sábado, febrero 22

Los gatos duermen sobre los libros en los escaparates

Los gatos duermen sobre los libros en los escaparates.

                                                               *
 
En una librería de Tristán Narvaja, mientras Rebeca y Jero juegan sobre una
rayuela pintada en la acera, compro una cuarta edición de La Tregua, de
Benedetti. Me hubiera gustado comprar una primera edición, pero no mealcanza el dinero. La Tregua es un libro que estaba en casa de mis padres
antes, creo, de que yo naciera. Una tarde llegué a casa y mi madre, sentada en
la cocina, lloraba con La Tregua cerrado en las manos. ¿Qué te pasa, mamá?,
le pregunté. Nada, hijo, nada. Tranquilo. Es por el libro. Ya lo leerás cuando
crezcas. Así hice, muchos años después, otra tarde en la que me senté en otra
cocina y lo leí de un trago, sin detenerme, buscando hasta encontrar lo que
había hecho llorar a mi madre. Aquella tarde, como tantas otras tardes,
Santomé escribió seis veces Dios mío en su diario.

                                                              *

Gorriones. Palomas. Gaviotas.

                                                              *

La fauna de las ciudades. El asedio constante e incansable del miedo al
fracaso. Una canción de Zitarrosa cantada por un tipo que en nada se le parece
en una de las calles peatonales que rodean el mercado del puerto. Una de
Martín Buscaglia mientras rastreo lomos con la yema de los dedos en las
estanterías de una librería en Tristán Narvaja. Los colectivos solitarios de
domingo que recorren las calles vacías a la caza de transeúntes en las
paradas. Cuando los engullen con un ruido de respirar hidráulico. Una solución
de emergencia para la reacción alérgica de Jero. El viento que viene del río y
barre la arena que él mismo deposita sobre el alquitrán deformado por el calor
en la rambla. Y Bengoechea de bronce en Los Aromos contra el que no puede.
El día que yo estaba viéndole en el Bernabéu le hizo un caño inolvidable a
Tendillo. Gorriones. Palomas. Gaviotas. Los primeros, al resguardo de la nieve
bajo los bancos y los palmerales de Pocitos. Las terceras, que chillan a nuestro
paso para convocar a las nubes. Nosotros, palomas. Buscamos hasta el
anochecer los lugares de la memoria. Yaguarón con Dieciocho de Julio. Cerro
Largo y Minas. Dormiremos más tarde en el alféizar de los hoteles con las
plumas ahuecadas. Rebeca alimenta a Jero con mansedumbre. Yo me tumbo asu lado hasta que se duerme. Después los dos, tirados en la cama,
desplegamos el mapa de la ciudad sobre las almohadas para encontrarnos. Y a
veces pasa.

                                                            *

Como hace meses dejé Desde las Ventanas Abiertas en un tren que, desde
Londres, iba camino de Worcester, en una estantería de una librería en la
ciudad vieja dejé El Libro de las Ausencias. Me gusta creer que alguien en
Montevideo lo leerá. Y que el librero no sabrá qué contestar cuando le
pregunten el precio o la trama. Dejar que los libros emprendan su camino,
recorran países, ciudades, manos.

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