Era
noche aún cerrada y la marea baja estrechaba el cauce en la
desembocadura del río Piles en el pedregal de la playa de San
Lorenzo. El légamo de las riberas emergía y abandonaba a su suerte
a los moluscos que dormitaban su último sueño en la arena húmeda.
Las gaviotas aprovechaban entonces el regalo de la gravedad que la
luna ejerce sobre las aguas para darse un festín. Algunas
emprendieron el vuelo al paso del trío. Otras miraron indiferentes a
los tres humanos y continuaron la pesca.
Roque
dijo
a
mí no me parece bien lo que estamos haciendo.
Claro,
ahora, contestó Maro. Antes, bien que te divertías. No parecía que
tuvieras ganas de estar en otra parte cuando te pusiste encima de
ella y culeabas, cada vez más rápido, con los pantalones por los
tobillos y los calzoncillos en las rodillas.
Ya
lo sé, contestaba Roque al borde del llanto. Pero no pensaba que
ibas a golpearla.
No
me jodas, Roque. ¿No ves cómo estoy sangrando? ¿No ves que me ha
arrancado media oreja, gilipollas?
Es
culpa tuya. Siempre te empeñas en besarlas.
Calla
la boca y no la dejes caer, no vaya a tener que pegarte una ostia en
la cabeza a ti también.
¿Está
muerta?
Y
yo qué sé, Roque. No soy médico, joder.
No hay comentarios:
Publicar un comentario