Mi nombre es Santiago.
Soy médico, la mayor parte del tiempo en paro. Me gusta escribir
pero podría no hacerlo, lo que, sospecho, se traduce en que nunca
seré un escritor de verdad. Hace meses, con el dinero reservado para
comprar ropa nueva, pagué la matrícula de un curso de creación
narrativa. El primer ejercicio consistía en describirse.
A veces tomaba la decisión de parar, pero eran las menos. La mayoría continuaba bebiendo hasta que era incapaz de mantener el equilibrio o el camarero le decía la anterior fue la última o la luz fría del amanecer dominaba las sombras del bar. Presumía de las mujeres con las que se había acostado, un número cambiante que nunca alcanzaba la decena y que no parecía excesivamente alto si tenemos en cuanto los años que ya no cumpliría, y enumeraba los amigos que tenía repartidos por el mundo, aunque siempre tuve la impresión de que, durante los años en que la vida nos juntó, yo fui lo más parecido a un amigo que supo tener.
Era alto, como sólo pueden serlo los hombres que no alcanzan el metro setenta, con la espalda vencida por el tiempo y la cifosis y el fuelle de los bronquios a menudo gobernado por la disnea. Delgado, sin llegar a hacer uso del último agujero del cinturón. Barbado, como los cubanos que en los cincuenta conquistaron primero una ciudad y después un país bajando por sorpresa desde los montes. Tenía los ojos azules de color violeta, son iguales que los de Liz Taylor le diría una noche un tipo cualquiera y él, aturdido por la comparación, como si en vez de un símil le hubieran dado un puñetazo en el estómago, quedó callado y pensativo. Porque si alguna vez quiso ser alguien, fue Paul Newman en El Largo y Cálido Verano o, tal vez, Robert Redford en Los Tres Días del Cóndor. Pero jamás imaginó ser Elizabeth. Recuerdo aquella tarde en San Telmo, cuando un artesano de un puesto de bisutería le dijo che, pibe, prestame uno de tus ojos y te haré un bello collar para que se lo regales a quien tú quieras. La mirada estrábica, a pesar de las dos operaciones quirúrgicas que un oftalmólogo calvo y patológicamente tímido le realizó cuando era aún niño y que depositaron en su vientre un miedo cerval al que intentó vencer, y no pudo, estudiando medicina durante más de diez años. Las manos nervudas de pianista, que escribió Casariego, cuando desaparecen los pianos. Y, entonces, bajo, flaco, barbudo, la espalda combada, el pecho escaso de aire, el vientre aterrado, los ojos violetas y estrábicos y las manos fuertes, decía que caminaba cuando en realidad la mayor parte del tiempo estaba parado.
Olía a tierra.
En verano calzaba sandalias de piel y vestía camiseta de algodón y pantalones vaqueros que en invierno cambiaba por pantalones de pana, zapatos de cordones, camisa de cuadros y americana oscura que compraba en tiendas de ropa de segunda mano.
Era de café solo en el desayuno, cortado después de comer y una manzana en la cena. Nunca escribía en servilletas de papel, ni leía los periódicos desde el final, ni tendía la ropa en las azoteas, ni hacía el amor de noche en la playa. Decía que eran actos manidos de tan literarios, o literarios de tan manidos, no recuerdo bien. Y una cosa es la vida y otra muy distinta los libros, concluía. Soñaba, y estoy seguro de que aún hoy lo hace cada noche, con ser el siete en el pasillo del ocho y dar el pase certero de gol para no tener que celebrarlo como propio, porque no hubiera sabido como.
Cuentan que marchó de aquí cuando se bebió todo el dinero que había heredado de sus padres y que vive en pueblos de nombres como La Ría, Banciella o Güemes, topónimos desconocidos porque sólo en lo desconocido reside lo posible. Le imagino sentando a la mesa de alguna cocina, escribiendo en las hojas blancas de un cuaderno historias tristes en las que siempre aparece la palabra noviembre o la palabra acerbo y una mujer menuda de pelo corto y moreno se enamora de uno de los personajes y alguien, a veces el protagonista, se suicida. Entonces llega el alba y, con él, el café solo, la fruta del tiempo, un paseo en bicicleta hasta el trabajo los días en que algún enfermo le necesita, la rutina como una conquista de la vida, la lluvia, el cortado, la siesta, los abrazos, un hijo, una mujer que son cientos, manzanas. Y cuentan también que, últimamente, casi todas las noches, la decisión que toma es la correcta.
3 comentarios:
Tú no necesitas ese tipo de cursos que tuercen y encajonan el talento. Eres todo un escritor de verdad y lo sabes. Muy bueno, además. El hecho de ser escritor y pensar que nunca lo serás es lo que automáticamente te convierte en ello.
Dice Javier Cercas que a lo máximo que puede aspirar un escritor es a ser él mismo.
Muchas gracias, Roberto. Por tus palabras, que sanan, y por las de Cercas, con las que casi siempre estoy de acuerdo. Un saludo.
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