El letrero luminoso de una farmacia marca las doce de la noche. Horacio siente las ganas de fumar como un cosquilleo amargo en la garganta; pero no tiene tabaco. Ha olvidado la cajetilla en la habitación del hotel. Entra en un bar vacío que están a punto de cerrar. La camarera, una mujer delgada, vestida con una blusa beis y una falda plisada de color arcilla dos tallas más grande de las que su cuerpo precisa, teñida de rubio hace meses y oculta tras unas enormes gafas de carey le dice, mientras traslada una bayeta húmeda y sucia de una esquina a otra de una mesa, que la máquina de tabaco están en el fondo, al lado de la puerta del baño. Horacio le pide cambio porque todas las monedas que tenía las olvidó en una funda de trompeta. La mujer, sin mirarle a los ojos, le entrega lo que necesita. Horacio se acerca a la máquina y saca un paquete de veinte cigarrillos de tabaco negro. A través de la puerta entreabierta del baño puede ver a un tipoque termina de orinar, que se sube la bragueta y que da media vuleta. Sus miradas se cruzan menos de un segundo. Horacio vuelve por donde ha venido. Se despide de la camarera miope y sale a la calle. Duda si seguir camino hacia la derecha o hacia la izquierda. Lo piensa el tiempo que emplea en encender un cigarrillo y escoge la derecha. No sabe muy bien por qué.
Cruza una avenida ancha, con mucho tráfico a pesar de la hora y, tras unos pocos metros, decide continuar por la primera calle que le sale al paso. No le gustan las grandes avenidas, los coches veloces, los escaparates abarrotados de objetos con letras de plástico pegadas en los cristales. La calle, estrecha y alumbrada por la luz de una sola farola, duerme con un ojo abierto mientras al fondo se intuye la respiración del mar. Alguien llama su atención desde las sombras de un portal. Horacio apura el cigarrillo y lo deja caer a sus pies para después apagar la colilla con la suela del zapato. Mete las manos en los bolsillos del abrigo y se acerca. Un tipo de barba larga tocado con un gorro de lana, un mendigo, un ladrón o un jipi avejentado, le pide un cigarrillo. Horacio le ofrece el paquete y el tipo coge dos. Le dice que uno es para el desayuno. Le llama jefe y sonríe. Horacio enciende el mechero y le ofrece la llama. El mendigo, el ladrón, el jipi acerca el extremo del cigarrillo al fuego. Tiene los ojos azules y la cara surcada de arrugas. Se despiden y el tipo desaparece de nuevo en las sombras del portal. Solo la brasa resiste y Horacio piensa que es del mismo color que la pinza partida por la mitad y que aumenta de intensidad con cada inspiración.
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