Subí el volumen de la radio
en el coche que había alquilado cuando llegué al hotel. Metí la primera marcha
y solté el embrague. Doblé la esquina de la calle para sumarme al tráfico que circulaba a esas horas por el
bulevar y dejé atrás una ciudad en la que varias azoteas continuaban ardiendo.
Livorno había hecho un buen trabajo, pensé mientras observaba la escena por el
espejo retrovisor.
Tardé veinte minutos en llegar a la gasolinera de las
afueras donde había quedado con el gordo.
Me han contado que incendiaste la ciudad.
Bueno, fueron sólo unas cuantas azoteas. Livorno pensó
que sería una buena maniobra de distracción. Y él siempre tiene buenas ideas.
¿Tienes el dedo?
De pronto, el gordo se cansó de la conversación y quiso
acabar cuanto antes.
Aquí está.
Le entregué la bolsa de plástico. La cogió entre el
pulgar y el índice de la mano derecha y frunció el ceño como cuando bebía aquel líquido naranja. Se la entregó al tipo alto e
invisible que el día que se sentó a mi lado en el autobús vestía un traje negro
y hoy llevaba un pantalón de pana marrón y un jersey amarillo de cuello alto.
Compruébalo, le dijo sin dejar de mirarme con esos ojos
que de tan negros parecían no tener pupilas. El gordo y yo permanecimos en
silencio durante unos segundos.
Si el dedo es el de esa puta ¿qué vas a hacer con tanto
dinero? Desaparecer.
Es ella, jefe, dijo el tipo desde el maletero del coche.
Está bien, trae el dinero, contestó el gordo sin
modificar el gesto de su redonda cara. Ahora dame las fotos.
Le entregué las fotografías que había hecho al cadáver y
el gordo, después de observarlas durante un instante, me ofreció una bolsa de
basura. La abrí y comprobé que los billetes
sumaban lo pactado.
Desaparece, dijo el gordo, cuando terminé de contar el
dinero. Di media vuelta, abrí la puerta del coche y, sin despedirme, regresé
por donde había venido.
Entré en la casa y todo estaba en silencio. Ella dormía. Me senté a su lado y la desperté con un beso en los labios. Abrió los ojos, sonrió y me abrazó.
¿Todo bien?
Todo bien.
¿Te duele?, le pregunté.
Ella miró un instante su mano vendada.
No.
Vámonos. El avión despegará en dos horas.
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