lunes, enero 11

El sueño del gran samurái rojo

El gran samurái rojo le cortó la cabeza a unos cuantos en el campo de batalla. A más de diez. Tuvo seis mujeres y diecisiete hijos, todos varones, que poblaron las montañas del sur del país y expandieron la dinastía del gran samurái rojo, como una gran mancha de oscura sangre samurái, por todo el continente.

El gran samurái rojo cabalgó durante cuatro días y tres noches, sin descanso, cambiando de posta en las casas de sus vástagos, hasta alcanzar las tierras y el castillo del rey. Frente a su majestad, se postró de rodillas y exigió, con los ojos cerrados como mandaba la tradición, la recompensa justa por haber peleado bajo su pendón frente a enemigos más fuertes pero menos inteligentes. El rey le recibió en el gran salón verde y le trató como a un igual. Le preguntó por la altura de las torres de su palacio, la extensión de sus tierras y el número y la belleza de sus mujeres. Pasearon de la mano por los jardines y yacieron juntos con las concubinas del harén real. A la hora de la cena, el rey le dijo al gran samurái rojo que al amanecer del día siguiente recibiría un preciado tesoro por su inestimable ayuda guerrera. Se fueron a dormir y el gran samurái rojo soñó que a la mañana siguiente el rey le cortaba la cabeza.

Sentado en la mesa de la cocina, imaginé al gran samurái rojo como un luchador de sumo. Obeso, de rostro amable y serio y el pelo negro oleoso y liso recogido en un moño en la parte superior de la cabeza. El rey, en cambio, era un tipo enjuto y de baja estatura, con la piel cinérea, los ojos hundidos y una larga barba gris y rala. Si el gran samurái rojo era un hipopótamo, el rey se asemejaba a una lagartija.

El sol aún no había alcanzado las paredes del patio interior y el perfume de Estela se había desvanecido, poco a poco en el transcurrir de los minutos, entremezclado con el aroma del café caliente y la humedad de la calle que entraba en casa por las ventanas abiertas.

El gran samurái rojo soñó que a la mañana siguiente el rey le cortaba la cabeza y, al despertar, sintió que el sueño era un mal presagio

Estela tenía ganas de largarse de la ciudad por unos días. Hablaba de viajar a casa de sus padres, en las montañas del sur del país. El recuerdo que tengo de su padre es el de un tipo gordo y alto, como un luchador de sumo o como un hipopótamo. Su madre, por el contrario, era delgada y de baja estatura, de rostro amable y ojos tristes. Siempre llevaba el pelo liso recogido en un moño encima de la cabeza. A menudo, la descubría mirándome las manos y, cuando hablaba, las palabras se liberaban de sus labios tocadas levemente por el acento del sur. Hacía dos años que no los veía.

Yo creo que el rey también soñó que el gran samurái rojo le cortaba la cabeza. Y que, a la mañana siguiente, se levantó con la firme intención de asesinarlo.

Estela condujo a gran velocidad por la carretera de la costa y en poco más de tres horas y media apagaba el motor frente a la reja que guardaba la casa de sus padres. Yo salí a pasear por la ciudad, justo a la hora en que el viento la torna gris y las canciones de love of lesbian cobran sentido en el dolor de otro día que se apaga. Conocí a una chica que llevaba tatuadas dos pistolas en su vientre y la catedral cerró de golpe sus puertas a mi paso. Tirada en la acera boca arriba, encontré la carta del rey de oros.

El gran samurái rojo se levantó de la cama y se vistió despacio, consciente de que era el último día de su vida. Salió de la habitación y se dirigió hacia los jardines del castillo. Era temprano aún para presentarse ante el rey. Sabía que el monarca a esas horas aún dormía y que ordenaría su muerte al despertar. El gran samurái rojo se sentó en un banco de piedra, cerró los ojos y dejó la mente en blanco.

El padre de Estela, vestido con un jersey de cuello alto, un pantalón de pana y unas botas de montaña bajó las escaleras de la casa y se dirigió a abrir la reja. Estela aguardaba de pie, al lado del coche. Al ver lo que el tiempo había hecho con su padre en estos dos últimos años, le entraron ganas de llorar. Se contuvo, caminó hacia él y se abrazaron en silencio. Entraron en casa. Olía a carne asada. Su madre salió del baño. Al ver a Estela se dejó vencer por la sorpresa y lloró las lágrimas que Estela contenía. Siéntate conmigo en el salón hasta que tu padre termine la cena. Dime cómo estás. En qué anda tu marido, con esas manos y no ha vuelto a publicar nada.

Buenos días, samurái rojo. Buenos días, majestad. Los grandes guerreros siempre están despiertos al alba. Así es, majestad. La última guardia de la noche es la más peligrosa. Samurái, anoche soñé que hoy me cortabas la cabeza. El gran samurái rojo cerró de nuevo los ojos antes de contestar. Majestad, no estoy aquí para eso. Lo sé. Un hombre de honor como tú sabe la deshonra que para un rey significa morir de ese modo. Por eso he decidido no matarte, a pesar de que el sueño sea para mí un mal presagio. El regalo por la ayuda que me has prestado es tu vida. El mejor corcel de la cuadra real está listo para que partas. Así lo haré, majestad.

Niñas, la cena está lista. Estela y su madre se echaron a reír, dejaron caer al suelo las dos últimas lágrimas que tenían y se dirigieron a la cocina. En ese momento, Estela se dio cuenta de que estaba muerta de hambre.

El gran samurái rojo regresó a su palacio y tras dejar en la cuadra el caballo que le había dejado su hijo mayor en la última posta y besar a sus mujeres, se encerró en el torreón principal de palacio durante tres días. Al cuarto llamó a uno de sus mensajeros y le entregó un sobre lacrado que debía entregar al rey. Dentro portaba una declaración de guerra.

Los tres hablaron durante horas, intentando en vano vencer al tiempo ya perdido. A las cinco de la madrugada, Estela sintió frío y sueño. Su madre le entregó un par de mantas y la acompañó hasta la puerta de la habitación. Estela se quitó la ropa y se metió desnuda bajo las sábanas. Cerró los ojos y se durmió al instante. Soñó que al día siguiente de nuevo me quería.
cimadevilla.diciembre2009

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