Rebeca entra en la cocina y dice que
Jero, al fin, se ha dormido. Se acerca y me da un beso descuidado en
los labios, como esas cosas que la rutina ha convertido en
inconscientes. Despeinado. El beso. Invisibles.
Apuro el café de la taza, una taza
verde y pequeña que trajo Rebeca cuando se vino a vivir conmigo, y
la coloco con cuidado en el fregadero, junto al resto de cacharros
sucios. A veces me gustaría ser un cacharro, sucio o limpio, eso da
igual. Abro el grifo del agua fría, cojo el estropajo húmedo y
comienzo a fregar los platos de la cena. Observo las copas de vino
como imagen de la noche anterior tumbados en el sofá y la golondrina
que, una tarde de Ibiza Rebeca se hizo tatuar en la nuca, se
detiene bajo la yema de mis dedos, curiosos e incrédulos aún, como
si en cada ocasión que la busco, de las cien veces repetidas,
descubriera algo nuevo en el dibujo, un retazo de color, el tacto
abultado de cicatriz, las plumas.
Antes de que se haga mayor, deberíamos
viajar por el mundo, dice mientras sirve café en una taza roja y
pequeña. Seis meses. Un año, tal vez. Nueve. Números. Nubes.
Pienso entonces en la bola del mundo de plástico que tenemos en el
escritorio. No recuerdo quién me la regaló hace ya más de veinte
años, cuando era un crío. Silenciosamente me ha acompañado durante
todos estos años, un mundo ya. También de plástico.
Cierro el grifo, me seco las manos, beso consciente los labios de
Rebeca, tibios por el café, y salgo de la cocina en dirección al
escritorio. Enciendo el mundo, que también es lámpara. Incendio el
mundo y con la fuerza de mis dedos lo hago rodar. Viajar por el mundo
antes de que cumpla dos años. Todo.
gijón.detarde.
gijón.detarde.
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