La carne aterida.
Las sirenas aúllan en las esquinas
o bajo los soportales.
La noche, como el vientre
saciado de un dragón dormido
o la pantalla del comecocos,
si los taxis te persiguen
como fantasmas.
Entraste en la sala de espera
aferrada a un dolor y a un hipnótico.
Dije tu nombre.
Te rogué basta.
Te pedí paciencia.
Lloraste tendida en el suelo.
Porque no te atrevías a abrazarme
confesaste después en la comisaría.
gijón.agosto2013.demadrugada.

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