lunes, noviembre 17

Música en el pabellón del hospital


The Lying-in Hospital abrió sus puertas en el Northside de Dublín en el año mil setecientos cincuenta y siete para atender durante el embarazo y el parto a las mujeres pobres de la ciudad. En uno de los pabellones, de planta circular y conocido por ello como “the rotunda”, las mujeres grávidas recibían alimento una vez a la semana. “The rotunda” es hoy el Ambassador Theatre.

Con un retraso de cuarenta minutos, mientras yo aguardaba apoyado en la barra que reposara en el vaso de plástico la segunda pinta de Guinness de la noche, aparecieron en un escenario decorado con dos enormes rosas de neón Ryan Adams y The Cardinals. El primero, guitarra eléctrica, órgano Hammond y voz, en la mitad izquierda. Los otros: batería, bajo, guitarra eléctrica y pedal steel en la mitad derecha. Dicen de The Cardinals que son ya el engranaje necesario para el genio de Jacksonville. A la altura de The Band con Dylan, de The Heartbreakers con Petty, de La Aristocracia del Barrio con González. Y así lo creo. Atrás quedaron el miedo a la fama de egocéntrico del norteamericano, capaz de dar por concluido un concierto diez minutos después de iniciarlo, el avión perdido camino de Barcelona por culpa de un barco que no zarpó a tiempo del puerto de Formentera, el helor en la ribera del Liffey, el agua tibia en la ducha de la pensión. Comenzaron a sonar los acordes de Cobwebs, canción del último disco, Cardinology, y a partir de ahí, un repertorio lleno de rock, rock y rock. Escuché Come pick me up y Desire huérfanas de harmónica y con la rabia de estar tan lejos, impresionado por el sonido, la voz y la energía de Ryan Adams (yo no sabía que tocaba la guitarra tan bien; yo no sabía que cantaba tan tan tan bien), la presencia precisa de The Cardinals, Two, la frialdad del público dublinés, maniquíes británicos, Let it ride, la curiosa manía de Adams de ponerse y quitarse la chaqueta con cada cambio de guitarra y así tocar con americana la Stratocaster y en mangas de camisa la Rickembaker, If I am a stranger, la decoración decadente y desconchada del teatro, Cold Roses, el precio desmesurado de las camisetas conmemorativas de la gira, Goodnight Rose, el sabor de la tercera pinta de Guinness y las canciones de Cardinology, que escuchadas en casa no decían nada, planas como un plato de sopa fría, y en directo ponen la piel de gallina. Un bis de seis temas que se hizo esperar y un final de Ryan Adams y el Hammond a solas en el escenario sin más luz que el neón de las rosas y Stop. Ryan Adams, Ryan Adams, Don Ryan Adams.

Mientras aguardábamos en la cola el turno para recoger el abrigo, la bufanda, el gorro y los guantes colgados en el ropero, a nuestro lado un tipo con cuatro pizzas en las manos pedía paso a los seguratas guardianes de las escaleras que conducían a los camerinos. Sí señor: The Cardinals se habían ganado la cena.

dublín.noviembre2008

1 comments:

Laia dijo...

ENVIDIA!!!!! En mayúsculas.

días