jueves, mayo 10

Nocturno de furia


Como hay tipos que parecen necesitar siempre un corte de pelo, Madero parecía necesitar siempre un abrazo de consuelo, una palmada muelle en la espalda o un gesto mudo de aprobación en la mirada. De no ser así, corría el riesgo de desarmarse a cada paso, que daba siempre como si fuera el último de su vida. Cuando sucedieron los hechos que se relatan a continuación, José Luis Madero Cortés, policía de profesión, aficionado a la marquetería y viudo desde hacía seis años, tenía sesenta y cuatro. Hoy hubiera cumplido sesenta y cinco. Pero murió hace dos días, acribillado a tiros por un compañero con demasiada adrenalina disuelta en la sangre y demasiadas respuestas sin haber tan siquiera preguntado. En el juicio alegará, como atenuante, que Madero estaba armado.

La noche arrastraba a duras penas el calor sofocante de julio y la ciudad se resistía a oscurecer anudando en las antenas y en los álabes los últimos hilos naranjas de luz que pertenecían al sol. El horizonte, recortado por la silueta angulosa y errática de los edificios, comenzaba a desvanecerse en grises y en negros.

Madero dejó atrás la comisaría y atravesando Vía Augusta, se dirigió por la calle de Gracia hacia su piso en Bailén. En la acera, el olor dulzón de las cafeterías se mezclaba con el salobre que el mistral transportaba desde el mar. A lo lejos se escuchaban los motores de los vehículos que circulaban por la Diagonal.

Dentro de tres días, a estas horas, ya estaré jubilado, pensó Madero. Y ese pensamiento no le llevó a ninguna parte. Después de trabajar durante más de treinta años en la comisaría del Eixample, no estaba seguro de querer dejar de hacerlo, porque temía, por desconocidos, los días que vendrían después. Desde la muerte de Mara, el trabajo aplacaba un dolor que, de otro modo, hubiera sido insoportable. Sin la rutina como salvavidas, Madero sabía que el dolor florecería intacto, tal y como lo sintió durante las primeras semanas. Un vacío opresivo y cruel que sólo la repetición gris de los días mantenía a raya.

Mara, susurró.

Metió la mano derecha en el bolsillo de la camisa y extrajo de él un paquete de tabaco que estaba vacío. Maldijo en silencio mientras lo hacía desaparecer en el puño y lo lanzaba a una alcantarilla. Torció a la derecha en Francisco Giner. En la gasolinera de la calle Mallorca podría comprar tabaco. Poco tiempo después, con la vida ya entrecortada, pensó que esa decisión fue la que le llevó a la muerte. Diez minutos tardó en encontrarla.

En la playa de la gasolinera, el conductor de un renault Megane verde botella observaba las cifras en el surtidor. Madero saludó con un leve movimiento de cabeza y entró en la cantina. Al fondo, la dependienta colocaba las revistas en una de las estanterías.

En las gasolineras se echa gasolina. En los estancos se vende tabaco. No sé por qué carajo tengo que venir a una gasolinera a comprar tabaco si jamás fui a un estanco a echar gasolina. Este país se va a la mierda, pensó Madero, siempre nervioso cuando sentía que los cambios del mundo lo arrollaban.

Buenas noches, dijo la dependienta mientras regresaba al mostrador.

Buenas, contestó Madero. Un paquete de Coronas, por favor.

La mujer inició el gesto de inclinarse hacia la torre de cajetillas de tabaco que estaban colocadas a su izquierda pero, a mitad de camino, se detuvo y, lentamente, recuperó la posición de la que partía. Apoyó las palmas de ambas manos en el mostrador, abrió los ojos al mismo ritmo que se dilataban sus pupilas y, durante un par de segundos, miró fijamente a Madero, que no entendía qué pasaba. Como la noche se había instalado en la ciudad, así el rostro de la dependienta palideció.

¿Se encuentra usted bien, señorita?

Las palomas, que dormían con un ojo abierto en el tejado de la gasolinera, despertaron asustadas por el grito y emprendieron súbitamente el vuelo. La dependienta salió del mostrador y, tras derribar un estante de bolsas de patatas fritas, abandonó la cantina.

Un policía en día libre observó la escena desde la acera de enfrente y, mirando a ambos lados para comprobar que no venía ningún coche, echó a correr, cruzó la calle y se dirigió al encuentro de la mujer.

Soy policía, señorita ¿qué ocurre?

La mujer, sin detenerse, continuó su carrera hacia ninguna parte. 

Madero, de pie frente a nadie, no sabía aún qué había sucedido ni qué debía hacer. De pronto, tras el mostrador, escuchó un crujido apenas audible. Apoyó las manos para asomarse y descubrió en el suelo una enorme rata, cubierta de pelo negro y graso, que le miró con unos ojos pequeños y vivos. Aferraba con las patas delanteras, lampiñas al igual que las traseras, la cola, las orejas y el hocico, un mendrugo de pan sucio que roía con avidez. Madero, entonces, cansado de no estar ya en casa, cansado del calor agobiante del verano en Barcelona que la noche no vencía, cansado de treinta y nueve años de servicio, cansado de un mundo tan rápido y, sobre todo, cansado de que la ausencia de Mara doliera tanto cada día, sacó de la funda del costado la Beretta nueve milímetros, retiró el seguro y apuntó a la cabeza del roedor.

Dese la vuelta despacito y ponga las manos donde yo pueda verlas, abuelo.

Madero, sorprendido por la orden que acababa de escuchar, levantó la cabeza, se irguió y, girando sobre sus pasos para explicar a quien fuera lo que estaba sucediendo, recibió un disparo en la oreja izquierda, uno en el hombro derecho, dos en la parte central del pecho, otro más en el vientre y el último, que le derribó, en la rodilla izquierda.

La ciudad se detuvo apenas un instante mientras Madero, tendido en el suelo, se moría.

La rata se acercó al olor de la sangre.

Hija de la gran puta, masculló el policía.

Y la última bala del cargador partió en dos el cuerpo del animal. 

cimavilla.abril2012

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