Una
vez estuve alojado en un hotel sin estrellas en Berlín, cerca de
Alexanderplatz, justo enfrente de las ruinas. Era diciembre y hacía
mucho frío. Hace años de aquello y yo estaba más gordo de lo que
lo estoy ahora, bastante más, aunque procuraba no comer demasiado y
salía a correr casi todas las mañanas con un amigo que, una noche
durante una cena, años después, quiso decirnos que era gay y
nosotros le miramos un par de segundos de silencio y retomamos las
conversaciones donde las habíamos dejado. Llegábamos hasta
Bebelplatz y dábamos media vuelta. Allí los nazis quemaron libros.
A
veces eso no es posible, lo de comer poco y correr, digo, y me dejaba
vencer, como ahora, por la pereza y por la gula.
Por
aquella época yo salía con una chica a la que le gustaba chupármela
mientras yo hablaba por teléfono. A mí, a veces, no me apetecía.
Pero era difícil resistirse porque, cuando me daba cuenta, la
persona al otro lado del hilo telefónico ya había contestado y
Delia, que así se llamaba, estaba arrodillada frente a mí,
bajándome la bragueta y buscando bajo mis calzoncillos un miembro,
la mayoría de las veces, dispuesto para la erección. Dejamos de
vernos al volver de ese viaje. Y, es curioso, no me dolió romper con
ella pero, a menudo, la echo de menos y echo de menos aquella ciudad
que no será nunca la misma, porque no habrá otro diciembre de mil
novecientos noventa y siete y echo de menos aquellos días. Delia me
abandonó después de decir que no le gustaba el modo en que estaba
parado en la vida. Repito muchas veces en silencio esas palabras
cuando recuerdo el momento en que las dijo, sentados en una cafetería
de la calle Delicias, con dos gin-tonic entre medias. Será porque
nunca he llegado a comprenderlas bien del todo.
Recuerdo
también que una noche de las que pasamos en Berlín salimos a tomar
cervezas y, a las tantas de la madrugada, en el servicio de uno de
los pocos bares que quedaban abiertos, una chica más alta que yo y
con el pelo cortado al dos me ofreció una de las tres rayas de
cocaína que estaba preparando sobre la tapa del váter. Yo decliné
la invitación porque estaba ya demasiado borracho. Pero no pude
reprimir las ganas de avalanzarme sobre ella y besarle la boca. No
era guapa, pero tenía unos labios gruesos y sonrosados que me
atrajeron al instante. Ella me recibió como si estuviera esperándome
desde hacía años y nos besamos durante un buen rato, hasta que la
empujé dentro de uno de los cubículos y, bajándonos con ansiedad
los pantalones, yo los míos y ella los suyos, y después las bragas
y los calzoncillos, yo las suyas y ella los míos, comenzamos a
follar, echando a perder con nuestros movimientos torpes y bruscos
las rayas de cocaína que ella con tanto esmero había estado
preparando. Después nos vestimos en silencio y no recuerdo habernos
despedido. Tampoco recuerdo cuál fue mi respuesta cuando Delia me
preguntó por qué había tardado tanto. Pero sí recuerdo que,
abrazados para no caernos, rescatamos a Roberto, el amigo gay con
quien corría por Unter den Linden casi todas las mañanas, que
dormitaba en un sucio sillón de pana negra, y subimos las escaleras
del bar a la misma velocidad que el sol. Los cuatro alcanzamos a la
vez la calle. El frío era intenso.
Caminamos por Oranienburger hasta llegar al hotel. Cuando entramos en la habitación decidí darme una ducha y lo hice con el agua muy caliente. El espejo se empañó de vapor al instante y, desde entonces, soy incapaz de mirarme en los espejos. Me da miedo. Mucho. Delia se tiró encima de la cama y, vestida, se quedó dormida. Al día siguiente, último de los que pasamos en Berlín, desayunamos en silencio en el restaurante vacío del hotel, junto a Roberto que, de aquella, ya era gay, aunque nosotros no lo supiéramos y yo, ni tan siquiera, lo sospechara. Después recogimos la habitación y nos duchamos juntos, con el agua templada y sin sexo. Devolvimos la llave de la habitación en la recepción y pagamos lo que debíamos. El mozo del hotel miró a Delia de arriba a abajo. Ella fingió no darse cuenta y yo miré fijamente a los ojos del tipo hasta que no pudo aguantar la mirada. No soy celoso, ni mucho menos, simplemente me divertía tener las riendas de la situación. Roberto se echó a reír de un modo exageradamente amanerado. Yo le miré y me eché a reír también. No entiendo cómo no sospeché entonces que era gay.
Caminamos por Oranienburger hasta llegar al hotel. Cuando entramos en la habitación decidí darme una ducha y lo hice con el agua muy caliente. El espejo se empañó de vapor al instante y, desde entonces, soy incapaz de mirarme en los espejos. Me da miedo. Mucho. Delia se tiró encima de la cama y, vestida, se quedó dormida. Al día siguiente, último de los que pasamos en Berlín, desayunamos en silencio en el restaurante vacío del hotel, junto a Roberto que, de aquella, ya era gay, aunque nosotros no lo supiéramos y yo, ni tan siquiera, lo sospechara. Después recogimos la habitación y nos duchamos juntos, con el agua templada y sin sexo. Devolvimos la llave de la habitación en la recepción y pagamos lo que debíamos. El mozo del hotel miró a Delia de arriba a abajo. Ella fingió no darse cuenta y yo miré fijamente a los ojos del tipo hasta que no pudo aguantar la mirada. No soy celoso, ni mucho menos, simplemente me divertía tener las riendas de la situación. Roberto se echó a reír de un modo exageradamente amanerado. Yo le miré y me eché a reír también. No entiendo cómo no sospeché entonces que era gay.
Salimos
del hotel, cruzamos Alexanderplatz en diagonal y entramos en el
vestíbulo de la estación. Compramos tres billetes para el tren
que nos llevaría a casa. Salía cinco horas más tarde. Alegres por
disfrutar de más tiempo libre en la ciudad, dejamos las mochilas en
la consigna y decidimos pasear sin rumbo, en busca de algo que no
sabíamos lo que era y que no encontramos.
berlín.marzo2012
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