No creo que
contar lo que sucede, la cotidianidad, sea suficiente. Debo buscar una línea
argumental, una vía por la que esta historia avance. Si me quedo parado en el
anecdotario doméstico se volverá plomiza, estéril, inerte. Por más que
encuentre adjetivos adecuados. Quizás sea necesario deformar la realidad,
forzarla, encontrar los puntos de fuga, la ficción verosímil, el encanto de lo
irreal por imprevisible. Creo que fue Pedro Juan Gutiérrez, quizás el escritor
más salvaje que he leído, quien dice que en una novela hay que construir un
universo propio y después esconder el andamiaje. Yo estoy haciendo todo lo
contrario. No soy un escritor salvaje.
Comencé a leer Trilogía Sucia de La
Habana en un atasco de horas en el paso fronterizo de La Junquera. Apoyado el
libro contra el volante, las dos horas que estuve parado se convirtieron en
humo. Recuerdo la sensación de sorpresa cuando el coche que precedía al mío
encendió el motor y comenzó a separarse lentamente. Yo hubiera seguido leyendo
un par de horas más. Lo que me sobraba en aquella época eran kilómetros al
volante. Lo que me faltaban eran buenos libros.
Conduje por las autopistas francesas
haciendo saltar los radares. Sin detenerme. En una estación de servicio, en un
alto desde el que podía verse San Sebastián, le escribí a Rebeca un mensaje: esta
ciudad me mira con tus ojos, que es para mí el mejor verso de García Montero.
No conozco otra manera de utilizar las palabras ciudad y ojos de una forma tan
afilada. Y continué camino hasta encontrarnos. En aquella época me pasaba los
días regresando, pero nunca lo hacía del todo. Siempre llegaba el momento en el
que escapaba de nuevo.
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