No te muevas. Levanta las manos con las palmas extendidas hacia el techo. Date la vuelta lentamente. Así. Muy bien. Ahora dame todo lo que de valor lleves encima.
Un libro escrito en el año en que nació mi padre ocupa el tiempo de la mañana. La luz naranja del alba se extiende sobre las paredes de la casa como aceite caliente. Yo conozco el peso exacto de tu cuerpo. He abierto con las manos la fruta aún no madura del día, tus ojos cansados y las arrugas de la frente donde resiste la madrugada en jirones. Posada en los cables del tendido eléctrico una parvada de tórtolas anuncia un sol que estrenará el verano, tomates, patatas, azúcar, café, leche, cebollas escritas en la puerta del frigorífico, el rito hebdomadario de limpiar el huerto y arrancar las malas hierbas, idénticas a las buenas pero de raíces débiles, la tranquilidad suspendida en los lagartos del mediodía, otra vez tus ojos cansados, la mueca desafiante en la boca de labios amargos, el ruido de tus pasos tristes en el suelo frío del salón dormido, oscuridad que llenamos de enemigos que nos hacen daño.
Me acerco a la puerta de la casa y se escucha en la cajamúsica el disco de vaya con dios que compraste en el mercado de san francisco. Dos berenjenas rellenas se asan en el horno mientras friegas platos y lágrimas. El pantalón del pijama te queda grande y cumple su gravedad. Anochece y me acerco por la espalda mirando la media sonrisa de tu culo. Necesito que sea. Que sea ésta la última lluvia de la primavera. A veces me siento como una rana sin membranas entre los dedos.
Los habitantes de la isla se reúnen en can toni los domingos por la tarde. Charlan conversaciones en sordina, escuchan música, beben cerveza en vasos altos y vino blanco en copas de cristal. Azumbrado, un tipo vestido con una túnica gris y un chaleco granate y calzado con unas viejas zapatillas azules de la marca nike mendiga por las mesas del bar papel para poder fumar un cigarrillo de marihuana. Cuando lo consigue, lo lía con templaza, lo enciende con una cerilla que se consume y ofrece a todo el mundo una calada. Envuelto por volutas de humo gris que se elevan, comienza a bailar en arabescos una canción de los new amsterdams y abre los brazos en cruz, cierra blandos los ojos, sonríe. Perdóname, siento mucho no haberte dejado dormir en toda la noche. La canción termina, regresa de ese lugar al que le llevó la melodía y se detiene. Una mujer menuda de pelo largo moreno y pies grandes le encara para devolverle el cigarrillo menguante. Ríen y el tipo ensaya ante ella una reverencia: flexiona el tronco hasta ser capaz de meter la cabeza entre las piernas. Tres perros sin dueño dormitan al abrigo de la barra. Ahora encendidas las farolas en ringlera se dirigen hacia la playa, las luces de los coches que pasan se reflejan en el techo de la estancia y la idea de buscar otros caminos, como un instinto primario, quema en la palma de las manos, vitriolo invisible escondido en los cajones y el polvo. Dulcedumbre del crepúsculo que empequeñece.
Las páginas mojadas de libros desconocidos duermen en los soportales de la plaza mayor. Los coletazos de la lluvia empapan el día y los pájaros sacuden las alas a un aire salobre. Tú, tus manos, tu olor se desvanecen. A veces desayunábamos durante horas sentados en bares de ciudades aún por descubrir. Ábrego, viento templado y húmedo del sudoeste que trae las lluvias.
Puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa.
No te muevas. Levanta las manos con las palmas extendidas hacia el techo. Date la vuelta lentamente. Así. Muy bien. Ahora dame todo lo que de valor lleves encima. Todo.
formentera.mayo2008
Un libro escrito en el año en que nació mi padre ocupa el tiempo de la mañana. La luz naranja del alba se extiende sobre las paredes de la casa como aceite caliente. Yo conozco el peso exacto de tu cuerpo. He abierto con las manos la fruta aún no madura del día, tus ojos cansados y las arrugas de la frente donde resiste la madrugada en jirones. Posada en los cables del tendido eléctrico una parvada de tórtolas anuncia un sol que estrenará el verano, tomates, patatas, azúcar, café, leche, cebollas escritas en la puerta del frigorífico, el rito hebdomadario de limpiar el huerto y arrancar las malas hierbas, idénticas a las buenas pero de raíces débiles, la tranquilidad suspendida en los lagartos del mediodía, otra vez tus ojos cansados, la mueca desafiante en la boca de labios amargos, el ruido de tus pasos tristes en el suelo frío del salón dormido, oscuridad que llenamos de enemigos que nos hacen daño.
Me acerco a la puerta de la casa y se escucha en la cajamúsica el disco de vaya con dios que compraste en el mercado de san francisco. Dos berenjenas rellenas se asan en el horno mientras friegas platos y lágrimas. El pantalón del pijama te queda grande y cumple su gravedad. Anochece y me acerco por la espalda mirando la media sonrisa de tu culo. Necesito que sea. Que sea ésta la última lluvia de la primavera. A veces me siento como una rana sin membranas entre los dedos.
Los habitantes de la isla se reúnen en can toni los domingos por la tarde. Charlan conversaciones en sordina, escuchan música, beben cerveza en vasos altos y vino blanco en copas de cristal. Azumbrado, un tipo vestido con una túnica gris y un chaleco granate y calzado con unas viejas zapatillas azules de la marca nike mendiga por las mesas del bar papel para poder fumar un cigarrillo de marihuana. Cuando lo consigue, lo lía con templaza, lo enciende con una cerilla que se consume y ofrece a todo el mundo una calada. Envuelto por volutas de humo gris que se elevan, comienza a bailar en arabescos una canción de los new amsterdams y abre los brazos en cruz, cierra blandos los ojos, sonríe. Perdóname, siento mucho no haberte dejado dormir en toda la noche. La canción termina, regresa de ese lugar al que le llevó la melodía y se detiene. Una mujer menuda de pelo largo moreno y pies grandes le encara para devolverle el cigarrillo menguante. Ríen y el tipo ensaya ante ella una reverencia: flexiona el tronco hasta ser capaz de meter la cabeza entre las piernas. Tres perros sin dueño dormitan al abrigo de la barra. Ahora encendidas las farolas en ringlera se dirigen hacia la playa, las luces de los coches que pasan se reflejan en el techo de la estancia y la idea de buscar otros caminos, como un instinto primario, quema en la palma de las manos, vitriolo invisible escondido en los cajones y el polvo. Dulcedumbre del crepúsculo que empequeñece.
Las páginas mojadas de libros desconocidos duermen en los soportales de la plaza mayor. Los coletazos de la lluvia empapan el día y los pájaros sacuden las alas a un aire salobre. Tú, tus manos, tu olor se desvanecen. A veces desayunábamos durante horas sentados en bares de ciudades aún por descubrir. Ábrego, viento templado y húmedo del sudoeste que trae las lluvias.
Puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa.
No te muevas. Levanta las manos con las palmas extendidas hacia el techo. Date la vuelta lentamente. Así. Muy bien. Ahora dame todo lo que de valor lleves encima. Todo.
formentera.mayo2008
1 comentario:
Han atracado al poeta?
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