jueves, mayo 15

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Dos veces por semana jugábamos a ser otros. Nos disfrazábamos por dentro. Alterábamos nuestros puntos de vista y, ante situaciones que el resto del tiempo nos seducían, asustaban, alegraban, encogían, en estas ocasiones nos producían reacciones inesperadas, acordes con nuestro disfraz interior: nos encogían, alegraban, asustaban, seducían. Dos veces por semana éramos otros, seres insospechados, no regidos por leyes antiguas, no sujetos al yugo de la rutina. Irreales.

Ahora recuerdo que, de camino a la isla, muertos de frío en la cubierta del barco, vimos un delfín que se dirigía en sentido contrario al nuestro.

Sólo puedes decir te quiero en el idioma que aprendiste cuando eras niño, pensó mientras se miraba en el espejo. Sólo cuando las palabras se hacen sonido sin esfuerzo, pesan. No tengo prisa. He visto como la luz del primer sol de la aurora incendiaba tu pelo y como se despertaban las ramas perennes de los pinos que custodian esta casa, a ratos refugio, a ratos cárcel. Tengo estas dos manos para acostumbrarme al azul del mar.

La ropa está tirada en el suelo frío de la habitación en penumbra. El lavavajillas murmura una oración. Me levanto despacio y te busco por la casa. En la azotea lees una novela que agoniza. Me miras, frunces el ceño y dices que te duele la cabeza. Dices que se oye el mar. Y el viento en los cristales que nos protegen del paso de los días moribundos. No debería soplar el viento los días de fiesta. Bebes agua de una botella que no tiene fin. Todo es nuevo. Nada parece que vaya a ser importante excepto estar a tu lado.

Un tipo tocado con un sombrero blanco, vestido con unos pantalones grises y montado en una vespa rosa baja la calle en dirección a la playa. Creo que se llama Gregorio. Y que se casa con Neus el mes que viene en una iglesia de paredes enjalbegadas.

Nos quedan los discos de antes, las dos últimas cervezas frías, una llamada de teléfono por contestar, algo para cenar que se parezca a lo de ayer, cuando la botella de vino costaba más de veinte euros, tres dioses diminutos. He salido a la calle iluminada por la luna llena en una noche anegada de salitre. Aún es pronto, pero a veces tengo que apretar los dientes para no odiarte. Y sé donde no debo buscar las respuestas. Las fotografías no son más que un instante y los rosales no deben plantarse en las esquinas de las casas.

Aguardo el alba sentado en un taburete alto. Desde la ventana de la cocina veo pasar el camión-cisterna del agua potable y un gallo canta. La guitarra está apoyada contra la pared. Tengo las manos frías. Ha parado el viento y el mar está en calma. Tú duermes bajo las mantas y yo me levanto con ganas de ir al trabajo. El frío sobrevive en los rincones de la casa como un grito, con la efectividad de las metáforas en un relato bien construido, como se levantan edificios que años más tarde amenazarán los aviones y una dulce decadencia de dejar que todo pase, que nada ocurra, un viaje en otoño a Estados Unidos, que el tiempo todo lo arrase y nosotros tengamos los ojos cerrados. Como se aman ciertas ciudades: Barcelona, Buenos Aires, Lisboa, Nueva Orleáns, Catania. Yo poco a poco habré de ir devolviéndole a mis libros su lugar, pero no voy a hacer la cuenta de los colchones, de las veces que no te dije que te quería. Qué bueno fue dejar que los cuadernos se ahogasen en el puerto. Desayuno tostadas con mermelada de fresa y escribo con la ilusión de que estos tiempos perduren. Se rompe el cielo de abril en el amanecer de lunes, noche insomne de mosquitos. Confieso que cada vez me cuesta más atraparte entre palabras. Las mañanas en las que marcho a trabajar eres tú dormida en una cama en la que buscamos el futuro. Yo enciendo el silencio, aguardo el instante que habrá de llegar, desayuno con la lentitud que poseen los actos cotidianos. Escucho tu respiración dormida.

La casa del sol de madera está cerca de la playa. Una gata parda y un gato negro con la cola cortada la guardan como pequeños dragones sin tesoro bajo sus vientres colmados de ratones. Los límites del tiempo son absurdos. Me suenan las tripas, dijo. Tienes buena memoria, vives dentro de mí como una cría de canguro. Cuando el día te da miedo, vuelves en silencio a casa. Nunca me has contado qué temes. Nunca quién te ha vencido. Sólo yo sé cuando tienes frío. Pensé que era el viento, contestó. Las ovejas ramonean y balan con la boca llena de hierba lamentos que llegan hasta el mar. Quisiera conquistar el calendario para poder describir las magnitudes del tiempo en estas hojas blancas, las unidades de medida que me ayudan a entender tu cuerpo, licuar las palabras en probetas y fuego, juegos de alquimista paciente y desordenado. Adjetivos cubiertos de polvo en libros dormidos que custodian secretos como ejércitos fronteras. Adverbios de modo. Diez tardes. Dicen los periódicos que hoy el viento no dará tregua.

Qué escribes, preguntó tras apoyar la barbilla en su hombro. La protagonista del libro está tumbada en la cama, su cuerpo desnudo bajo las sábanas y marzo. Él contestó nada. Hace meses que estoy seco. Los días son frágiles y al puerto llegan barcos cada tarde enormes, cada tarde con las bodegas cargadas de lluvia. El capitán ordena apagar las máquinas, las hélices interrumpen espirales de agua y la inercia empuja las naves a su paso por el ostial. Cuando los estibadores amarran los cabos a tierra, las nubes, de un azul más gris que el mar, alcanzan la línea de la costa. Lo siento, dijo, te robé la madrugada.

Yo he visto árboles a los que el viento dobló la espalda, gorriones asustados por la tormenta que temblaban suspendidos en las cables eléctricos, playas cubiertas de flores que duraban un día, gaviotas pendencieras acorraladas por el hambre del invierno. Aquí, como en otras partes, por falta de tiempo y de reflexión, se ve uno obligado a amar sin darse cuenta, a ser sin darse cuenta. A caminar las tardes en los brazos de un sol demasiado lejano, a tener que lamentar los errores, a vivir con la esperanza de perderse. Días de luz en que despierto mecido en tus manos, viajeros que quisieran vivir la aventura de descansar en casa, los años del retorno, las nubes que trajeran los barcos inmóviles en el cielo como un mar de islas. Ellos dijeron que tendrás que esperar. La protagonista del libro, tumbada en la cama y desnudo su cuerpo bajo las sábanas y abril, se deja besar.

Leo revistas de viajes y bebo café. Has vuelto a la cama después de desayunar, te has desnudado al borde, como una equilibrista, y me has despertado en puntos suspensivos. ¿Qué harás cuando llegue mayo? Volver a la cama quitarme la ropa buscarte bajo las mantas sacudirnos el frío. Eran las doce del mediodía y follamos cinco canciones del Street Legal. Supongo que hay que estar un poco loco para creer que los andamiajes y los cimientos de esta vida van a mantenerse erguidos y que las rosas en la jardinera de la entrada van a florecer sin detenerse, pensó en voz alta y acarició la piel oscura de su vientre. Al atardecer ibiza es el horizonte que el sol muestra la isla de las tórtolas turcas el motor de la furgoneta suena de un modo extraño llueve el silencio de la casa es el viento en las aristas.

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