salido del guardián que les observaba por el circuito cerrado de televisión mientras echaban el triste polvo mensual.

Antes de regresar a casa, tiene algo que hacer. Comienza a llover.

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