Como hay tipos que
parecen necesitar siempre un corte de pelo, Madero parecía necesitar
siempre un abrazo de consuelo, una palmada muelle en la espalda o un
gesto mudo de aprobación en la mirada. De no ser así, corría el
riesgo de desarmarse a cada paso, que daba siempre como si fuera el
último de su vida. Cuando sucedieron los hechos que se relatan a
continuación, José Luis Madero Cortés, policía de profesión,
aficionado a la marquetería y viudo desde hacía seis años, tenía
sesenta y cuatro. Hoy hubiera cumplido sesenta y cinco. Pero murió
hace dos días, acribillado a tiros por un compañero con demasiada
adrenalina disuelta en la sangre y demasiadas respuestas sin haber
tan siquiera preguntado. En el juicio alegará, como atenuante, que
Madero estaba armado.
La noche arrastraba a
duras penas el calor sofocante de julio y la ciudad se resistía a
oscurecer anudando en las antenas y en los álabes los últimos hilos
naranjas de luz que pertenecían al sol. El horizonte, recortado por
la silueta angulosa y errática de los edificios, comenzaba a
desvanecerse en grises y en negros.
Madero dejó atrás la
comisaría y atravesando Vía Augusta, se dirigió por la calle de
Gracia hacia su piso en Bailén. En la acera, el olor dulzón de las
cafeterías se mezclaba con el salobre que el mistral transportaba
desde el mar. A lo lejos se escuchaban los motores de los vehículos que
circulaban por la Diagonal.
Dentro de tres días, a
estas horas, ya estaré jubilado, pensó Madero. Y ese pensamiento no
le llevó a ninguna parte. Después de trabajar durante más de
treinta años en la comisaría del Eixample, no estaba seguro de
querer dejar de hacerlo, porque temía, por desconocidos, los días
que vendrían después. Desde la muerte de Mara, el trabajo aplacaba
un dolor que, de otro modo, hubiera sido insoportable. Sin la rutina
como salvavidas, Madero sabía que el dolor florecería intacto, tal
y como lo sintió durante las primeras semanas. Un vacío opresivo y
cruel que sólo la repetición gris de los días mantenía a raya.
Mara, susurró.
Metió la mano derecha
en el bolsillo de la camisa y extrajo de él un paquete de tabaco que
estaba vacío. Maldijo en silencio mientras lo hacía desaparecer en
el puño y lo lanzaba a una alcantarilla. Torció a la derecha en
Francisco Giner. En la gasolinera de la calle Mallorca podría
comprar tabaco. Poco tiempo después, con la vida ya entrecortada,
pensó que esa decisión fue la que le llevó a la muerte. Diez
minutos tardó en encontrarla.
En la playa de la
gasolinera, el conductor de un renault Megane verde botella observaba
las cifras en el surtidor. Madero saludó con un leve movimiento de
cabeza y entró en la cantina. Al fondo, la dependienta colocaba las
revistas en una de las estanterías.
En las gasolineras se
echa gasolina. En los estancos se vende tabaco. No sé por qué
carajo tengo que venir a una gasolinera a comprar tabaco si jamás
fui a un estanco a echar gasolina. Este país se va a la mierda,
pensó Madero, siempre nervioso cuando sentía que los cambios del
mundo lo arrollaban.
Buenas noches, dijo la
dependienta mientras regresaba al mostrador.
Buenas, contestó
Madero. Un paquete de Coronas, por favor.
La mujer inició el
gesto de inclinarse hacia la torre de cajetillas de tabaco que
estaban colocadas a su izquierda pero, a mitad de camino, se detuvo
y, lentamente, recuperó la posición de la que partía. Apoyó las
palmas de ambas manos en el mostrador, abrió los ojos al mismo ritmo
que se dilataban sus pupilas y, durante un par de segundos, miró
fijamente a Madero, que no entendía qué pasaba. Como la noche se
había instalado en la ciudad, así el rostro de la dependienta
palideció.
¿Se encuentra usted
bien, señorita?
Las palomas, que
dormían con un ojo abierto en el tejado de la gasolinera,
despertaron asustadas por el grito y emprendieron súbitamente el
vuelo. La dependienta salió del mostrador y, tras derribar un
estante de bolsas de patatas fritas, abandonó la cantina.
Un policía en día
libre observó la escena desde la acera de enfrente y, mirando a
ambos lados para comprobar que no venía ningún coche, echó a
correr, cruzó la calle y se dirigió al encuentro de la mujer.
Soy policía, señorita
¿qué ocurre?
La mujer, sin
detenerse, continuó su carrera hacia ninguna parte.
Madero, de pie
frente a nadie, no sabía aún qué había sucedido ni qué debía
hacer. De pronto, tras el mostrador, escuchó un crujido apenas
audible. Apoyó las manos para asomarse y descubrió en el suelo una
enorme rata, cubierta de pelo negro y graso, que le miró con unos
ojos pequeños y vivos. Aferraba con las patas delanteras, lampiñas
al igual que las traseras, la cola, las orejas y el hocico, un
mendrugo de pan sucio que roía con avidez. Madero, entonces, cansado
de no estar ya en casa, cansado del calor agobiante del verano en
Barcelona que la noche no vencía, cansado de treinta y nueve años
de servicio, cansado de un mundo tan rápido y, sobre todo, cansado
de que la ausencia de Mara doliera tanto cada día, sacó de la funda
del costado la Beretta nueve milímetros, retiró el seguro y apuntó
a la cabeza del roedor.
Dese la vuelta
despacito y ponga las manos donde yo pueda verlas, abuelo.
Madero, sorprendido por
la orden que acababa de escuchar, levantó la cabeza, se irguió y,
girando sobre sus pasos para explicar a quien fuera lo que estaba
sucediendo, recibió un disparo en la oreja izquierda, uno en el
hombro derecho, dos en la parte central del pecho, otro más en el
vientre y el último, que le derribó, en la rodilla izquierda.
La ciudad se detuvo
apenas un instante mientras Madero, tendido en el suelo, se moría.
La rata se acercó al
olor de la sangre.
Hija de la gran puta,
masculló el policía.
Y la última bala del
cargador partió en dos el cuerpo del animal.
cimavilla.abril2012
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