Hace
tres días Rebeca y yo fuimos a un concierto de Andrés Calamaro en
el Jovellanos. Empezamos a escucharlo sentados y acabamos bailando de
pie. Yo la miraba de vez en cuando y ella posaba las manos en su
barriga y decía tranquilo, lo estamos pasando bien. Después tomamos
una cerveza en El Patio. Sonaban canciones de los Jayhawks, versiones
de Bob Dylan, alguna de Rufus Wainwright. Ya de madrugada, cuando
caminábamos por la playa del parking en busca del coche, Rebeca con
los pies hinchados y yo con las manos en los bolsillos, vimos un
grupo de personas que aguardaba frente a una puerta cerrada. Rebeca
se acercó y preguntó a uno de ellos qué ocurría. Por esta puerta
va a salir Calamaro, le dijo. Andrés Calamaro. Que por ahí va a
salir Calamaro, dijo Rebeca, encogiéndose de hombros, al acercarse
donde yo esperaba, unos metros separado del grupo. De pronto, la
puerta se abrió. La gente, no más de diez o doce personas, comenzó
a gritar ¡Andrés!, ¡Andrelo!, ¡Calamaro!, ¡genio!, ¡monstruo!
El cantante, acompañado por dos hombres en traje negro, camisa
blanca y corbata gris marengo, vestía un chándal del mismo color
que las corbatas, llevaba al cuello una gruesa toalla blanca y
ocultaba sus ojos con unas gafas de sol que, a esas horas de la
madrugada, no parecía necesitar. Se detuvo para dejar que le
hicieran unas cuantas fotografías y firmar autógrafos. Cuando hubo
terminado, continuó camino, al tiempo que levantaba la mano para
despedirse. Al pasar al lado de Rebeca, se paró de nuevo. Observó
su vientre y preguntó ¿vos estuviste en el concierto? Rebeca
asintió y sonrió. Como siempre hacía cuando alguien ponía la
atención en su barriga lunar creciente, posó la palma de sus manos
sobre ella. Instinto protector prematernal, decía. Entonces el
cantante argentino extendió sus brazos y con las palmas de las manos
acercándose al vientre de Rebeca, le pidió permiso. ¿Puedo? Rebeca
retiró las suyas a modo de respuesta y dejó espacio para las de él.
Las diez o doce personas que aguardaban en la puerta, nos habían
dado alcance y rodeaban la escena en silencio. Es un niño, acertó a
decir Rebeca. Un varonsito,
exclamó Calamaro aún con las manos posadas en su vientre. Pasados
unos segundos las retiró, levantó las gafas de sol, miró a los
ojos de Rebeca, dijo gracias, dio media vuelta y, antes de que nos
diéramos cuenta, entró en una enorme furgoneta blanca y
desapareció. Vais a tener que ponerle Andrés, dijo una chica que
estaba a nuestro lado. No sabía que ya se llamaba Jerónimo.
Durante
estos tres días hemos repetido la escena muchas veces. Con las gafas
de sol puestas y una toalla alrededor del cuello, me acercaba al
vientre de Rebeca, posaba la palma de mis manos y decía, entre
risas, un varonsito.
Parece que han pasado
meses, no tres días. Hace dos horas que Rebeca entró en el
quirófano. El parto se ha complicado y los ginecólogos han decidido
realizar una cesárea urgente.
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