A
veces tomaba la decisión de parar, pero eran las menos. La mayoría
continuaba bebiendo hasta que era incapaz de mantener el equilibrio o
el camarero le decía la
anterior fue la última o
la luz fría del amanecer dominaba las sombras del bar. Presumía de
las mujeres con las que se había acostado, un número cambiante que
nunca alcanzaba la decena y que no parecía excesivamente alto si
tenemos en cuanto los años que ya no cumpliría, y enumeraba los
amigos que tenía repartidos por el mundo, aunque siempre tuve la
impresión de que, durante los años en que la vida nos juntó, yo
fui lo más parecido a un amigo que supo tener.
Era
alto, como sólo pueden serlo los hombres que no alcanzan el metro
setenta, con la espalda vencida por el tiempo y la cifosis y el
fuelle de los bronquios a menudo gobernado por la disnea. Delgado,
sin llegar a hacer uso del último agujero del cinturón. Barbado,
como los cubanos que en los cincuenta conquistaron primero una ciudad
y después un país bajando por sorpresa desde los montes. Tenía los
ojos azules de color violeta, son
iguales que los de Liz Taylor
le diría una noche un tipo cualquiera y él, aturdido por la
comparación, como si en vez de un símil le hubieran dado un
puñetazo en la nariz, quedó callado y pensativo. Porque si alguna
vez quiso ser alguien, fue Paul Newman en El
largo y cálido verano
o, tal vez, Robert Redford en Los
tres días del Cóndor.
Pero
jamás imaginó ser Elizabeth.
Recuerdo aquella tarde en San Telmo, cuando un artesano de un puesto
de bisutería le dijo che,
pibe, prestame uno de tus ojos y te haré un bello collar para que se
lo regales a quien tú quieras.
La mirada estrábica, a pesar de las dos operaciones quirúrgicas que
un oftalmólogo calvo y patológicamente tímido le realizó cuando
era aún niño y que depositaron en su vientre un miedo cerval al que
intentó vencer, y no pudo, estudiando medicina durante más de diez
años. Las manos nervudas de pianista, que escribió Casariego,
cuando desaparecen los pianos. Y, entonces, bajo, flaco, barbudo, la
espalda combada, el pecho escaso de aire, el vientre aterrado, los
ojos violetas y estrábicos y las manos fuertes, decía que caminaba
cuando en realidad la mayor parte del tiempo estaba parado. Olía
a tierra.
En
verano calzaba sandalias de piel y vestía camiseta de algodón y
pantalones vaqueros que en invierno cambiaba por pantalones de pana,
zapatos de cordones, camisa de cuadros y americana oscura que
compraba en tiendas de ropa de segunda mano.
Era
de café solo en el desayuno, cortado después de comer y una manzana
en la cena. Nunca escribía en servilletas de papel, ni leía los
periódicos desde la contraportada, ni tendía la ropa en las
azoteas, ni hacía el amor de noche en la playa. Decía que eran
actos manidos de tan literarios, o literarios de tan manidos, no
recuerdo bien. Y una cosa
es la vida y otra muy distinta los libros,
concluía. Soñaba, y estoy seguro de que aún hoy lo hace cada
noche, con ser el siete en el pasillo del ocho y dar el pase certero
de gol para no tener que celebrarlo como propio, porque no hubiera
sabido como.
Cuentan
que marchó de aquí cuando se bebió todo el dinero que había
heredado de sus padres y que vive en pueblos de nombres como La Ría,
Banciella o Güemes, topónimos desconocidos porque sólo en lo
desconocido reside lo posible. Le imagino sentado a la mesa de
alguna cocina, escribiendo en las hojas blancas de un cuaderno
historias tristes en las que siempre aparece la palabra noviembre o
la palabra acerbo y una mujer menuda de pelo corto y moreno se
enamora de uno de los personajes y alguien, a veces el protagonista,
se suicida. Entonces llega el alba y, con él, el café solo, la
fruta del tiempo, un paseo en bicicleta hasta el trabajo los días en
que algún enfermo le necesita, la rutina como una conquista de la
vida, la lluvia, el cortado, la siesta, los abrazos, un hijo, una
mujer que son cientos, manzanas.
Y
cuentan también que, últimamente, casi todas las noches, la
decisión que toma es la correcta.
cimadevilla.mayo2012
2 comentarios:
Me encanta: "Soñaba, y estoy seguro de que aún hoy lo hace cada noche, con ser el siete en el pasillo del ocho y dar el pase certero de gol para no tener que celebrarlo como propio, porque no hubiera sabido como".
Sencillamente magistral...
Saludos amigo!!
Ángel Martín.
Gracias, Ángel. Yo también me siento un rato todas las semanas en tu grada vieja. A celebrar algún gol. Un abrazo.
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