viernes, abril 27

Días de invierno en Berlín


Una vez estuve alojado en un hotel sin estrellas en Berlín, cerca de Alexanderplatz, justo enfrente de las ruinas. Era diciembre y hacía mucho frío. Hace años de aquello y yo estaba más gordo de lo que lo estoy ahora, bastante más, aunque procuraba no comer demasiado y salía a correr casi todas las mañanas con un amigo que, una noche durante una cena, años después, quiso decirnos que era gay y nosotros le miramos un par de segundos de silencio y retomamos las conversaciones donde las habíamos dejado. Llegábamos hasta Bebelplatz y dábamos media vuelta. Allí los nazis quemaron libros.

A veces eso no es posible, lo de comer poco y correr, digo, y me dejaba vencer, como ahora, por la pereza y por la gula.

Por aquella época yo salía con una chica a la que le gustaba chupármela mientras yo hablaba por teléfono. A mí, a veces, no me apetecía. Pero era difícil resistirse porque, cuando me daba cuenta, la persona al otro lado del hilo telefónico ya había contestado y Delia, que así se llamaba, estaba arrodillada frente a mí, bajándome la bragueta y buscando bajo mis calzoncillos un miembro, la mayoría de las veces, dispuesto para la erección. Dejamos de vernos al volver de ese viaje. Y, es curioso, no me dolió romper con ella pero, a menudo, la echo de menos y echo de menos aquella ciudad que no será nunca la misma, porque no habrá otro diciembre de mil novecientos noventa y siete y echo de menos aquellos días. Delia me abandonó después de decir que no le gustaba el modo en que estaba parado en la vida. Repito muchas veces en silencio esas palabras cuando recuerdo el momento en que las dijo, sentados en una cafetería de la calle Delicias, con dos gin-tonic entre medias. Será porque nunca he llegado a comprenderlas bien del todo.

Recuerdo también que una noche de las que pasamos en Berlín salimos a tomar cervezas y, a las tantas de la madrugada, en el servicio de uno de los pocos bares que quedaban abiertos, una chica más alta que yo y con el pelo cortado al dos me ofreció una de las tres rayas de cocaína que estaba preparando sobre la tapa del váter. Yo decliné la invitación porque estaba ya demasiado borracho. Pero no pude reprimir las ganas de avalanzarme sobre ella y besarle la boca. No era guapa, pero tenía unos labios gruesos y sonrosados que me atrajeron al instante. Ella me recibió como si estuviera esperándome desde hacía años y nos besamos durante un buen rato, hasta que la empujé dentro de uno de los cubículos y, bajándonos con ansiedad los pantalones, yo los míos y ella los suyos, y después las bragas y los calzoncillos, yo las suyas y ella los míos, comenzamos a follar, echando a perder con nuestros movimientos torpes y bruscos las rayas de cocaína que ella con tanto esmero había estado preparando. Después nos vestimos en silencio y no recuerdo habernos despedido. Tampoco recuerdo cuál fue mi respuesta cuando Delia me preguntó por qué había tardado tanto. Pero sí recuerdo que, abrazados para no caernos, rescatamos a Roberto, el amigo gay con quien corría por Unter den Linden casi todas las mañanas, que dormitaba en un sucio sillón de pana negra, y subimos las escaleras del bar a la misma velocidad que el sol. Los cuatro alcanzamos a la vez la calle. El frío era intenso. 

Caminamos por Oranienburger hasta llegar al hotel. Cuando entramos en la habitación decidí darme una ducha y lo hice con el agua muy caliente. El espejo se empañó de vapor al instante y, desde entonces, soy incapaz de mirarme en los espejos. Me da miedo. Mucho. Delia se tiró encima de la cama y, vestida, se quedó dormida. Al día siguiente, último de los que pasamos en Berlín, desayunamos en silencio en el restaurante vacío del hotel, junto a Roberto que, de aquella, ya era gay, aunque nosotros no lo supiéramos y yo, ni tan siquiera, lo sospechara. Después recogimos la habitación y nos duchamos juntos, con el agua templada y sin sexo. Devolvimos la llave de la habitación en la recepción y pagamos lo que debíamos. El mozo del hotel miró a Delia de arriba a abajo. Ella fingió no darse cuenta y yo miré fijamente a los ojos del tipo hasta que no pudo aguantar la mirada. No soy celoso, ni mucho menos, simplemente me divertía tener las riendas de la situación. Roberto se echó a reír de un modo exageradamente amanerado. Yo le miré y me eché a reír también. No entiendo cómo no sospeché entonces que era gay.

Salimos del hotel, cruzamos Alexanderplatz en diagonal y entramos en el vestíbulo de la estación. Compramos tres billetes para el tren que nos llevaría a casa. Salía cinco horas más tarde. Alegres por disfrutar de más tiempo libre en la ciudad, dejamos las mochilas en la consigna y decidimos pasear sin rumbo, en busca de algo que no sabíamos lo que era y que no encontramos.

berlín.marzo2012

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