Impedir que el aire circule entre los
cuerpos. Venerar la luz de la tarde de
invierno que entra por la ventana. Dibujar cicatrices con la yema de los
dedos, para después borrarlas con los labios. Con la lengua. Besarse por dentro. Celebrar en un mismo día el
cumpleaños de todos los enemigos. Caminar mientras se hace de noche por
un alambre tendido entre las azoteas de los dos edificios más altos
de Tokio. Caer en el último metro. Y salvarse. O desde el más alto
de los dos hasta una playa. Descender lentamente hasta alcanzar la
arena. Creerse mar. Sentirlo. Refugiarse en la sombra curva y fugaz
que origina un cuerpo desnudo. En la que se modifica con cada
movimiento. Aunque imperceptible. Mancillar los límites. Asaltar fronteras. Otorgarle al tiempo categoría de
espacio. Gritar hasta que despierten de su
siesta de años los leones. Correr entonces. Rebeca dijo quiero decirte algo y no
sé lo que es. Yo dije tuve ganas de llorar, como los perros. Qué
palabras terribles brotan a veces en ese estado.
gijón.febrero2012.
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