viernes, octubre 28

Cuarto principio. Principio de gravitación.

Los libros se amontonaban desordenados encima del sofá que ocupaba el centro del salón. Las estanterías vacías parecían adolescentes de un metro y ochenta centímetros de altura castigados de cara a la pared, como los objetos que, destinados a un uso distinto para el que han sido creados, almacenar libros en este caso, pierden su personalidad y se convierten en otro objeto, en otra imagen, en otro lugar. Estanterías en adolescentes castigados, mesas en elefantes, cuadros de trigales mecidos por el viento en pistas de aterrizaje sin luces de señalización.
        Amparo se quitó el abrigo de pana blanca y lo posó en lo alto del montón de libros. Rosaura observó la escena durante un segundo y pensó que parecía un pastel. El sofá era el bizcocho. Los libros, las virutas de chocolate. El abrigo, el azúcar espolvoreado en la cima. Concluyó, preocupado, que el salón se estaba llenando de objetos sin personalidad.
            Amparo vestía un jersey de lana negra de cuello alto y un pantalón vaquero azul elástico que abrazaba febril el perfil de sus largas piernas. Se arrodilló al lado de Rosaura y acarició con la yema de los dedos su nuca.
            ¿Qué es todo este desorden, miamor?, preguntó mientras sonreía.             
          Busco un libro que no encuentro desde hace años y aprovecho para cambiar de lugar los muebles del salón.
            ¿Va todo bien?
        Creo que sí; pero necesito un cambio, contestó Rosaura, con la mente puesta en el agujero que la bala había abierto en el cráneo del escritor.
            Las estanterías vacías parecen soldados en guardia, continuó Amparo tras ponerse en pie.
            Podría ser, dijo Rosaura, sin muchas ganas de continuar la conversación. Recojo en un momento, me lavo las manos y estoy contigo.
            De acuerdo, miamor, voy a la cocina, que estoy sedienta.

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