Lo anuncias. Te corres y nos quedamos en silencio. En el silencio del ruido de la calle a las seis de la tarde. Me gusta comerte el coño y besarte la boca después. Si muriera ¿te matarías? No. Me faltan huevos. Pasaría el resto de mis días buscándote en todas las mujeres que me salieran al paso. En unas uñas, en una espalda, en un tatuaje, en una cicatriz, en unos dedos, en un olor, en una lengua, en una arruga, en un coño... y enfrentaría la muerte con la certeza de una profunda infelicidad. El grito de un niño, el motor de un coche, la lluvia. Contigo todo duele demasiado, escribes en la pared. Mientras, el segundero modifica la espiral. Me miras. Sonríes. Tírate a quien quieras. Pero vuelve. Me meo.
El lenguaje se articula. En ocasiones, tú y yo no articulamos el mismo lenguaje. Porque tenemos miedo. Tenemos café. Tenemos sábanas. Yo te miro dentro de los ojos e intento hacerte daño. ¿Pueden algunas tardes de marzo tener tus ojos el color del agua estancada en las piscinas de invierno? Tenemos miedo. Tenemos café. Tenemos sábanas. Quiero parar. Tenemos miedo. Necesito parar. Aprender a vivir con esta impaciencia que es a veces dulce y a veces negra. Busco el nombre de las flores azules que en abril aparecen en los bancales. Después de la lluvia. Después de tus labios. Antes de la ira. Ahora que está más cerca el verano, vente conmigo a la sombra del almiar.
Me despierta el ruido que hacen las bisagras oxidadas. Diez segundos de amnesia. Tengo miedo y duele. Ya me cansé de tomarme las pastillas. Bebo un café, pasa el autobús de las tres, me ducho y cierro la puerta de casa. Arañan las sirenas de los barcos que entran en el puerto. Paseo. He tenido días mejores. Paseo con la esperanza de que todas las cuentas estén pagadas y la casualidad nos acerque.
Un burka de silencio te separa de mí esta noche. Un velo de humo tras la explosión. Una pared invisible de tacto rugoso y desagradable. Ocupo el vacío de tu ausencia con chicles de menta usados, pelusas de polvo, astillas de madera y bolas de papel arrugado manchado con palabras de siete letras. Esta masa informe, amalgama sucia y mal construida en nada a ti o a tu ausencia se parece. Pero no puedo contenerme e intento acariciarla. Mi mano es un avión blanco con las entrañas repletas de queroseno y esta torre de manhattan doméstica se desmorona. Las pelusas regresan a los rincones, las bolas de papel ruedan a sus anchas por el suelo de la casa, desprendiéndose de las palabras que mueren agitadas como brasas que se apagan lentamente y los chicles, pegados a la suela de mis zapatos como emigrantes moribundos en pateras destartaladas, bajan conmigo a la calle. A conocer la ciudad y a intentar, en vano ya lo sé, encontrarte.
Abandono la cafetera encima del fuego y regreso a la habitación. La taza me quema la yema de los dedos. Las primeras moscas de la primavera persiguen la libertad en los cristales. Nubes despiertan la mañana en los valles, ancladas como están por cabos invisibles al cauce de los ríos oscuros que nutren de azogue el mar verde. Yo cedo el paso en las rotondas. Yo escribo desde el borde del hastío. Tenemos sábanas. Y me pregunto por qué. Porque sabías el nombre de la protagonista de un libro. Porque escribías palabras en las paredes desnudas de tu casa.
¡Cuántas veces borracho cerré los ojos y besé las paredes de los bares recordándote! Anoche te llamé lisboa. Me pidieron que te dibujara y te imaginé con unas manos descomunales, con ojos sin miedo, con un ombligo como vórtice de tormenta.
Ya no quiero escapar. Ya no rescato de las páginas polvo y poemas que hablan de ciudades que no existen. Ciudades destruidas por el fuego, arrasadas por la furia, vencidas por los años. Me gusta mirar mis manos cuando te acarician, mis dedos que se hacen preguntas en tu piel y examinan los hilos que conectan tu pecho y la aurora. Los brazos extendidos. Los días.
Hoy entendí el peso de tu cuerpo. Hoy los calendarios se detuvieron un poco. Las preguntas que mis dedos se hacen en tu piel. Hoy ese conocimiento me fue dado. Sólo si soy capaz de conmover a los boxeadores y a los soldados. Sólo si soy capaz podré llegar.
Busco palabras de siete letras con las que nombrar tu boca: ducados, mentira, campana, canción. Palabra.
gijón.abril2007
El lenguaje se articula. En ocasiones, tú y yo no articulamos el mismo lenguaje. Porque tenemos miedo. Tenemos café. Tenemos sábanas. Yo te miro dentro de los ojos e intento hacerte daño. ¿Pueden algunas tardes de marzo tener tus ojos el color del agua estancada en las piscinas de invierno? Tenemos miedo. Tenemos café. Tenemos sábanas. Quiero parar. Tenemos miedo. Necesito parar. Aprender a vivir con esta impaciencia que es a veces dulce y a veces negra. Busco el nombre de las flores azules que en abril aparecen en los bancales. Después de la lluvia. Después de tus labios. Antes de la ira. Ahora que está más cerca el verano, vente conmigo a la sombra del almiar.
Me despierta el ruido que hacen las bisagras oxidadas. Diez segundos de amnesia. Tengo miedo y duele. Ya me cansé de tomarme las pastillas. Bebo un café, pasa el autobús de las tres, me ducho y cierro la puerta de casa. Arañan las sirenas de los barcos que entran en el puerto. Paseo. He tenido días mejores. Paseo con la esperanza de que todas las cuentas estén pagadas y la casualidad nos acerque.
Un burka de silencio te separa de mí esta noche. Un velo de humo tras la explosión. Una pared invisible de tacto rugoso y desagradable. Ocupo el vacío de tu ausencia con chicles de menta usados, pelusas de polvo, astillas de madera y bolas de papel arrugado manchado con palabras de siete letras. Esta masa informe, amalgama sucia y mal construida en nada a ti o a tu ausencia se parece. Pero no puedo contenerme e intento acariciarla. Mi mano es un avión blanco con las entrañas repletas de queroseno y esta torre de manhattan doméstica se desmorona. Las pelusas regresan a los rincones, las bolas de papel ruedan a sus anchas por el suelo de la casa, desprendiéndose de las palabras que mueren agitadas como brasas que se apagan lentamente y los chicles, pegados a la suela de mis zapatos como emigrantes moribundos en pateras destartaladas, bajan conmigo a la calle. A conocer la ciudad y a intentar, en vano ya lo sé, encontrarte.
Abandono la cafetera encima del fuego y regreso a la habitación. La taza me quema la yema de los dedos. Las primeras moscas de la primavera persiguen la libertad en los cristales. Nubes despiertan la mañana en los valles, ancladas como están por cabos invisibles al cauce de los ríos oscuros que nutren de azogue el mar verde. Yo cedo el paso en las rotondas. Yo escribo desde el borde del hastío. Tenemos sábanas. Y me pregunto por qué. Porque sabías el nombre de la protagonista de un libro. Porque escribías palabras en las paredes desnudas de tu casa.
¡Cuántas veces borracho cerré los ojos y besé las paredes de los bares recordándote! Anoche te llamé lisboa. Me pidieron que te dibujara y te imaginé con unas manos descomunales, con ojos sin miedo, con un ombligo como vórtice de tormenta.
Ya no quiero escapar. Ya no rescato de las páginas polvo y poemas que hablan de ciudades que no existen. Ciudades destruidas por el fuego, arrasadas por la furia, vencidas por los años. Me gusta mirar mis manos cuando te acarician, mis dedos que se hacen preguntas en tu piel y examinan los hilos que conectan tu pecho y la aurora. Los brazos extendidos. Los días.
Hoy entendí el peso de tu cuerpo. Hoy los calendarios se detuvieron un poco. Las preguntas que mis dedos se hacen en tu piel. Hoy ese conocimiento me fue dado. Sólo si soy capaz de conmover a los boxeadores y a los soldados. Sólo si soy capaz podré llegar.
Busco palabras de siete letras con las que nombrar tu boca: ducados, mentira, campana, canción. Palabra.
gijón.abril2007
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