domingo, marzo 1

oSCURO o el sombrero de frank sinatra

¿Cojo? ¿Qué? El sombrero que llevaba puesto anoche Lorena en el concierto… ¿era el sombrero? El Cojo, sentado a mi lado en el banco, asiente con una mueca de satisfacción. ¿De qué habláis? Pregunta Nicolás al tiempo que entra por la puerta del vestuario y se quita de las orejas los cascos de la cajamúsica. ¿Qué sombrero? El sombrero que llevaba puesto anoche Lorena en el concierto perteneció a Frank Sinatra, respondo. ¿Qué dices?, prosigue sorprendido Nicolás mirando a El Cojo. Sí, Rojo, ese sombrero era de Sinatra. ¿Y cómo acabó en la cabeza de Lorena? El Cojo sonríe y agacha la cabeza, piensa un instante y dice de acuerdo, te lo cuento, el chaval ya lo sabe porque se lo conté un día, no recuerdo cuándo; pero rapidito. Y después os largáis de aquí cagando melodías que hoy tengo mucho trabajo.

Una noche del invierno de mil novecientos setenta y nueve, Frank Sinatra celebró sus sesenta y cuatro años de vida y sus cuarenta años de música con una fiesta en el Caesar´s Palace de Las Vegas. Por aquella época, una de las limpiadoras del hotel se llamaba Flora Mendes. Flora estaba limpiando los restos de la fiesta a la mañana siguiente cuando, en el escenario y boca arriba, semicubierto por diminutos papeles de colores y con un sujetador negro de encaje en su interior, encontró un sombrero Stetson de fieltro gris oscuro de ala estrecha y abrazado en la copa por una cinta de raso color marfil. Flora lo recogió, lo limpió y, como nadie la había visto, decidió quedarse el sombrero de recuerdo. Quinientos días después de la fiesta, Flora Mendes regresó a Puerto Rico y, dos años más tarde, se convirtió en la quinta mujer de mi tío Rodolfo, el hermano pequeño de mi padre. En mil novecientos noventa mi padre viajó a San Juan para pasar unos días con ellos, conoció la procedencia del sombrero y decidió que tenía que ser suyo, costase lo que costase. Y el precio fue una colección de fotografías en blanco y negro que mi abuelo había hecho en Filipinas. Cuando murió mi padre, el sombrero de Frank Sinatra fue el único bien que heredé. Y colorín colorado… muchachos. Pero, Cojo, ese sombrero podía ser de cualquiera que hubiera estado en la fiesta. ¿Por qué de Sinatra? Pregunta Nicolás. Porque Sinatra fue el único de los asistentes que subió al escenario, concluye el Cojo. Las fotografías de los periódicos no mienten. Ese sombrero era de Sinatra.

Y el sujetador, Cojo, ¿de quién era? El Cojo me mira y vuelve a sonreír. Se encoge de hombros. Flora decía que eso era difícil saberlo. Pero ella, cinéfila empedernida, aseguraba que sólo Jayne Mansfield habría podido llevar una talla tan grande. Pero en mil novecientos setenta y nueve llevaba ya doce años muerta.

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