sábado, noviembre 10

Cuando llueve tanto

Cuando llueve tanto es que alguien se va a ir para siempre”
El invierno en Lisboa, Antonio Muñoz Molina


Romeo y Julieta se odian del modo en que sólo pueden hacerlo quienes se han querido. Con un odio sordo, consciente y aplacado. Labor de zapa. Pero con un odio revestido de la pátina del cariño y de la rutina. Uno puede aprender a odiarse y ocultarlo para seguir queriéndose una mentira. Creyéndose. Queriéndose. Hay gente capaz de vivir después de aprender a odiar si consigue encontrar otros asideros en los que mantenerse y dejar que el tiempo pase. Si las dos personas que llegan a odiarse son así, no habrá problema. Resistirán juntos, y con una sonrisa, el asedio del tiempo, cada vez más tranquilos, acostumbrados, sostenidos en asideros a cada paso más lejanos, pero a cada paso odiándose con menor intensidad. Si las dos personas no son capaces de aprender a odiarse, no habrá problema. Aguantarán juntos el tiempo que tarden en ajarse los asideros. Se separarán después de un par de voces o un par de besos o un polvo de despedida, triste, desprovisto de la culpa, pero cierto. Cuando uno es de los primeros y el otro de los segundos, habrá un problema. Y así son ellos.

Son las seis de la mañana. Por las venecianas de la cocina se filtra una luz tenue de farolas que precede al alba. Romeo está sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la nevera. Julieta, de pie, le da la espalda y ceba la cafetera. Comienza a llover.

¿Y si de esta no salimos? Es que no vamos a salir, joder, Romeo. ¿No te das cuenta? Llevamos discutiendo toda la noche y no llegamos a ningún lado. Bueno, entonces te equivocas. Si no hemos llegado a ningún sitio, al menos quiere decir que hemos salido de algún otro. Lo que tú quieras, Romeo. Lo que tú quieras. Pero ya son las seis de la mañana... Como si son las seis de la tarde, ostias. Habrá que seguir hablando hasta que demos con la solución. Estoy cansada... Yo también estoy cansado, ¿qué te crees? Dentro de una hora tengo que ponerme el traje y la corbata y salir a trabajar. Pero, me importa un carajo ir sin dormir. Es más, si decidimos largarnos a otro lado, voy y presento la dimisión, me despido. Que le den por culo a todos y que le den por culo a esta ciudad. Hacemos las maletas y empezamos de cero en otro lado. ¿Lo ves? Ese es el problema. Da igual el tiempo que discutamos o las cosas de las que hablemos. Yo te digo que estoy cansada y tú me hablas de empezar de cero en otro lado. No lo entiendo. Joder, Romeo, es que tú nunca entiendes nada. Explícamelo. Romeo se pone en pie. Julieta suspira y deja el mechero en la encimera. Posa la cafetera sobre el fuego que acaba de encender. Se da media vuelta y mira fijamente a los ojos negros de Romeo. Estoy cansada, Romeo, estoy cansada de esta vida, de nuestra vida. Estoy cansada de los sábados en el bar con tus amigos, de los domingos en el cine, del polvo de los martes por la noche, después del gimnasio, porque no puedes dormir, de los quince días de vacaciones en octubre con tu primo en Palma y de los diez en Navidad con mi familia en el pueblo, cansada de seguir pensando si tener un hijo, diez años después. ¿Y? A la mierda todo, joder, Julieta. Es lo que intento decirte. A la mierda todo y nos vamos lejos. Pero Romeo. ¿No te das cuenta de que eso no serviría para nada? ¿Que nuestra vida la hacemos los dos y seguiremos siendo los dos en cualquier lugar del mundo? Y, además, ¿a dónde cojones vamos a ir, si tú trabajas vendiendo seguros y yo reponiendo latas de espárragos, ostias? Ya, entiéndelo de una vez, que de aquí no salimos juntos, que esto se acaba, que estoy hasta las narices de mi vida contigo, que ya no te quiero, maldita sea, me obligaste a decirlo y no hacía falta y no quería, que me masturbo todos los días porque hace meses que no consigo correrme contigo, que estoy seca, triste, hastiada, dormida. Que quiero salir corriendo de aquí y no parar hasta que todo lo que conozco haya desaparecido. 

Julieta llora. Se escucha el frenazo de un coche en la calle, la alarma para ciegos de un semáforo en verde, el grito de una gaviota en vuelo, el agua que comienza a hervir dentro de la cafetera.  

Yo también quiero salir corriendo hasta que todo lo que conozco haya desaparecido. Excepto tú. Julieta asiente. ¿Lo ves? De esta no salimos. Romeo agacha la cabeza y, con las manos en los bolsillos, se dirige a la ventana donde las gotas de lluvia estallan al golpearse contra el cristal, tan violentamente como las palabras de Julieta acaban de golpear su cabeza. Cuando llueve tanto es que alguien se va a ir para siempre, dice.

gijón.mayo2012

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