domingo, junio 6

Días tranquilos

Beatriz, desnuda y tumbada en la cama, miraba una grieta que surcaba el techo gris de la habitación. Sintió frío. Se levantó despacio. Se vistió con una camiseta negra que le quedaba grande y un pantalón de deporte azul marino que había pertenecido a su padre. Descalza caminó hacia la cocina. En la ventana, la calle oscurecía y las luces de los coches, blancas y rojas, anunciaban con su movimiento horizontal una noche que estaba a punto de llegar. Sacó un cartón de leche del frigorífico, cogió un vaso de cristal del armario y se sentó en un taburete. Vertió la leche hasta alcanzar el borde del vaso. Lo bebió de un trago, como siempre hacía desde cría cuando algo le rondaba la cabeza. Después apoyó los codos en la mesa y enmarcó su cara con las manos. Pensó, por primera vez desde entonces, en lo que había sucedido.

Su madre llamó por teléfono para ver cómo estaba. Hacía más de un mes que no hablaban. La semana que viene estaré en la ciudad. Tengo que hacer algunas compras. Podrías acompañarme y comemos juntas. Jorge dice que estás más delgada. Como quieras. Los días son tranquilos últimamente. No sé por qué. Pero está bien así. De acuerdo, te esperaré en la estación. Recuerda que tendrás que invitarme.

Beatriz se metió en la ducha como quien camina por un túnel. Abrió el grifo del agua fría y entró en la lluvia. Con los ojos cerrados esperó a que el dolor de la piel cediera. Cuando los abrió, escuchó el ruido de la calle y se sintió bien. Le gustaba ducharse a oscuras. Templó el agua, dio media vuelta y apoyó la espalda en la pared. Tarareó una canción de Oasis. Levantó los brazos hasta alcanzar con la yema de los dedos el contorno de la alcachofa. Sintió cómo los músculos de la espalda se tensaban. Cerró de nuevo los ojos y sonrió al pensar que, tal vez, una tregua sería posible. Estaba embarazada.

limés.mayo2010.




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