sábado, noviembre 24

Fabián (II y III)

A Fabián le gusta el mar, pero nunca ha pisado la arena de la playa. Una vez, en el trullo, estuvo a punto de cumplir su sueño, cuando organizaron la excursión de fin de semana a Castro Urdiales; pero a alguien tenían que echarle la culpa de la revuelta en el comedor, el día que hicieron volar las bandejas en protesta por la comida, y malgastó el fin de semana encerrado en la celda, sentado en el suelo con la cara sobre las manos crispadas y clavadas las uñas en la palma, hasta hacer brotar sangre de las heridas cuyas cicatrices aún acaricia dolido cada vez que el tacto las descubre.
A Fabián le gusta el mar. Por eso ha decidido comprarse un pez, que le haga compañía en la soledad de su viejo piso y que le acerque un poco al océano que tanto anhela. La pecera ocupará en el mueble del salón el hueco del televisor que no se puede permitir.


Fabián calado hasta los huesos en medio de la calle. Fabián contra el escaparate. Su reflejo dibujado en el cristal. Fabián contra Fabián. No es la imagen que recuerda de veinte años atrás pero se le parece. Muchas veces lo ha hecho. Sólo tendría que agarrar la silla de la terraza en el bar de al lado, lanzarla contra el cristal, recoger cuanto pudiera y salir corriendo. La pierna inerte aguantaría hasta el escondite en el callejón. Se siente impotente y, por un instante, cree que volverá a caer. Un viento extraño le ciega. Su piel es agua y las rodillas, temblando, se acercan al húmedo suelo. Esconde la mano en el bolsillo del pantalón sin apartar la vista de la silla y sus dedos acarician la moneda de quinientas pesetas.

Corre bajo la lluvia protegiendo con su abrigo la pecera donde, nervioso, nada el pez que acaba de comprar. Uno de esos peces domésticos: pequeño, cubierto de escamas anaranjadas y con multitud de aletas casi transparentes que no ofrecen una imagen de verdaderos timones para surcar las aguas cloradas en la pecera de cristal, sino que parecen volantes diminutos de un traje flamenco.
Fabián sube precipitadamente las escaleras de su piso, invadido por una perdida y lejana felicidad que le ha devuelto, no sabe si la vieja libertad nuevamente recuperada o el pez. Cuando llega al primero, las vecinas con rulos en la cabeza interrumpen su animada conversación de cuchillos al verle. Sin dejar de correr, Fabián saluda y, al llegar a la puerta de casa, junto al ritmo acelerado de su corazón, escucha: nada bueno puede ocurrir si ya está de nuevo aquí este mangante.
Abre con dificultad la oxidada cerradura y sin tan siquiera quitarse el abrigo entra en el salón para colocar la pecera en el sitio elegido.
Perfecto, queda perfecto. Ahora sólo falta el nombre.
El griterío de unos niños jugando al fútbol en el patio interior trae a la memoria de Fabián los tiempos en que él jugaba con los amigos de la barriada y soñaba con llegar a ser como ese espigado futbolista al que tanto admiró. Las fechas se volvían borrosas después de tantos años pero sería el verano del setenta y cuatro cuando se sentaba en el banco enfrente de la tienda de electrodomésticos a verle jugar, sólo a él, esperando que burlase a los defensas con ese regate magnífico y eléctrico. Escondía la pelota tras la pierna izquierda y con la derecha cambiaba bruscamente de dirección, dejaba al defensor perdido en su equilibrio y corría a toda velocidad hacia el pase certero de gol. No le importó que perdiera esa final porque era el mejor de los veintidós, blancos o naranjas.
Ya está. Bienvenido a casa Johan.

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