A las seis de la tarde de un sábado en la Plaza de los Artesanos, cinco minutos antes de que lleguemos, Lucrecia recorre con la mirada el paisaje urbano de sombras, cementerio y tango y, al no vernos, elige una de las terrazas que se extienden en la vereda y se sienta en una mesa del rincón.
La tarde es calurosa. Caminamos los tres por Recoleta y, al cruzar la esquina de Quintana y llegar a la plaza, la descubro leyendo bajo las ramas espesas de un ficus que la protegen del sol, frente a un vaso de jugo de naranja que acaba de posar en la mesa. En voz alta, digo su nombre. Lucrecia nos mira, sonríe y se pone de pie. ¡Cuánto tiempo, querido!, dice antes de permanecer en un largo silencio que convoca nuestro abrazo. Qué diferentes los silencios que convocan los abrazos de los silencios que convocan las puertas al cerrarse. ¿Cuánto tiempo?, pregunta. Más de seis años, ya. Y estás igual, respondo. No como vos, contesta entre risas. Mirá lo que me traés. Una mujer tan linda y tu hijo, Santiago, tu hijo. Jero, ésta es Lucrecia.
*
Lucrecia se aloja en casa de unos amigos que viven en un departamento en el barrio de Caballito. Nos lleva hasta allí porque quiere que veamos la ciudad desde el balcón de un décimo piso. Un lugar turístico diferente, dice. En el departamento viven Rosa y Daniel y, desde hace cinco meses, Jacinto, primo de Rosa y amigo de Lucrecia desde la infancia. Estudia filosofía en la universidad. Cuando llegamos, Jacinto está sentado en la mesa de la cocina. Por la ventana entra una luz clara que se posa en el suelo de la cocina, la encimera y las superficies de los electrodomésticos. En el fregadero se amontonan platos, vasos y cubiertos sucios hasta alcanzar la boca del grifo y en una esquina de la mesa, apartados seguramente por Jacinto para hacer sitio a los apuntes y los libros, permanecen los restos de una comida de tres. ¿Qué tal, querido?, saluda Lucrecia. Te presento a los chicos españoles y al gran Jero. Jacinto se levanta, besa a Rebeca en una mejilla, se dispone a abrazarme y me dejo. Después se agacha para revolver el pelo despeinado de Jero, que le observa con ojos curiosos. No es muy alto, ni muy flaco. Tiene el pelo corto y rubio, peinado con una raya al medio, gafas de metal azul, viste una camiseta gris y unos pantalones cortos de color negro con el escudo de Talleres en la pernera izquierda. Está descalzo. Cuando sonríe se parece a Lucrecia. También cuando escucha nuestras explicaciones acerca del viaje y de la situación económica de España, por la que nos pregunta. Se disculpa por no poder acompañarnos y se sienta de nuevo para seguir estudiando. Rindo dos materias la semana que viene y ando apurado, nos explica. Cuando estamos a punto de salir de la cocina, Lucrecia pregunta ¿y los chicos? No sé, contesta Jacinto, sin dejar de escribir en el margen de un folio repleto de palabras. Capaz que estén cogiendo en la ducha.
El resto del departamento que vemos, la habitación de Jacinto, donde estos días duerme Lucrecia, el salón y la terraza están limpios y ordenados, como si la cocina fuera el único lugar donde los tres habitantes de la casa se permiten el desorden y la suciedad.
Lo que recuerdo de la vista desde la terraza es un cielo azul oscuro sin nubes, una ciudad gris con luces rojas y blancas que no cesaban de moverse, olor a verano, a calor y a humo y ruido de motores y frenos. Jero, en brazos de Rebeca, señaló una luna redonda, amarilla y perfilada en negro, que parecía formar parte del decorado de Buenos Aires, como si, sobre otra ciudad, fuese un cielo diferente.
*
Tres días antes de que Jero naciera, llegó una carta de Lucrecia desde Argentina. Le decía al niño que luchara por sus sueños. La carta tiene el valor de hacerse grande con el tiempo. No va a marchitarse. Cuando Jero sepa leerla, habrá cumplido su función. Hasta entonces, enmarcada, adorna una de las paredes de su cuarto.
Nos despedimos en la parada de metro de Belgrano, con un abrazo aún más largo y silencioso que el primero. Lucrecia desaparece lentamente mientras desciende por las escaleras. Volverán a pasar años antes de volver a vernos. Otra despedida.
La tarde es calurosa. Caminamos los tres por Recoleta y, al cruzar la esquina de Quintana y llegar a la plaza, la descubro leyendo bajo las ramas espesas de un ficus que la protegen del sol, frente a un vaso de jugo de naranja que acaba de posar en la mesa. En voz alta, digo su nombre. Lucrecia nos mira, sonríe y se pone de pie. ¡Cuánto tiempo, querido!, dice antes de permanecer en un largo silencio que convoca nuestro abrazo. Qué diferentes los silencios que convocan los abrazos de los silencios que convocan las puertas al cerrarse. ¿Cuánto tiempo?, pregunta. Más de seis años, ya. Y estás igual, respondo. No como vos, contesta entre risas. Mirá lo que me traés. Una mujer tan linda y tu hijo, Santiago, tu hijo. Jero, ésta es Lucrecia.
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Lucrecia se aloja en casa de unos amigos que viven en un departamento en el barrio de Caballito. Nos lleva hasta allí porque quiere que veamos la ciudad desde el balcón de un décimo piso. Un lugar turístico diferente, dice. En el departamento viven Rosa y Daniel y, desde hace cinco meses, Jacinto, primo de Rosa y amigo de Lucrecia desde la infancia. Estudia filosofía en la universidad. Cuando llegamos, Jacinto está sentado en la mesa de la cocina. Por la ventana entra una luz clara que se posa en el suelo de la cocina, la encimera y las superficies de los electrodomésticos. En el fregadero se amontonan platos, vasos y cubiertos sucios hasta alcanzar la boca del grifo y en una esquina de la mesa, apartados seguramente por Jacinto para hacer sitio a los apuntes y los libros, permanecen los restos de una comida de tres. ¿Qué tal, querido?, saluda Lucrecia. Te presento a los chicos españoles y al gran Jero. Jacinto se levanta, besa a Rebeca en una mejilla, se dispone a abrazarme y me dejo. Después se agacha para revolver el pelo despeinado de Jero, que le observa con ojos curiosos. No es muy alto, ni muy flaco. Tiene el pelo corto y rubio, peinado con una raya al medio, gafas de metal azul, viste una camiseta gris y unos pantalones cortos de color negro con el escudo de Talleres en la pernera izquierda. Está descalzo. Cuando sonríe se parece a Lucrecia. También cuando escucha nuestras explicaciones acerca del viaje y de la situación económica de España, por la que nos pregunta. Se disculpa por no poder acompañarnos y se sienta de nuevo para seguir estudiando. Rindo dos materias la semana que viene y ando apurado, nos explica. Cuando estamos a punto de salir de la cocina, Lucrecia pregunta ¿y los chicos? No sé, contesta Jacinto, sin dejar de escribir en el margen de un folio repleto de palabras. Capaz que estén cogiendo en la ducha.
El resto del departamento que vemos, la habitación de Jacinto, donde estos días duerme Lucrecia, el salón y la terraza están limpios y ordenados, como si la cocina fuera el único lugar donde los tres habitantes de la casa se permiten el desorden y la suciedad.
Lo que recuerdo de la vista desde la terraza es un cielo azul oscuro sin nubes, una ciudad gris con luces rojas y blancas que no cesaban de moverse, olor a verano, a calor y a humo y ruido de motores y frenos. Jero, en brazos de Rebeca, señaló una luna redonda, amarilla y perfilada en negro, que parecía formar parte del decorado de Buenos Aires, como si, sobre otra ciudad, fuese un cielo diferente.
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Tres días antes de que Jero naciera, llegó una carta de Lucrecia desde Argentina. Le decía al niño que luchara por sus sueños. La carta tiene el valor de hacerse grande con el tiempo. No va a marchitarse. Cuando Jero sepa leerla, habrá cumplido su función. Hasta entonces, enmarcada, adorna una de las paredes de su cuarto.
Nos despedimos en la parada de metro de Belgrano, con un abrazo aún más largo y silencioso que el primero. Lucrecia desaparece lentamente mientras desciende por las escaleras. Volverán a pasar años antes de volver a vernos. Otra despedida.
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