Cuentan que Alexandr Vorobiov dedicó los tres últimos años de su
vida a coleccionar fotografías de charcos. Y lo hizo del modo
irracional y absurdo con el que se llevan a cabo los proyectos
inútiles. Sobre Kaliningrado, la ciudad en la que Alexandr había
nacido, vivió y moriría una tarde (asediado y, al fin, vencido por
una neumonía que le sobrevino días después de fotografiar, bajo
una lluvia imparable y a dos grados centígrados de temperatura, los
charcos que, como las flores de invierno, duraban un instante sobre
la arena de Mechnikovo), llovía entre trescientos y trescientos
quince días al año. Por qué se entregó a esa pasión recolectora
que le habría de llevar a la muerte, nadie lo sabe. Soltero y sin
familia que le sobreviviera, no se le conocía empleo, modo de
subsistencia ni relaciones sociales más allá de un par de amigos de
infancia, quienes, cuando fueron interrogados sobre el camarada
Vorobiov, respondieron un lacónico “no era mal tipo”, con lo que
conlleva el uso de una negación para definir a una persona.
¿Quién era Alexandr Vorobiov que ni a buen tipo alcanzaba, según
las dos personas que decían conocerle? ¿Por qué tres años antes
de su muerte comenzó a coleccionar fotografías de charcos? De no
haber tomado esta decisión, ¿seguiría aún vivo? Eran preguntas
que el joven investigador de policía Dmitry Zaitsev, destinado un
par de semanas antes al distrito portuario de Kaliningrado, se hacía
mientras observaba los cientos de fotografías que colgaban de las
paredes en la casa del fallecido. En todas, un charco. En todas, la
puntera del par de zapatos de quien presumiblemente hacía la
fotografía: Alexandr Vorobiov, muerto en la tarde del seis de marzo
de dos mil uno a la edad, según su documento nacional de identidad,
de sesenta y tres años.
¿Qué hacemos con todas estas fotos, jefe?, preguntó un ayudante en
la espalda de Zaitsev. Recógelas, mételas en un sobre y envíalas
al museo de la ciudad. Una donación de Alexandr Vorobiov, si te
preguntan. Un sobre grande, musitó el ayudante lo suficientemente
alto como para que el joven investigador pudiera escucharle. Zaitsev
recorrió sin prisa las habitaciones de la casa y concluyó que se
trataba de una muerte natural. No encontró indicios de violencia.
Sin despedirse de su ayudante, que se afanaba en despegar las
fotografías de las paredes, salió de la casa y, envuelto en el frío
invernal que marzo aún posee en esas latitudes, dirigió sus pasos
hacia la comisaría. En la esquina de Manitskaya y Uprima observó la
superficie de un charco que aún temblaba tras el paso de un coche.
Sacó el móvil, que siempre guardaba en uno de los bolsillos
traseros del pantalón, encuadró el contorno del agua oscura y sucia
sobre el asfalto y la punta de sus botas negras de piel y capturó la
imagen que veía en la pantalla. Devolvió el móvil al bolsillo y
recordó en ese instante, sin saber muy bien por qué, las palabras
que hace seis meses en Moscú le contestara Masha al preguntarle qué
piensas: no lo sé, Dima, no eres mal tipo. Pero creo que buscamos
cosas distintas.
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