Me sentaré a ordenar
palabras. O a releerlas, al menos. Para saber si tengo una historia o
no tengo nada. Si lo que escribo en el papel cada mañana, mientras
desayuno antes de ir al trabajo o antes de que Jero despierte y con
sus manos ocupe el día, merece la pena ser leído por otros o mejor
sería quemarlo. O, como hice aquella vez en que cambié de ciudad y
cambié de vida, dejar que se ahoguen lentamente en las aguas sucias
del puerto.
Fueron
tres cuadernos. Fue una mañana de marzo, de esas de sol y frío.
Bajé la cuesta de Vicaría y, al enfrentar el puerto, vi que la
marea estaba alta. Me acerqué a la barandilla y, uno por uno, sin
prisa, los lancé al mar. El aire se coló entre las hojas y desplegó
sus tapas. Por un segundo pareció que se echarían a volar. Cayeron
abiertos al agua, dos boca arriba y el tercero boca abajo. Los
observé en silencio hasta que el primero de ellos, colmado de agua,
se hundió. Después tomé un café en el Cantábrico,
que es el bar donde La Banda tocó por última vez y el lugar donde
ahora Gárgola, Siro, que al final muere, Nacho Vegas, Ramón y
Georgina viven los días de otra historia que intento escribir y que
también me obligará a sentarme un día frente a ella para
ordenarla, para releerla, para descubrir de una vez lo que Gárgola,
camarero en el Cantábrico, hará con las cenizas de su amigo Siro.
Después regresé a
casa. Rebeca continuaba metiendo en cajas de cartón todo aquello que
no íbamos a abandonar. Estuvimos hablando un rato, no recuerdo bien
de qué. Fumamos un cigarrillo a medias frente a la ventana de la
cocina. Yo miraba el mar en el ostial del puerto y ella preguntó en
qué piensas. En las palabras que acabo de tirar al mar, contesté.
Igual algún día se vengan, dijo entre risas, o sus fantasmas se te
aparecen en sueños. ¿Cómo será el fantasma de una palabra? La
atraje hacia mí abrazándola por la cintura y nos besamos. Hicimos
el amor despacio, sentados en el sillón del salón. Todo alrededor y
todo lo que nos pertenecía permaneció en silencio, dentro de cajas
de cartón y de bolsas de basura. Durante un rato no pude dejar de
pensar en las palabras ahogadas.
Volví a la ventana y al
mar mientras Rebeca se duchaba. Cuando terminó, apoyada en el quicio
de la puerta, con el pelo mojado y en ropa interior dijo me visto y
me enseñas donde las tiraste, anda. Igual aún podemos salvar
alguna.
No hay comentarios:
Publicar un comentario