sábado, marzo 1

Viajamos al norte

Como hace meses dejé Desde las Ventanas Abiertas en un tren que, desde
Londres, iba camino de Worcester, en una estantería de una librería en la
ciudad vieja dejé El Libro de las Ausencias. Me gusta creer que alguien en
Montevideo lo leerá. Y que el librero no sabrá qué contestar cuando le
pregunten el precio o la trama. Dejar que los libros emprendan su camino,
recorran países, ciudades, manos.

                                                             *

Viajamos al norte siguiendo la línea del mar, en busca de sol y algarabía. Lo
que encontramos es lluvia. Y una tranquilidad que reconforta, una
mansedumbre de tiempo detenido y siestas.

                                                             *

Releo La Tregua con el mapa de Montevideo al lado. Para buscar los lugares
por los que transitan Santomé y Avellaneda y comprobar si yo también pasé
por ellos, torpe, como en ocasiones lo es también el libro, de creerme
personaje, de pensar que podría haber estado sentado en la misma mesa del
café donde Santomé le declaró su amor a Avellaneda.

                                                             *

Las vacas rumian en los palmerales. El mar no se ve; pero puede olerse. El
viento barre la superficie de la tierra y, a juzgar por los perfiles redondeados del
horizonte, ha debido hacerlo, incansable, durante siglos. Detengo el cochefrente a la arena. Jero duerme tumbado en el asiento trasero. Detrás de las
dunas, estará el mar, dice Rebeca. Apago el motor, desabrocho el cinturón de
seguridad y me acerco para besarla. Cerramos los ojos, Jero se despierta y se
ríe. Los dos salen del coche y se dirigen al agua.
Les hice una fotografía. Están de espaldas, en la esquina inferior
izquierda. Frente a ellos y frente a mí un mar oscuro y bravo. El viento aún no
ha sido capaz de domar sus perfiles.

                                                             *


Un viento fuerte agita la ropa tendida en la pradera que rodea el faro de Cabo
Polonio hasta mezclar los colores que tiñen los tejidos. Una yegua pasta junto a
su potrillo. Levantan la cabeza un instante para observarnos con ojos
aburridos, cansados, tal vez, del trasiego de turistas. A la hora de comer, Jero
se queda dormido en un hamaca frente al mar que el viento agita como si fuese
ropa tendida. Después, sentados en la jaula de un camión, abandonamos el
cabo a través de la playa. A la izquierda el mar y a a la derecha un paisaje lunar
de dunas que mojan sus pies en el agua. Jero, en mi regazo, permanece en
silencio y lo observa todo con curiosidad. Extiende el brazo derecho para
pedirle a Rebeca que le dé la mano.

                                                            *

Rebeca termina de bailar la canción que sonaba en la radio y yo de leer La
Tregua. Despertamos a Jero de su siesta y nos vamos los tres a bañar a la
playa.

No hay comentarios:

días

cuadernos