viernes, julio 30

Ahora debería pedirte que te vinieras conmigo

busco esa línea que hace temblar a un hombre en una galería de museo
Cortázar
El tiempo pasa. Ni rápido, ni lento. La gente a veces parece olvidar que un segundo no es más que un convenio. Pero le recuerdo bien. ¿Cuánto hace? ¿Treinta años? Yo era otro cuerpo. Se acercó a mí en el bar de la cuesta. Tenía los ojos azules y tristes. Movía despacio las manos al hablar y, cuando callaba, apoyaba la derecha sobre una superficie lisa y la acariciaba con la yema de los dedos. Lentamente. No era muy alto. Un palmo más bajo que usted, tal vez. Un palmo más alto que yo. Se acercó y me dijo que era pintor. Yo ya lo sabía. En el pueblo todo se sabe. Me ofreció dinero si posaba desnuda para él. Sí, la del cuadro soy yo. Me pagaba por horas y yo, a veces, me quedaba en su casa hasta que se hacía de noche. No piense mal. No acertará. Nunca fuimos amantes. Después del encuentro en el bar, muy pocas veces me miró a los ojos más de lo necesario. Y así es imposible llevarse a una mujer a la cama. Pintaba en silencio y, a cada rato, giraba el caballete y me mostraba: el pelo, la piel de la espalda, las piernas cruzadas... cada trazo de mi cuerpo que sus manos lograban convertir en carbón. No buscaba mi aprobación. Sólo hacerme partícipe del proceso. Un retrato siempre lo pintan dos, decía.

No sabría decirle cuándo marchó. Ni tan siquiera si lo hizo o fue que se desvaneció, así sin más, como el final de esas películas en las que alguien camina hacia el horizonte y va desapareciendo en él, pies, piernas, espalda, hombros y, por último, la cabeza. Como esas cosas que suceden y, por livianas, la gente se da cuenta de ello tiempo después. Sí, sí, la del cuadro soy yo. Un día supe que no estaba, que se había ido. Pero no cuándo, ni dónde, ni, claro, por qué. Y en ese instante comprendí lo que significaba que una mano de hombre convirtiera en carbón los perfiles de mi cuerpo. Y dolió la certeza de saber que no volvería a verlo jamás. Y le olvidé. Por eso me sorprende que ahora venga usted a preguntarme por él. A mí, que ni tan siquiera estoy segura de que su nombre fuera cierto. Todos aquí le llamábamos Zacarías.

Tal vez debería haberlo sospechado. A fin de cuentas, así se comportan los artistas, ¿no? Desaparecen. No sé si llegué a estar enamorada de él, ya ve, otra cosa no le puedo decir. Lo pienso y no lo sé. Para saber eso habría que preguntarle a la mujer que era yo en esos años. Y, créame, ella y yo somos diferentes. Muy diferentes. En uno de sus cuadros, que descansaba apoyado en la pared de su cuarto, pintó una ciudad en la noche y en un túnel bajo la autopista, amparados en la sombra, una pareja estaba besándose o hablando en voz baja. Yo les observaba y me preguntaba quiénes eran, qué se decían, por qué se amaban. Quise preguntárselo a Zacarías. Pero nunca lo hice.

Una tarde, a eso de las siete, decidió que el cuadro estaba terminado y me pidió que me quedara a cenar para celebrarlo. Pan, queso y una botella de vinto tinto que había comprado el día que comenzó a pintarme. Estaba contento porque creía que podría venderlo por un precio alto. Me habló de una galería en la capital que le pagaría, al menos, cientos. Yo le conté que nunca había estado en la capital y que me gustaría vivir en una casa desde cuyas ventanas se pudieran ver los tejados de la ciudad. Él agachó la cabeza y después de masticar, lentamente como movía las manos, el último pedazo de pan, dijo ahora debería pedirte que te vinieras conmigo. Y, al instante, sin dar tiempo siquiera a que las palabras encontraran su sitio en mi cerebro, me preguntó quiénes eran mis pintores favoritos. Yo me quedé en la frase anterior y a ella he vuelto todos estos días desde que usted apareció preguntando por él. No supe qué contestar. No conocía ninguno. La del cuadro, sí, soy yo. Dijo entonces que era tarde y que sería mejor que me marchara. Le dije que podía fregar los platos y me contestó que no, que los platos de la cena se friegan a la mañana siguiente. Quería empezar de inmediato un cuadro nuevo, una idea que le había rondado por la cabeza durante la cena y temía que la memoria le jugara una mala pasada. Le pregunté de qué se trataba y me contestó que ya lo vería cuando estuviese terminado. Por más que lo intenté, a pesar de que deseaba con todas mis fuerzas quedarme con él esa noche, me fui a casa. Aquellas siete palabras nos separaron. Esa fue, fíjese, ahora lo recuerdo, la última vez que lo vi.

Él me preguntó quiénes eran mis pintores favoritos y enmudecí. Todavía el volumen de la frase anterior ensordecía en mi cerebro cualquier otra palabra. Pero no vaya usted a creer que no conocía ninguno. Me gustaba la pintura de Picasso, toda. Y algunos cuadros de Chagall. Tal vez esos fueran mis pintores favoritos, aunque, en verdad le digo, no tengo en la vida nada favorito. Más que los pintores me gustan los museos y, más que éstos, las ciudades en donde se encuentran. Madrid, París, Londres, San Petersburgo, Nueva York. Siempre soñé pasar los siete días de una semana paseando por los pasillos del Louvre. Entrar en sus salones de silencio, detenerme durante horas frente a sus paredes, buscar la línea que escribió Cortázar. Y salir del museo al atardecer para dormir en una pensión de Chatelet. Ya ve, muchas cosas me ha concedido la vida, para nada me quejo, pero esa no. Siento no haberle sido de mucha ayuda. Le he contado todo lo que recuerdo de aquellos días que pasé con Zacarías. O, bueno, un pintor al que todos en el pueblo llamábamos Zacarías. Durante un instante nos rozamos, cierto es. Pero después la vida nos sopló para otros lados.

Y sí, la del cuadro, aunque usted no lo crea, soy yo. Y hace tiempo que sé que estoy colgada en una de las paredes de ese museo en París.
cimadevilla.mayo2010

1 comentario:

Anónimo dijo...

Deducciones "internauticas", me han hecho pensar que bajo ese pseudónimo estás tú, Jose...ha pasado mucho tiempo y he perdido la pista a tanta gente que casi me avergüenzo..."si no sos vos", lo siento...
soy Ángel "alias borjita" y aunque han cambiado muchas cosas en estos 9 años que no nos vemos,... Calamaro sigue sonando, la Unión me sigue matando, y todavía me pregunto como se llamaba el toro que mato al Yiyo...
Un abrazo enorme, donde quiera que estés...

martfuen@hotmail.com

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