domingo, abril 14

Un día cojonudo para destetar hijos de puta


A los azules y, sobre todo, a los blancos.



Tardó horas la marea en borrar la huella que el cuerpo tendido de Dimas dejó en la arena. Y los pasos de todos los que alrededor observamos como, Guillén primero y los de la ambulancia después, intentaron salvarle de una muerte que después se demostró inevitable. Cuando por fin lo hizo, Tadeo y yo, que habíamos estado observando, con la cabeza apoyada en las manos, los hombros en la barandilla y la espalda vencida, como las aguas y la noche se acercaban lentamente, dimos media vuelta sin mediar palabra para regresar a casa, convencidos de que, una vez cubiertos por las olas los restos de lo sucedido, Dimas se marchaba para siempre y podíamos, al fin, descansar. Seis días después, siete desde la muerte de Dimas, nos daríamos cuenta de lo equivocados que estábamos.

Frío. Cinco grados centígrados. Lluvia a ráfagas y nordeste. Pleamar hace quince minutos. Hace un día cojonudo para destetar hijos de puta, ¿eh? gritó Dimas a modo de saludo cuando llegó a la ocho. Jorge, Corvera, Lucho, Javito y Tadeo discutían sobre el caótico sistema defensivo del Sporting, reían chistes, fumaban un pito y hacían estiramientos musculares que hubieran sonrojado a cualquier profesor de gimnasia con un mínimo de decencia. Dimas, rubicundo, compacto, enorme y de perfiles redondeados como una roca de granito en mitad del desierto, una verruga como un botón de alarma en el entrecejo, las manos para abarcar ciudades, el vientre que le anunciaba y la piel de las piernas zambas arrugada en las rodillas, perdida la turgencia después de tantos años de extenderse y volverse a encoger, acompañó la frase hecha con una larga risotada y tres salivazos que, tras describir una parábola perfecta, terminaron su vuelo en las baldosas grises del muro, dos de ellos, y en la camiseta azul del Olympique de Marsella que siempre vestía Lucho, el tercero. Los cinco le miraron, asintieron y esbozaron una sonrisa tímida. Las cosas del Dimas, seguro, pensaron. Dimas se agarró con ambas manos a la barandilla y cuando parecía que se disponía a estirar los gemelos, en lugar de eso se tiró un sonoro pedo, otra risotada y dos salivazos. Después palmeó con la mano derecha la espalda de Tadeo quien, a su lado, miraba al horizonte donde el mar parecía papel de aluminio, pensó, pero no dijo nada. Vete poniendo las porterías y marcando las líneas, Tadeín, que hoy vamos a dar pal pelo a los azules. Lo presiento, bramó Dimas. De uno en uno los demás, azules y blancos, fuimos llegando a la playa.

Tadeo se acercó por la espalda a Jandro, que jugaba de lateral derecho, y al oído le dijo Jandro, que Dimas está tieso. Cagondiós, Tadeo, qué susto me has dao. Qué tieso ni qué ostias. Tadeo, calvo prematuro, ojos tristes, la nariz afilada y certera en captar aromas, de galibo rayando el metro ochenta y cinco si alguna vez en su vida hubiera caminado erguido, los pies desparramados por el suelo, más parecido a un buitre que a un paisano y tímido hasta el punto que nadie entiende, aún hoy, como fue capaz de casarse porque es imposible imaginarlo acercándose a a una chica por primera vez, a no ser el alcohol, claro, que hay algunos a los que el vino transforma, agarró con fuerza el brazo izquierdo de Jandro y le obligó a agacharse junto al cuerpo de Dimas, que ya estaba muerto. Mírale bien, dijo.

Nos quedamos mudos cuando vimos aparecer a Cova en la playa, con esa cara de mal augurio, que ni la reciente viudez había sido capaz de cambiar, y abrazada a la urna negra con detalles dorados donde ya todos sabíamos que estaba el cuerpo de Dimas convertido en cenizas, que parece mentira un cuerpo tan grande en una urna tan pequeña. Samuel se adelantó dos pasos al grupo y salió al encuentro de la mujer. Pero Cova, ¿qué haces aquí? ¿Qué quieres, Samuel? ¿Cuántos años llevo estando sola en casa los domingos por la mañana? De repente, ahora está conmigo y no sé qué hacer. Sólo puedo sentarme en la cocina, mirar por la ventana, contar los barcos que salen del puerto y echarme a llorar. Así que os lo traigo, para que siga estando con vosotros. Cuando terminéis, me lo llevas a casa. Lo hacemos así, si te parece, cada domingo. Yo lo traigo y después tú me lo devuelves. Samuel, zurdo de pierna y de pensamiento, era el mejor futbolista de cuantos yo he visto jugar en la playa. Con sonrisa de seminarista y caderas de trilero que volvían cuando tú aún no habías ido, regateaba a cualquiera, imagínate a nosotros. Qué hubiera sido de ti, Sam, si te hubiera gustado bailar, le decía a veces Corvera, o tiés que follar como un rey, contenta tié que estar María, si el que hablaba era Dimas. Playu de nacimiento y de convicción, como Dimas, no había derramado por él una lágrima, aunque bien sabíamos que, de todos, era el que más le echaba de menos. Cogió la urna con ambas manos, con un cuidado excesivo para que no se le escapara, besó en la frente a Cova y musitó, de acuerdo, como tú quieras. Se dio media vuelta y, temeroso de perder pie, nos enfrentó con la mirada un segundo, se encogió de hombros al ver que todos le estábamos mirando, agachó la cabeza, se dirigió a la portería de los blancos y, una vez allí, como quien viste un santo, colocó a Dimas, a lo que quedó de Dimas, al lado del poste derecho.
Cuando Cova se hubo alejado lo suficiente, Corvera, que allá por los cincuenta se quedó en el metro sesenta, el pelo negro, espeso y vedijoso, los ojos pequeños y verdes, siempre listos para la furia o para la carcajada y las manos inquietas, se acercó a Samuel y le gritó, pero, ¿qué cojones haces, Sam? El primer balón que pase por ahí se lleva por delante la urna y Dimas a tomar por culo, todas las cenizas mezcladas con la arena y con el agua, ostias. Tadeo, elevando la voz apenas un poco más que de costumbre, dijo colóquenlo detrás de la portería, estadísticamente es la zona del fondo por la que menos veces transita el balón y, cuando suceda, las mallas impedirán el contacto. La puta, Tadeo, tanta cabeza y tan poco uso, contestó Corvera.

Guillén, voluntario ocasional de Protección Civil, clavó las rodillas en la arena blanda, a la derecha del cuerpo, zarandeó a Dimas agarrándolo por los hombros, gritó su nombre y buscó con la punta de los dedos índice y medio el latido del corazón en el cuello. Las gaviotas se arremolinaban en el aire y sus chillidos parecían invocar a una muerte que se acercaba sin remedio. Javito decía Dimas, Dimas, Dimas, mientras intentaba, sin éxito, abrirle los párpados con las yema de los pulgares. Cuando nos dimos cuenta, Guillén, con la palma de la mano izquierda sobre el esternón, la de la mano derecha sobre el dorso de la izquierda, los dedos entrelazados y el peso de su cuerpo cargado en los hombros decía Javito, apártate y estate tranquilo y comenzó a presionar el pecho de Dimas a un ritmo constante para devolverle al corazón su capacidad milagrosa de latir. Que alguien pida una ambulancia, exclamó Lucho. Lo hago yo, dijo Jandro, que ya tenía el móvil en la mano. Cuando te pregunten qué ocurre, explica que es una parada. No digan luego que no venían avisados. Una parada. ¿Entendido?, contestó Guillén, sin detenerse. Los demás, rodeando en círculo la escena, no hacíamos nada porque no sabíamos hacer nada. Se oyó un crujido, como de astillas, y Tadeo, en voz baja, apenas audible para Javito, que estaba a su lado, dijo una costilla se acaba de partir. Guillén sudaba y contaba en voz alta. Las gaviotas habían dejaron de chillar y las olas parecieron detenerse o, al menos, ese es el recuerdo que yo tengo. Todos permanecimos en un silencio que, minutos después y de repente, la sirena de la ambulancia quebró, acercándose a toda velocidad, como intentando llegar antes que la muerte. Perdona Guillén, creo que le has roto una costilla, dijo entonces Javito. Mecagoentumadre, Javito, y ¿qué cojones importa eso ahora, si se está muriendo?, contestó Guillén entre jadeos, los dientes apretados, el gesto enfurecido, el pelo gris y lacio pegado en la nuca y en la frente por un sudor que el nordeste enfriaba, el sol reclamando fulgores en el cráneo humedecido por la lluvia pasada donde el pelo no alcanzaba ya a cubrir el cuero cabelludo. Qué viejo le vi, la espalda arqueada, las manos apoyadas en las rodillas, buscando desesperado aire con la boca abierta cuando uno de los técnicos de la ambulancia le dio un respiro. Qué viejo.
Después fuimos todos al hospital, impregnados de sudor, de arena y de cansancio. Pasó una hora hasta que un médico vestido de verde entró en la sala de espera, preguntó por los familiares de Dimas Daniel Iglesias Solís y a Cova, que se levantó de inmediato, y a todos los que detrás de ella le mirábamos con los ojos llenos de salitre y de tristeza, azules y blancos como un ejército de soldados vencidos, nos dijo lo que ya sabíamos. El médico dio media vuelta, desapareció y, entonces, Guillén se echó a llorar como lloran quienes descubren que su esfuerzo ha sido en vano y se abrazó a Cova. Samuel tuvo que acercarse y pedirle que la soltara.

No es fácil jugar cada domingo con las cenizas de Dimas detrás de la portería. Es como si estuviera presente. Incluso dos o tres ya no bajan. Que esto es una playa, joder, que no es el cementerio, dijo Sevilla aquí mismo hace tres domingos y no le hemos vuelto a ver más. Tenemos que hablar con Cova, Sam, esto no puede ser. Vale que Dimas diese por culo cuando estaba vivo; pero que lo siga haciendo después de muerto es demasiado. Con lo tocahuevos que era, siempre gritando, protestando, riñendo, creando mal ambiente. Era uno de los nuestros, sí, de los de toda la vida. Por eso, con sus cosas, las cosas del Dimas, y con todo, le aguantábamos. Aunque se creyera Beckenbauer y no llegara ni al gaviotu de Tocornal. O aunque pensara que su zurda y la de Maradona estaban hechas de la misma madera y lo más redondo que viera en su vida fuese una pastilla de chocolate. Pero se murió y ya está. Aquí todos le hemos llorado lo suficiente. Además, es una responsabilidad, joder, imagínate que el día menos pensado se nos cae. Menuda papeleta. Con la viuda y con la policía, que me parece que te multan y todo. Que se quede con Cova, en su casa, que es donde tiene que estar. Que lo aguante ella, ahora que ya da poco que hacer. Limpiarle el polvo de vez en cuando y pedirle consejo, como a la almohada. Pero que nos deje en paz, joder, ¿no ves, Sam, que jugamos medio acojonados? ¿Que nos pasamos el partido en silencio? ¿Que ya no hay voces ni hay risas? ¿Que cada vez que tiro a puerta tengo miedo de que falle la red y el balón tumbe el puto jarrón ese?, coño, que Dimas defiende mejor muerto que vivo, manda cojones. Y, a veces, miro a Guillén y le imagino ahí en la arena, rompiéndole las costillas. Que fue sólo una, joder, contestó Guillén con paciencia, subiéndose las medias. Bueno, es igual, continuó Corvera. Y después, de camino a casa, me paso el rato recordando aquella mañana, que no se me va de la cabeza. Sam, hay que hablar con Cova. Dimas se fue y Dimas se tiene que ir. Así de clarito. Samuel le miró en silencio y sonrió. Después apoyó su mano derecha en el hombro de Corvera, mientras se ayudaba de la izquierda cerrada sobre el empeine para alcanzar con el talón el glúteo y le dijo, muy bien, Corverita, cuando termine el partido te vienes conmigo a casa de Cova, le devuelves a Dimas y se lo dices. 

El balón llegó por el aire desde la derecha y Dimas dio un paso al costado para enfrentarlo. Seguro de poder despejar, levantó la pierna izquierda y, flexionando la rodilla, se preparó para el impacto. Con un golpeo certero de su empeine, interceptaría el peligro que, en forma de balón, se cernía sobre sus dominios de central. Lo que ocurrió en realidad fue que la tibia, y no el empeine, contactó con el esférico y, entonces, éste describió una parábola, en sentido contrario al esperado, que le llevó hasta la escuadra de la portería que Dimas defendía. Tadeo, que estaba de arquero, ni tan siquiera se movió. La red mató el vuelo del balón y los azules, al unísono, gritamos gol. Dimas cayó de espaldas. Todos creímos que era el peso del error el que lo había tumbado. Sin hacerle caso, los blancos sacaron de centro y el partido continuó. Ganábamos uno a cero.



gijón.abril2013.

 


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