Paseamos por los caminos
de tierra del Tiergarten, rasgando la niebla de la mañana con el
carrito de Jero, que dormía, como punta de lanza. Hasta alcanzar la
puerta de Brandenburgo. Sin esfuerzo atravesamos el muro que nos
separaba de ella, aunque cayera por fin aquella noche de invierno en
la que todos teníamos doce años y los del otro lado eran Iván
Drago, o Gorbachov y su isla imaginaria en la cabeza o, mejor,
Dasaev, Zavarov, Belanov. Y Jero despertó entonces, justo cuando
hacíamos la entrada triunfal en Parisplatz, cansado tal vez de ser
el arma de la que Rebeca y yo nos valíamos para, siguiendo las
instrucciones de Leonard Cohen, tomar Berlín, como hace ya años,
Rebeca y yo aún sin Jero, es decir, dos personas diferentes a las
que hoy conquistan Berlin, armados a las puertas de los apartamentos
Dakota, tomamos Manhattan.
Continuamos nuestro
avance, sin mirar atrás, convencidos de nuestra victoria, y
sorprendimos a los tilos de Unter den Linden y de Marlene aún sin
florecer y los hicimos nuestros para siempre. Jero reía carcajadas
en un idioma extraño para Rebeca y para mí; pero diferente al
alemán. Si todo es tan sencillo como hasta ahora, Berlín caerá en
pocas horas, dijo seria Rebeca mirando al frente. Jero la señaló
con el índice mientras decía aquellas cinco palabras y se echó a
reír después.
Cantando a gritos la canción de Battiato y con Jero
en brazos de su madre, alzamos nuestra bandera en el centro de
Alexanderplatz y yo recordé a mis padres, como siempre que escucho
una canción del italiano y abracé fuerte a Rebeca y abracé también
a Jero que, con cara sorprendida por nuestros gritos alegres, nos
miraba con ojos grandes y fijos, mientras Rebeca le decía al oído
meruco, tú aún no te enteras, pero Berlín ya es nuestro.
Aaaalexanderplatz, aufiiiiidersen, y habíiiia nieeeve. Voy a dar un
paseo hasta la frontera. Voy contigo.
berlín.marzo2012
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