sábado, abril 14

Noveno principio. Principio de densidad.


Era noche aún cerrada y la marea baja estrechaba el cauce en la desembocadura del río Piles en el pedregal de la playa de San Lorenzo. El légamo de las riberas emergía y abandonaba a su suerte a los moluscos que dormitaban su último sueño en la arena húmeda. Las gaviotas aprovechaban entonces el regalo de la gravedad que la luna ejerce sobre las aguas para darse un festín. Algunas emprendieron el vuelo al paso del trío. Otras miraron indiferentes a los tres humanos y continuaron la pesca.

Roque dijo
a mí no me parece bien lo que estamos haciendo.
Claro, ahora, contestó Maro. Antes, bien que te divertías. No parecía que tuvieras ganas de estar en otra parte cuando te pusiste encima de ella y culeabas, cada vez más rápido, con los pantalones por los tobillos y los calzoncillos en las rodillas.
Ya lo sé, contestaba Roque al borde del llanto. Pero no pensaba que ibas a golpearla.
No me jodas, Roque. ¿No ves cómo estoy sangrando? ¿No ves que me ha arrancado media oreja, gilipollas?
Es culpa tuya. Siempre te empeñas en besarlas.
Calla la boca y no la dejes caer, no vaya a tener que pegarte una ostia en la cabeza a ti también.
¿Está muerta?
Y yo qué sé, Roque. No soy médico, joder.

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