“Cuando
llueve tanto es que alguien se va a ir para siempre”
El
invierno en Lisboa, Antonio Muñoz Molina
Romeo
y Julieta se odian del modo en que sólo pueden hacerlo quienes se
han querido. Con un odio sordo, consciente y aplacado. Labor de zapa.
Pero con un odio revestido de la pátina del cariño y de la rutina.
Uno puede aprender a odiarse y ocultarlo para seguir queriéndose una
mentira. Creyéndose. Queriéndose. Hay gente capaz de vivir después
de aprender a odiar si consigue encontrar otros asideros en los que
mantenerse y dejar que el tiempo pase. Si las dos personas que llegan
a odiarse son así, no habrá problema. Resistirán juntos, y con una
sonrisa, el asedio del tiempo, cada vez más tranquilos,
acostumbrados, sostenidos en asideros a cada paso más lejanos, pero
a cada paso odiándose con menor intensidad. Si las dos personas no
son capaces de aprender a odiarse, no habrá problema. Aguantarán
juntos el tiempo que tarden en ajarse los asideros. Se separarán
después de un par de voces o un par de besos o un polvo de
despedida, triste, desprovisto de la culpa, pero cierto. Cuando uno
es de los primeros y el otro de los segundos, habrá un problema. Y
así son ellos.
Son
las seis de la mañana. Por las venecianas de la cocina se filtra una luz tenue de farolas que precede al alba. Romeo está
sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la nevera. Julieta, de
pie, le da la espalda y ceba la cafetera. Comienza a llover.
¿Y
si de esta no salimos? Es que no vamos a salir, joder, Romeo. ¿No te
das cuenta? Llevamos discutiendo toda la noche y no llegamos a ningún
lado. Bueno, entonces te equivocas. Si no hemos llegado a ningún
sitio, al menos quiere decir que hemos salido de algún otro. Lo que
tú quieras, Romeo. Lo que tú quieras. Pero ya son las seis de la
mañana... Como si son las seis de la tarde, ostias. Habrá que
seguir hablando hasta que demos con la solución. Estoy cansada... Yo
también estoy cansado, ¿qué te crees? Dentro de una hora tengo que
ponerme el traje y la corbata y salir a trabajar. Pero, me importa un
carajo ir sin dormir. Es más, si decidimos largarnos a otro lado,
voy y presento la dimisión, me despido. Que le den por culo a todos
y que le den por culo a esta ciudad. Hacemos las maletas y empezamos
de cero en otro lado. ¿Lo ves? Ese es el problema. Da igual el
tiempo que discutamos o las cosas de las que hablemos. Yo te digo que
estoy cansada y tú me hablas de empezar de cero en otro lado. No lo
entiendo. Joder, Romeo, es que tú nunca entiendes nada. Explícamelo.
Romeo se pone en pie. Julieta suspira y deja el mechero en la
encimera. Posa la cafetera sobre el fuego que acaba de encender. Se
da media vuelta y mira fijamente a los ojos negros de Romeo. Estoy
cansada, Romeo, estoy cansada de esta vida, de nuestra vida. Estoy
cansada de los sábados en el bar con tus amigos, de los domingos en
el cine, del polvo de los martes por la noche, después del gimnasio,
porque no puedes dormir, de los quince días de vacaciones en octubre
con tu primo en Palma y de los diez en Navidad con mi familia en el
pueblo, cansada de seguir pensando si tener un hijo, diez años
después. ¿Y? A la mierda todo, joder, Julieta. Es lo que intento
decirte. A la mierda todo y nos vamos lejos. Pero Romeo. ¿No te das
cuenta de que eso no serviría para nada? ¿Que nuestra vida la
hacemos los dos y seguiremos siendo los dos en cualquier lugar del
mundo? Y, además, ¿a dónde cojones vamos a ir, si tú trabajas
vendiendo seguros y yo reponiendo latas de espárragos, ostias? Ya,
entiéndelo de una vez, que de aquí no salimos juntos, que esto se
acaba, que estoy hasta las narices de mi vida contigo, que ya no te
quiero, maldita sea, me obligaste a decirlo y no hacía falta y no
quería, que me masturbo todos los días porque hace meses que no
consigo correrme contigo, que estoy seca, triste, hastiada, dormida.
Que quiero salir corriendo de aquí y no parar hasta que todo lo que
conozco haya desaparecido.
Julieta llora. Se escucha el frenazo de un coche
en la calle, la alarma para ciegos de un semáforo en verde, el grito
de una gaviota en vuelo, el agua que comienza a hervir dentro de la
cafetera.
Yo también quiero salir corriendo hasta que todo lo que
conozco haya desaparecido. Excepto tú. Julieta asiente. ¿Lo
ves? De esta no salimos. Romeo agacha la cabeza y, con las manos
en los bolsillos, se dirige a la ventana donde las gotas de lluvia
estallan al golpearse contra el cristal, tan violentamente como las
palabras de Julieta acaban de golpear su cabeza. Cuando llueve
tanto es que alguien se va a ir para siempre, dice.
gijón.mayo2012
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