sábado, marzo 12

El paseo 4

En la esquina de la calle, Horacio encuentra abierta una de esas tiendas que no cierran nunca y venden de todo, cortauñas de latón y desatascadores de tuberías con la boca abierta de goma negra y el mango de madera de pino. Aprovecha la casualidad para entrar. La dependienta combate el sueño comiendo pipias detrás del mostrador. Horacio le pregunta si tiene pinzas de plástico porque quiere comprar una de color naranja. La chica contesta que solo una no es posible, que se venden en paquetes de diez. Después escupe al suelo una cáscara. Horacio sigue con la mirada el arco descendente que el material vegetal dibuja en el aire hasta que encuentra el suelo y regresa después a los ojos de la dependienta para replicar que solo quiere una y que tiene que ser de color naranja. La chica se encoge de hombros. No parece dispuesta a facilitar las cosas. Horacio duda, se gira para marcharse; pero lo piensa mejor y se dirige de nuevo a la dependienta comepipas. Como si acabara de entrar en la tienda, le dice que quiere un paquete de diez pinzas de plástico para tender la ropa y que una de ellas debe ser naranja. La dependienta, mirándole del mismo modo en que lo hicieron la anciana en la ventana y la trompetista en la plaza de la fuente y de la palmera, se levanta y regresa a los pocos segundos con un paquete de diez pinzas envueltas en plástico. La tercera por la derecha es naranja. Horacio le entrega un billete de diez lucos, abre el paquete, coge la pinza naranja y deja las otras nueve en el mostrador. Mete la pinza en el bosillo derecho del abrigo y se despide. La chica observa las nueve pinzas abandonadas encima del mostrador y abre mucho los ojos. En la puerta de la tienda, Horacio siente el frío como una cachetada en la nuca. La madrugada ya ha conquistado la ciudad y le ha sorprendido perdido en las calles. Recuerda el cuento de la casita de chocolate y lamenta no haber sido previsor, como Hansel. Ahora bastaría con seguir las piedras para regresar al hotel. O las migas de pan, porque a esas horas en la ciudad todos los pájaros duermen con un ojo abierto en las ramas de los árboles. Horacio sonríe, a pesar de todo. Se siente capaz de caminar al encuentro de sus pasos.

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