viernes, abril 4

Verás llover en Mechnikovo


Cuentan que Alexandr Vorobiov dedicó los tres últimos años de su vida a coleccionar fotografías de charcos. Y lo hizo del modo irracional y absurdo con el que se llevan a cabo los proyectos inútiles. Sobre Kaliningrado, la ciudad en la que Alexandr había nacido, vivió y moriría una tarde (asediado y, al fin, vencido por una neumonía que le sobrevino días después de fotografiar, bajo una lluvia imparable y a dos grados centígrados de temperatura, los charcos que, como las flores de invierno, duraban un instante sobre la arena de Mechnikovo), llovía entre trescientos y trescientos quince días al año. Por qué se entregó a esa pasión recolectora que le habría de llevar a la muerte, nadie lo sabe. Soltero y sin familia que le sobreviviera, no se le conocía empleo, modo de subsistencia ni relaciones sociales más allá de un par de amigos de infancia, quienes, cuando fueron interrogados sobre el camarada Vorobiov, respondieron un lacónico “no era mal tipo”, con lo que conlleva el uso de una negación para definir a una persona. 

¿Quién era Alexandr Vorobiov que ni a buen tipo alcanzaba, según las dos personas que decían conocerle? ¿Por qué tres años antes de su muerte comenzó a coleccionar fotografías de charcos? De no haber tomado esta decisión, ¿seguiría aún vivo? Eran preguntas que el joven investigador de policía Dmitry Zaitsev, destinado un par de semanas antes al distrito portuario de Kaliningrado, se hacía mientras observaba los cientos de fotografías que colgaban de las paredes en la casa del fallecido. En todas, un charco. En todas, la puntera del par de zapatos de quien presumiblemente hacía la fotografía: Alexandr Vorobiov, muerto en la tarde del seis de marzo de dos mil uno a la edad, según su documento nacional de identidad, de sesenta y tres años. 

¿Qué hacemos con todas estas fotos, jefe?, preguntó un ayudante en la espalda de Zaitsev. Recógelas, mételas en un sobre y envíalas al museo de la ciudad. Una donación de Alexandr Vorobiov, si te preguntan. Un sobre grande, musitó el ayudante lo suficientemente alto como para que el joven investigador pudiera escucharle. Zaitsev recorrió sin prisa las habitaciones de la casa y concluyó que se trataba de una muerte natural. No encontró indicios de violencia. 

Sin despedirse de su ayudante, que se afanaba en despegar las fotografías de las paredes, salió de la casa y, envuelto en el frío invernal que marzo aún posee en esas latitudes, dirigió sus pasos hacia la comisaría. En la esquina de Manitskaya y Uprima observó la superficie de un charco que aún temblaba tras el paso de un coche. Sacó el móvil, que siempre guardaba en uno de los bolsillos traseros del pantalón, encuadró el contorno del agua oscura y sucia sobre el asfalto y la punta de sus botas negras de piel y capturó la imagen que veía en la pantalla. Devolvió el móvil al bolsillo y recordó en ese instante, sin saber muy bien por qué, las palabras que hace seis meses en Moscú le contestara Masha al preguntarle qué piensas: no lo sé, Dima, no eres mal tipo. Pero creo que buscamos cosas distintas.

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