El agua que caía del techo
nos empapó en segundos. Se oían las sirenas de los coches de bomberos y el
fuego que Livorno había provocado en las azoteas se agigantaba, arrasando los
objetos de material inflamable que encontraba a su paso. No podía sospechar
entonces que uno de ellos era el cuerpo de mi amigo.
Ella
reapareció bajo las sábanas mojadas y preguntó
¿qué haces?, cuando me vio sacar la pistola de la bolsa.
¿Te vas a poner ahora a limpiarla?
No.
Le pegué un tiro en la cara y, muerta, cayó de espaldas
en la cama. El agua diluyó en segundos la sangre que había manchado la pared.
Guardé la pistola, me acerqué a la cama e hice un par de fotografías al cadáver
con la polaroid que el gordo me había entregado el día que estuvo en mi casa.
Me vestí y salí de la habitación. En el pasillo, la gente corría de un lado para
otro sin orden ni sentido. Una anciana, temblorosa y asustada me agarró del
brazo y preguntó
¿qué sucede?
Está
ardiendo la azotea, señora, tranquila. Baje por las escaleras y salga a la
calle. No hay peligro. Yo iré con usted.
Para cuando encuentren el cadáver, pensaba mientras
ayudaba a la anciana a bajar las escaleras, yo ya estaré en la otra punta de la
ciudad.
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