El reloj de pared que presidía la recepción había sido construido por un maestro relojero luxemburgués en mil novecientos tres y marcaba las seis y cuarto. Jorge empezaba su turno a las seis y todavía no había conseguido despertarse del todo. En sus manos reposaba el pliego de papel que Roberto, un cliente habitual, acababa de entregarle. Léelo, Jorge, por favor. Y se lo entregas a mi mujer cuando la veas. Después de que lo haya leído, envías un botones a nuestra habitación para que baje las maletas y pides un taxi que la lleve al aeropuerto. Roberto le tendió abierta su mano derecha. Jorge, sorprendido, la estrechó con la suya y, al mirarle a los ojos, comprendió que no volverían a verse.
Buenos días, señora Margarita. Buenos días, Jorge. ¿Has visto a mi marido? Me desperté y estaba sola en la habitación. Bajé a la piscina, entré en el restaurante, pasé por el salón; pero nada. No sé dónde puede haberse metido. Me pidió que le entregara esto. Margarita miró a Jorge con ojos de sorpresa, abrió por la mitad el pliego de papel y leyó con calma. Jorge aguardó. Cuando ella pareció haber terminado, continuó. Me dijo también que enviara un botones a su habitación para recoger el equipaje y que le pidiera un taxi que la llevara al aeropuerto. ¿Tú has leído esto, Jorge? Sí, señora. Su marido me pidió que lo hiciera. Se alegró al instante de no haber mentido. Lo imaginaba. Vaya, lo tenía todo bien pensado. Está bien, Jorge, que el botones suba a la habitación y baje las maletas. Sólo las maletas. Lo que esté fuera de ellas no me interesa. No lo quiero. Y pídeme un taxi; pero no le digas el destino. No voy a ir al aeropuerto. Estaré en la terraza. Avísame cuando esté todo listo. Margarita siempre hablaba con frases cortas. Como si derrochar palabras fuese perder dinero. De acuerdo, señora Margarita.
Se dio media vuelta y, con pasos cadenciosos y muelles, se alejó de la recepción. Jorge no evitó mirarla. Los tacones de charol, los gemelos bien formados bajo unas medias de cristal, el hueco posterior limpio y terso de las rodillas, sin rastro de venas bajo la piel blanca, el inicio de los muslos en cuyo perfil el brillo de la luz del día recién estrenado se reflejaba y cortados en su tercio superior por el vuelo de la falda de satén que abrazaba las caderas lo justo para imaginarlas libres en su bamboleo. De pronto, Margarita giró sus pasos de nuevo. Jorge fingió mirar sus manos, concentrado en un gesto de voyeur experimentado que evita en el último instante ser sorprendido. No en vano, trabajar en la recepción del hotel era, como él decía muchas veces, que te paguen por ser espectador. ¿Jorge? ¿Sí, señora Margarita? Estaba pensando… ¿tú te vendrías conmigo?
cimadevilla.marzo2010
No hay comentarios:
Publicar un comentario