Los libros se
amontonaban desordenados encima del sofá que ocupaba el centro del salón. Las
estanterías vacías parecían adolescentes de un metro y ochenta centímetros de
altura castigados de cara a la pared, como los objetos que, destinados a un uso
distinto para el que han sido creados, almacenar libros en este caso, pierden
su personalidad y se convierten en otro objeto, en otra imagen, en otro lugar.
Estanterías en adolescentes castigados, mesas en elefantes, cuadros de trigales
mecidos por el viento en pistas de aterrizaje sin luces de señalización.
Amparo se quitó el abrigo de pana
blanca y lo posó en lo alto del montón de libros. Rosaura observó la escena
durante un segundo y pensó que parecía un pastel. El sofá era el bizcocho. Los
libros, las virutas de chocolate. El abrigo, el azúcar espolvoreado en la cima.
Concluyó, preocupado, que el salón se estaba llenando de objetos sin
personalidad.
Amparo vestía un jersey de lana
negra de cuello alto y un pantalón vaquero azul elástico que abrazaba febril el
perfil de sus largas piernas. Se arrodilló al lado de Rosaura y acarició con la
yema de los dedos su nuca.
¿Qué es todo este desorden, miamor?,
preguntó mientras sonreía.
Busco
un libro que no encuentro desde hace años y aprovecho para cambiar de lugar los
muebles del salón.
¿Va todo bien?
Creo que sí; pero necesito un
cambio, contestó Rosaura, con la mente puesta en el agujero que la bala había
abierto en el cráneo del escritor.
Las estanterías vacías parecen
soldados en guardia, continuó Amparo tras ponerse en pie.
Podría ser, dijo Rosaura, sin muchas
ganas de continuar la conversación. Recojo en un momento, me lavo las manos y
estoy contigo.
De acuerdo, miamor, voy a la cocina, que estoy sedienta.
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