Llegué a la ciudad cuando los soldados de la guerrilla entregaban las armas. A una ciudad que se despertaba de un sueño de viento. La pintura en las paredes de los andenes se resquebrajaba y pequeños trozos como países caían al suelo. Islas blancas en un mar de azulejos. Llovía. En el viejo quiosco de la estación de autobuses compré una manzana.
Por las calles sin barrer desde hacía días caminaba gente vestida con camisas verdes. Levantaban los brazos al cielo y en la palma abierta de las manos llevaban escrita una oración. Saludaban. Se abrazaban. Hablaban y reían en un idioma extraño, dulce y armonioso. Del bolso saqué la vieja pentax y apoyada la espalda en las esquinas hice algunas fotografías. Recordé cuando decías que el peso residía en los bordes, en las historias que transcurrían en los bordes de las fotografías y que, al enfocar esos bordes, aparecían nuevas historias. Como esa fotografía que vimos aquella tarde de Madrid en la pantalla del ordenador, donde una chica desnuda sentada en un sillón chupaba el pene en erección de un tipo sin cabeza. Decías ¿ves?, ¿quién es ese tipo?, ¿quién podría ser?, ¿quién quieres que sea? Pesa. Como la importancia de lo que escribes está en cómo lo escribes.
Un verso de Camarón se había instalado en mi memoria. Siendo un rey poderoso, soy un mendigo si me faltan las llamas de tu cariño. Y varías veces al día aparecía en mis labios por sorpresa.
Tenía tres llamadas perdidas en el móvil y telarañas cuando lo encendí. Tres números desconocidos. La mayor parte de las veces es alguien que se equivocó. Otras el banco. Las menos, viejos amigos que desaparecieron hace años en un horizonte del que ahora regresan.
Llegué a la ciudad cuando los soldados de la guerrilla entregaban las armas en largas mesas de cedro dispuestas por funcionarios del gobierno en los salones de la primera planta del palacio presidencial. A una ciudad que se despertaba de un sueño de viento y de años y de tormentas de silencio y de batallas cerca del cauce seco de un río. A una ciudad que seguía, sin saberlo, dormida y donde las madres rezaban.
El hotel era demasiado barato para tener aire acondicionado y muy caro para no tener un ventilador en el techo que, por supuesto, no funcionaba. Desde la ventana de mi habitación podía ver las luces del aeropuerto y las esquinas en las que, quince minutos antes, había estado haciendo fotografías. En la acera de enfrente, dos tipos vestidos de verde rompían a golpes contra el suelo las culatas de dos metralletas. A su lado, sentado en un taburete, un viejo de piel arrugada y pelo blanco ensortijado les miraba y fumaba en silencio. Tres chicos, que llegaron corriendo y se detuvieron al ver la escena, aplaudían mientras un cuarto se metía la mano en la bragueta y les sonreía con malicia. Llamaron a la puerta cuando iba a apretar el gatillo. Dejé la pentax encima de la mesa y abrí. Una mujer de baja estatura, morena, de grandes ojos verdes y uñas mordidas me entregó dos toallas blancas y dijo señor un taxi aguarda en la calle para llevarle al centro. ¿Por qué esta ciudad no se parece en nada a los mapas que la describen?, le pregunté. Ni el nombre de las calles es el mismo, ni las calles están en el mismo lugar. No lo sé, contestó. Yo nací aquí. Jamás he estado en otro lugar. Nunca he visto uno de esos mapas de los que habla.
Me asomé de nuevo a la ventana. Un avión aterrizaba en silencio. No había nadie en la calle. Pedazos de madera y hierro como restos de un naufragio estaban abandonados en la acera de enfrente. De una de las ventanas del segundo piso salía el humo de un cigarrillo en volutas grises que se elevaban lentamente hasta desaparecer en el cuarto. Recordé el modo en que, una vez puesto el sujetador, abarcabas con las manos tus senos y los colocabas en las copas elevándolos hacia arriba. Después las medias. Después las bragas. Sin mirarme y yo todo en las venas.
Se desconocían los términos del acuerdo. Al parecer, la guerrilla entregaba las armas y el gobierno, a cambio, otorgaba la ciudadanía a los guerrilleros y les cedía las tierras del norte donde se habían escondido todos estos años. Los muertos seguirían muertos y los presos permanecerían entre rejas. Las madres dejaron de rezar.
Junto a la pentax abandonada encima de la mesa el móvil comenzó a vibrar.
bangkok. marzo2010
1 comentario:
Qué chulo. Qué arte, quillo. Abrazo
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