domingo, mayo 18

comoseamanciertasciudadesdos


Esta mañana el despertador fue la lluvia en el cristal de la ventana en la pared a los pies de la cama. Algunas mañanas, mientras mis brazos y mis piernas toman conciencia de un nuevo día, veo las copas despeinadas de los árboles y un pedazo de cielo.

Un hilo de plata que desmadejan los gatos y mis dedos, unas zapatillas viejas abandonadas en la alfombra del salón, la rabia perdida, la tranquilidad que mece estos días, tu boca entreabierta mientras duermes, te miro un beso de despedida, diez largos en una piscina de agua salada, la cadena oxidada de una bicicleta muda, las plantas de tomates, las rosas en las esquinas, un montón de folios en una mesa de manos enfermas, las noticias del periódico dentro de una pantalla de televisión. El acebo es un árbol de hoja perenne que madura en octubre. Todo es tan lento como escribió Llamazares.

Apareces en el salón dentro de una camiseta blanca y unos viejos vaqueros ajustados. Crujen las páginas de los libros atrapados bajo el polvo en las estanterías. Fundido el tubo catódico de la televisión deja escapar el aire comprimido. Alrededor de tu cuello anudas un pañuelo de cuadros negros y blancos. Teselas de un tablero de ajedrez. Como saltan los caballos camino de la playa.


Quisiera decirte que a veces necesito el silencio tanto como necesito tu cuerpo. A veces sólo tu cuerpo aferrado entre mis manos, el surco de la espalda, el culo, la piel en la parte interna de tus muslos, los dedos de los pies, las orejas, los pezones, las axilas, gastar un domingo de viento frío desnudos en la cama, quedarme un rato a solas para tener el valor de decirte que a veces necesito el silencio más de lo que me hace falta tu cuerpo, la noche, una luna naranja, un plato de pescado en un restaurante del puerto, el mar erizado y furioso con los colmillos blancos de olas y crines como llamaradas, los árboles inertes que el viento agita, sacude, tus ojos, tus ojos y el miedo cerval de detenerme, leer en la pantalla del ordenador las noticias atrasadas, lo que escribe Rafa cuando echa de menos sus rodillas, las voces de una tarde si aún queda tiempo, un par de billetes de avión con escala en Madrid, para llegar a Praga, volver a viajar, a cerrar puertas, a tener tiempo para cruzar un desierto de tierra roja, un plato de arroz con verduras, la flor del geranio, los años de noviembre, el siete de picas, un sol de la una de la tarde, el silencio después de los gritos como la interminable cola de un piano blanco, un paisaje agostado, lejos de la tormenta te miro a los ojos y me atrevo a decirte a veces necesito el silencio más de lo que te necesito a mi lado. ¿Quién conoce cuántas son las verdades absolutas? Encadenar sustantivos abstractos conduce a la melancolía.

Sacas de la cajetilla el medio cigarrillo que guardabas para la ocasión. Acabas de salir de la ducha. Tienes el pelo mojado. Te sientas en la mecedora. Y abres las piernas. Conozco de memoria los lugares de tu cuerpo que echo de menos cuando no estás. Mis manos acodan el aire y aspiran a rozarte para que cada día te sientas amada del mismo modo en que se aman ciertas ciudades. Llega la noche y las flores se encogen. Yo no sé nada de pintura pero te vi. Estabas tumbada en un cuadro de Modigliani. Fumas de espaldas. Se oye el mar y tu respiración. En esta tierra las quimeras arden. Las cenizas no pesan. Todas las paredes blancas, todas las noches negras a las que no les sucede el alba. Si regresa el invierno, dijiste, la estatua del jardín tendría los ojos llenos de lágrimas. Algunas mañanas ella era mucho más alta que yo.

Los enemigos y la lluvia golpean los cristales. Ben Harper desafina en el cuarto de baño. Escuché anoche una canción en tu aliento mientras dormías. No quedan suficientes claveles para tantos fusiles; pero saldremos de ésta, mientras las razones para levantarse de la cama sean mayores que las razones para quedarse. Anoche soñé que un hombre cojo me alcanzaba. Quedan restos del calor de la noche, la luz precisa en el contorno de los árboles recortado tras el cielo gris lleno de cúmulos encendidos. Tantas veces lo hice y ahora soy incapaz de mentirte. Por donde sale el sol nadie ha sido capaz de entrar.

En la casa de al lado tienen puesta la radio. La tarde termina en la cama. Duermes. Yo me levanto a preparar la cena. Me gusta cocinar en el silencio de la noche. Sentir que el día se va cerrando y con él, tú y yo.

Dicen que estás desaparecido, entimismado, hablando bajito, caminando despacio, que te ven en todos los lugares pero hace días que no viene por aquí, aburrido contestó el camarero mientras levantaba el cenicero con la mano izquierda y limpiaba la barra con la bayeta en la derecha.

Las flores de los lirios de playa se abren durante la noche y duran un solo día.

formentera.marzoabril2008

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