jueves, febrero 13

Los lugares imaginarios son más ciertos que los reales

Hace años, sentado en la terraza de una pizzería en Formentera, mientras
esperaba que llegaran Rebeca y su hermana escribí:

En aquella época lo que yo más quería en la vida era viajar a Montevideo y
tomar el trece que te lleva a Pocitos o el veintisiete a la rambla. Cerraba los
ojos y soñaba que era psiquiatra, nefrólogo, cirujano mayor o mejor, sí, tal vez
lo mejor, cardiólogo y entonces todas las preocupaciones médicas, que día y
noche me afligen y arponean mi ánimo, se concentraban en ese kilo y medio
de músculo y tendones tensos. Sentados frente a mí, los pacientes encima de
la mesa agarraban con sus manos mis manos y decían ay, doctorcito, déme
usted algo para el dolor de la vida, algo que me alivie, algo que me duerma,
algo para que mi marido vuelva a quererme. Yo retiraba de súbito las manos
asustado y sudoroso respondía pero qué dicen, tarados, a mí qué me dicen si
yo soy cardiólogo y nada sé de la vida más allá de una sístole y las dos
diástoles que la preceden y siguen, más allá del primer ruido, segundo ruido,

tic, tac, tic, tac, un ritmo de galope, quizás dos antiarrítmicos del grupo uno ce.
Y pensaba qué fácil sería descuartizar el cuerpo humano en cuadriles del
mismo peso o similar y entregar a cada cual el que quisiera y no tener, así, un
pensamiento holístico, humanístico, místico, simple o complicado según por
donde empiece uno a explorar, por arriba o por abajo. Y al fin, sin más,
repuesto de la impresión desagradable y recuperada mi cardiológica dignidad,
apoyaba la espalda en la silla y contestaba pero usted quién coño se cree que
es, desgraciado, esto es un malentendido, lárguese de aquí que yo, memo, soy
un especialista y, dos veces al año, viajo a Montevideo, ¿conoce usted el barrio
de Pocitos?, donde en las noches de verano la cruz del sur cimbrea en el
horizonte y su visión, más que otra cosa en el mundo, me calma. Memeces, de
verdad, esto es inaudito, insólito, desde que he llegado no he escuchado más
que memeces.

Cuando terminé, el sol ya se había puesto después de esparcir por todos los
rincones de la terraza una luz dorada de principios de verano y, ante la
impaciencia del camarero, que ya se había acercado tres veces a la mesa, pedí
otra cerveza y ordené un par de pizzas, a pesar de no conocer los gustos de
Alicia, la hermana de Rebeca, que pasaba unos días de vacaciones con
nosotros. Releí lo que había escrito mientras esperaba que el camarero trajese
la cerveza y me gustó. Sentí que había conseguido estar en Montevideo, sin
haber estado jamás en la ciudad.

Hoy estoy. Paseo por Sarandí y, al cruzar la calle, un colectivo que va a
Pocitos se detiene unos metros más adelante, en la acera de enfrente. Una vez
en Formentera, el verano que tu hermana vino a vernos, yo cogí el cincuenta y
ocho para ir a Pocitos, le digo a Rebeca, que camina con Jero en sus brazos.
Rebeca sonríe y no dice nada. Después, sentados en la mesa de un café en
Plaza Matriz, mientras Jero juega a perseguir palomas que le dejan acercarse
cada vez un centímetro más antes de emprender el vuelo, Rebeca dice n o creo
que tú pudieras ser cardiólogo. Y he leído que, estando en la ciudad, es difícil
ver la Cruz del Sur ¿Tú crees que cuando estemos en las playas podremos
verla? Una vez escribí en lo desconocido reside lo posible. Durante muchos
años, por culpa de los libros, de las canciones y del fútbol, en la ciudad de
Montevideo todo era posible. A veces sucede, los lugares imaginarios son más
ciertos que los reales.

                                                               *

La necesidad de viajar. El impulso de, por un tiempo acotado, ser otros, verse
en una realidad distinta a la cotidiana. Sabores, olores, esquinas. Ciudades y
libros. Música, horizontes, alimentos y la manera de cocinarlos. El nombre de la
cerveza. La noria que gira y pinta en el horizonte su telaraña de hierro y
bombillas de colores. Las nubes pesadas con lluvia en su vientre, que el viento
posa sobre la ciudad. Donde se han detenido. Pronto la tarde será un recuerdo.
Jero, sentado en mis hombros, no quiere subirse a la noria. Con cara de
sorpresa, la niña de ojos negros recibe el boleto que nos sobra. Casi en voz
baja, nos da las gracias. Jero se ríe y se despide de ella agitando las manos.
Rebeca dice se nos hace tarde. Deberíamos tomar un taxi. Yo prefiero volver al
hotel caminando. Pero Jero tiene hambre. Las ramas de los jacarandaes que
crecen en Parque Rodó detienen las primeras gotas. La lluvia, no la noche, nos
ha vencido. Rebeca levanta la mano y un taxi se detiene en el arcén. Qué
distinta parece la ciudad a través de la ventanilla del coche. Sorprendimos al
teatro Solís entrando a la ciudad vieja por su espalda.

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