A los azules y, sobre todo, a los
blancos.
Tardó
horas la marea en borrar la huella que el cuerpo tendido de Dimas
dejó en la arena. Y los pasos de todos los que alrededor
observamos como, Guillén primero y los de la ambulancia después,
intentaron salvarle de una muerte que después se demostró
inevitable. Cuando por fin lo hizo, Tadeo y yo, que habíamos estado
observando, con la cabeza apoyada en las manos, los hombros en la
barandilla y la espalda vencida, como las aguas y la noche se
acercaban lentamente, dimos media vuelta sin mediar palabra para
regresar a casa, convencidos de que, una vez cubiertos por las olas
los restos de lo sucedido, Dimas se marchaba para siempre y podíamos,
al fin, descansar. Seis días después, siete desde la muerte de
Dimas, nos daríamos cuenta de lo equivocados que estábamos.
Frío.
Cinco grados centígrados. Lluvia a ráfagas y nordeste. Pleamar hace
quince minutos. Hace un día cojonudo para destetar hijos de puta,
¿eh? gritó Dimas a modo de saludo cuando llegó a la ocho. Jorge,
Corvera, Lucho, Javito y Tadeo discutían sobre el caótico sistema
defensivo del Sporting, reían chistes, fumaban un pito y hacían
estiramientos musculares que hubieran sonrojado a cualquier profesor
de gimnasia con un mínimo de decencia. Dimas, rubicundo, compacto,
enorme y de perfiles redondeados como una roca de granito en mitad
del desierto, una verruga como un botón de alarma en el entrecejo,
las manos para abarcar ciudades, el vientre que le anunciaba y la
piel de las piernas zambas arrugada en las rodillas, perdida la
turgencia después de tantos años de extenderse y volverse a
encoger, acompañó la frase hecha con una larga risotada y tres
salivazos que, tras describir una parábola perfecta, terminaron su
vuelo en las baldosas grises del muro, dos de ellos, y en la camiseta
azul del Olympique de Marsella que siempre vestía Lucho, el tercero.
Los cinco le miraron, asintieron y esbozaron una sonrisa tímida. Las
cosas del Dimas, seguro, pensaron. Dimas se agarró con ambas manos a
la barandilla y cuando parecía que se disponía a estirar los
gemelos, en lugar de eso se tiró un sonoro pedo, otra risotada y dos
salivazos. Después palmeó con la mano derecha la espalda de Tadeo
quien, a su lado, miraba al horizonte donde el mar parecía papel de
aluminio, pensó, pero no dijo nada. Vete poniendo las porterías y
marcando las líneas, Tadeín,
que hoy vamos a dar pal
pelo a los azules. Lo presiento, bramó Dimas. De uno en uno los
demás, azules y blancos, fuimos llegando a la playa.
Tadeo
se acercó por la espalda a Jandro, que jugaba de lateral derecho, y
al oído le dijo Jandro, que Dimas está tieso. Cagondiós,
Tadeo, qué susto me has dao.
Qué
tieso ni qué ostias. Tadeo, calvo prematuro, ojos tristes, la nariz
afilada y certera en captar aromas, de galibo rayando el metro
ochenta y cinco si alguna vez en su vida hubiera caminado erguido,
los pies desparramados por el suelo, más parecido a un buitre que a
un paisano y tímido hasta el punto que nadie entiende, aún hoy,
como fue capaz de casarse porque es imposible imaginarlo acercándose
a a una chica por primera vez, a no ser el alcohol, claro, que hay
algunos a los que el vino transforma, agarró con fuerza el brazo
izquierdo de Jandro y le obligó a agacharse junto al cuerpo de
Dimas, que ya estaba muerto. Mírale bien, dijo.
Nos
quedamos mudos cuando vimos aparecer a Cova en la playa, con esa cara
de mal augurio, que ni la reciente viudez había sido capaz de
cambiar, y abrazada a la urna negra con detalles dorados donde ya
todos sabíamos que estaba el cuerpo de Dimas convertido en cenizas,
que parece mentira un cuerpo tan grande en una urna tan pequeña.
Samuel se adelantó dos pasos al grupo y salió al encuentro de la
mujer. Pero Cova, ¿qué haces aquí? ¿Qué quieres, Samuel?
¿Cuántos años llevo estando sola en casa los domingos por la
mañana? De repente, ahora está conmigo y no sé qué hacer. Sólo
puedo sentarme en la cocina, mirar por la ventana, contar los barcos
que salen del puerto y echarme a llorar. Así que os lo traigo, para
que siga estando con vosotros. Cuando terminéis, me lo llevas a
casa. Lo hacemos así, si te parece, cada domingo. Yo lo traigo y
después tú me lo devuelves. Samuel, zurdo de pierna y de
pensamiento, era el mejor futbolista de cuantos yo he visto jugar en
la playa. Con sonrisa de seminarista y caderas de trilero que volvían
cuando tú aún no habías ido, regateaba a cualquiera, imagínate a
nosotros. Qué hubiera sido de ti, Sam, si te hubiera gustado bailar,
le decía a veces Corvera, o tiés
que follar como un rey, contenta tié
que estar María, si el que hablaba era Dimas. Playu de nacimiento y
de convicción, como Dimas, no había derramado por él una lágrima,
aunque bien sabíamos que, de todos, era el que más le echaba de
menos. Cogió la urna con ambas manos, con un cuidado excesivo para
que no se le escapara, besó en la frente a Cova y musitó, de
acuerdo, como tú quieras. Se dio media vuelta y, temeroso de perder
pie, nos enfrentó con la mirada un segundo, se encogió de hombros
al ver que todos le estábamos mirando, agachó la cabeza, se dirigió
a la portería de los blancos y, una vez allí, como quien viste un
santo, colocó a Dimas, a lo que quedó de Dimas, al lado del poste
derecho.
Cuando
Cova se hubo alejado lo suficiente, Corvera, que allá por los
cincuenta se quedó en el metro sesenta, el pelo negro, espeso y
vedijoso, los ojos pequeños y verdes, siempre listos para la furia o
para la carcajada y las manos inquietas, se acercó a Samuel y le
gritó, pero, ¿qué cojones haces, Sam? El primer balón que pase
por ahí se lleva por delante la urna y Dimas a tomar por culo, todas
las cenizas mezcladas con la arena y con el agua, ostias. Tadeo,
elevando la voz apenas un poco más que de costumbre, dijo colóquenlo
detrás de la portería, estadísticamente es la zona del fondo por
la que menos veces transita el balón y, cuando suceda, las mallas
impedirán el contacto. La puta, Tadeo, tanta cabeza y tan poco uso,
contestó Corvera.
Guillén,
voluntario ocasional de Protección Civil, clavó las rodillas en la
arena blanda, a la derecha del cuerpo, zarandeó a Dimas agarrándolo
por los hombros, gritó su nombre y buscó con la punta de los dedos
índice y medio el latido del corazón en el cuello. Las gaviotas se
arremolinaban en el aire y sus chillidos parecían invocar a una
muerte que se acercaba sin remedio. Javito decía Dimas, Dimas,
Dimas, mientras intentaba, sin éxito, abrirle los párpados con las
yema de los pulgares. Cuando nos dimos cuenta, Guillén, con la palma
de la mano izquierda sobre el esternón, la de la mano derecha sobre
el dorso de la izquierda, los dedos entrelazados y el peso de su
cuerpo cargado en los hombros decía Javito, apártate y estate
tranquilo y comenzó a presionar el pecho de Dimas a un ritmo
constante para devolverle al corazón su capacidad milagrosa de
latir. Que alguien pida una ambulancia, exclamó Lucho. Lo hago yo,
dijo Jandro, que ya tenía el móvil en la mano. Cuando te pregunten
qué ocurre, explica que es una parada. No digan luego que no venían
avisados. Una parada. ¿Entendido?, contestó Guillén, sin
detenerse. Los demás, rodeando en círculo la escena, no hacíamos
nada porque no sabíamos hacer nada. Se oyó un crujido, como de
astillas, y Tadeo, en voz baja, apenas audible para Javito, que
estaba a su lado, dijo una costilla se acaba de partir. Guillén
sudaba y contaba en voz alta. Las gaviotas habían dejaron de chillar
y las olas parecieron detenerse o, al menos, ese es el recuerdo que
yo tengo. Todos permanecimos en un silencio que, minutos después y
de repente, la sirena de la ambulancia quebró, acercándose a toda
velocidad, como intentando llegar antes que la muerte. Perdona
Guillén, creo que le has roto una costilla, dijo entonces Javito.
Mecagoentumadre,
Javito, y ¿qué cojones importa eso ahora, si se está muriendo?,
contestó Guillén entre jadeos, los dientes apretados, el gesto
enfurecido, el pelo gris y lacio pegado en la nuca y en la frente por
un sudor que el nordeste enfriaba, el sol reclamando fulgores en el
cráneo humedecido por la lluvia pasada donde el pelo no alcanzaba ya
a cubrir el cuero cabelludo. Qué viejo le vi, la espalda arqueada,
las manos apoyadas en las rodillas, buscando desesperado aire con la
boca abierta cuando uno de los técnicos de la ambulancia le dio un
respiro. Qué viejo.
Después
fuimos todos al hospital, impregnados de sudor, de arena y de
cansancio. Pasó una hora hasta que un médico vestido de verde entró
en la sala de espera, preguntó por los familiares de Dimas Daniel
Iglesias Solís y a Cova, que se levantó de inmediato, y a todos los
que detrás de ella le mirábamos con los ojos llenos de salitre y de
tristeza, azules y blancos como un ejército de soldados vencidos,
nos dijo lo que ya sabíamos. El médico dio media vuelta,
desapareció y, entonces, Guillén se echó a llorar como lloran
quienes descubren que su esfuerzo ha sido en vano y se abrazó a
Cova. Samuel tuvo que acercarse y pedirle que la soltara.
No
es fácil jugar cada domingo con las cenizas de Dimas detrás de la
portería. Es como si estuviera presente. Incluso dos o tres ya no
bajan. Que esto es una playa, joder, que no es el cementerio, dijo
Sevilla aquí mismo hace tres domingos y no le hemos vuelto a ver
más. Tenemos que hablar con Cova, Sam, esto no puede ser. Vale que
Dimas diese por culo cuando estaba vivo; pero que lo siga haciendo
después de muerto es demasiado. Con lo tocahuevos que era, siempre
gritando, protestando, riñendo, creando mal ambiente. Era uno de los
nuestros, sí, de los de toda la vida. Por eso, con sus cosas, las
cosas del Dimas, y con todo, le aguantábamos. Aunque se creyera
Beckenbauer y no llegara ni al gaviotu
de Tocornal. O aunque pensara que su zurda y la de Maradona estaban
hechas de la misma madera y lo más redondo que viera en su
vida fuese una pastilla de chocolate. Pero se murió y ya está. Aquí
todos le hemos llorado lo suficiente. Además, es una
responsabilidad, joder, imagínate que el día menos pensado se nos
cae. Menuda papeleta. Con la viuda y con la policía, que me parece
que te multan y todo. Que se quede con Cova, en su casa, que es donde
tiene que estar. Que lo aguante ella, ahora que ya da poco que hacer.
Limpiarle el polvo de vez en cuando y pedirle consejo, como a la
almohada. Pero que nos deje en paz, joder, ¿no ves, Sam, que jugamos
medio acojonados? ¿Que nos pasamos el partido en silencio? ¿Que ya
no hay voces ni hay risas? ¿Que cada vez que tiro a puerta tengo
miedo de que falle la red y el balón tumbe el puto jarrón ese?,
coño, que Dimas defiende mejor muerto que vivo, manda cojones. Y, a
veces, miro a Guillén y le imagino ahí en la arena, rompiéndole
las costillas. Que fue sólo una, joder, contestó Guillén con
paciencia, subiéndose las medias. Bueno, es igual, continuó
Corvera. Y después, de camino a casa, me paso el rato recordando
aquella mañana, que no se me va de la cabeza. Sam, hay que hablar
con Cova. Dimas se fue y Dimas se tiene que ir. Así de clarito.
Samuel le miró en silencio y sonrió. Después apoyó su mano
derecha en el hombro de Corvera, mientras se ayudaba de la izquierda
cerrada sobre el empeine para alcanzar con el talón el glúteo y le
dijo, muy bien, Corverita, cuando termine el partido te vienes
conmigo a casa de Cova, le devuelves a Dimas y se lo dices.
gijón.abril2013.
El
balón llegó por el aire desde la derecha y Dimas dio un paso al
costado para enfrentarlo. Seguro de poder despejar, levantó la
pierna izquierda y, flexionando la rodilla, se preparó para el
impacto. Con un golpeo certero de su empeine, interceptaría el
peligro que, en forma de balón, se cernía sobre sus dominios de
central. Lo que ocurrió en realidad fue que la tibia, y no el
empeine, contactó con el esférico y, entonces, éste describió una
parábola, en sentido contrario al esperado, que le llevó hasta la
escuadra de la portería que Dimas defendía. Tadeo, que estaba de
arquero, ni tan siquiera se movió. La red mató el vuelo del balón
y los azules, al unísono, gritamos gol. Dimas cayó de espaldas.
Todos creímos que era el peso del error el que lo había tumbado.
Sin hacerle caso, los blancos sacaron de centro y el partido
continuó. Ganábamos uno a cero.
gijón.abril2013.
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