sábado, agosto 17

Hace tres días Rebeca y yo fuimos a un concierto de Andrés Calamaro

Hace tres días Rebeca y yo fuimos a un concierto de Andrés Calamaro en el Jovellanos. Empezamos a escucharlo sentados y acabamos bailando de pie. Yo la miraba de vez en cuando y ella posaba las manos en su barriga y decía tranquilo, lo estamos pasando bien. Después tomamos una cerveza en El Patio. Sonaban canciones de los Jayhawks, versiones de Bob Dylan, alguna de Rufus Wainwright. Ya de madrugada, cuando caminábamos por la playa del parking en busca del coche, Rebeca con los pies hinchados y yo con las manos en los bolsillos, vimos un grupo de personas que aguardaba frente a una puerta cerrada. Rebeca se acercó y preguntó a uno de ellos qué ocurría. Por esta puerta va a salir Calamaro, le dijo. Andrés Calamaro. Que por ahí va a salir Calamaro, dijo Rebeca, encogiéndose de hombros, al acercarse donde yo esperaba, unos metros separado del grupo. De pronto, la puerta se abrió. La gente, no más de diez o doce personas, comenzó a gritar ¡Andrés!, ¡Andrelo!, ¡Calamaro!, ¡genio!, ¡monstruo! El cantante, acompañado por dos hombres en traje negro, camisa blanca y corbata gris marengo, vestía un chándal del mismo color que las corbatas, llevaba al cuello una gruesa toalla blanca y ocultaba sus ojos con unas gafas de sol que, a esas horas de la madrugada, no parecía necesitar. Se detuvo para dejar que le hicieran unas cuantas fotografías y firmar autógrafos. Cuando hubo terminado, continuó camino, al tiempo que levantaba la mano para despedirse. Al pasar al lado de Rebeca, se paró de nuevo. Observó su vientre y preguntó ¿vos estuviste en el concierto? Rebeca asintió y sonrió. Como siempre hacía cuando alguien ponía la atención en su barriga lunar creciente, posó la palma de sus manos sobre ella. Instinto protector prematernal, decía. Entonces el cantante argentino extendió sus brazos y con las palmas de las manos acercándose al vientre de Rebeca, le pidió permiso. ¿Puedo? Rebeca retiró las suyas a modo de respuesta y dejó espacio para las de él. Las diez o doce personas que aguardaban en la puerta, nos habían dado alcance y rodeaban la escena en silencio. Es un niño, acertó a decir Rebeca. Un varonsito, exclamó Calamaro aún con las manos posadas en su vientre. Pasados unos segundos las retiró, levantó las gafas de sol, miró a los ojos de Rebeca, dijo gracias, dio media vuelta y, antes de que nos diéramos cuenta, entró en una enorme furgoneta blanca y desapareció. Vais a tener que ponerle Andrés, dijo una chica que estaba a nuestro lado. No sabía que ya se llamaba Jerónimo.  
Durante estos tres días hemos repetido la escena muchas veces. Con las gafas de sol puestas y una toalla alrededor del cuello, me acercaba al vientre de Rebeca, posaba la palma de mis manos y decía, entre risas, un varonsito.
Parece que han pasado meses, no tres días. Hace dos horas que Rebeca entró en el quirófano. El parto se ha complicado y los ginecólogos han decidido realizar una cesárea urgente.

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