Septiembre deposita sobre la ciudad
unas nubes grandes y gordas que cubren por completo el cielo y
parecen aplastar con su peso de agua la altura imponente de los
edificios que se construyeron, cuando conseguir dinero era fácil, en
el centro de la ciudad. A estos días H los llama los días putos,
porque en su interior se instala una tristeza sorda de la que no
puede desprenderse, un sentimiento oscuro que le abraza como un
náufrago lo haría a un tablón de madera en mitad del océano. Otro
día puto, piensa mientras mira el cielo a través del parabrisas. A
partir de hoy, las criaturas que nazcan serán libras. H está
seguro de que su destino quedó marcado el día en que nació
acuario. Qué vida tan distinta la mía, decía siempre, si hubiera
nacido piscis. O tauro. Enciende la radio del coche y recuerda, como
tantas veces hace a esas horas de la mañana de un día puto, las
palabras que su padre le dijo cuando era un crío, aquella noche que
llegó del puerto sudoroso y pálido, con apenas un hilo de voz en
los labios y fuerza en las piernas para alcanzar la habitación,
tumbarse en la cama y no volver a levantarse vivo, por culpa de una
enfermedad que le irá llenando los pulmones de sangre hasta
ahogarle, dijo el médico con voz solemne y engolada. Su padre,
marinero y calafate, murió ahogado como siempre temió. Qué más da
que fuera por dentro. Unas horas antes le dijo: H, somos tantos en
el mundo, hijo, que a lo único que puedes aspirar es a ser
necesario. H no entendió bien qué quiso decirle su padre mientras
se moría. Quizás ahora tampoco lo entienda del todo. Pero no puede
evitar recordarlo cuando amanece un día puto.
H se quedó con su madre, que fingía
quererlo, algo que es peor que no querer, siempre lo supo, y
transcurrieron años como transcurren días hasta que una noche en la
cocina, cansado de escuchar una vez más cómo puedes hacerme esto
con lo que yo te quiero, por no clavárselo en el pecho, le clavó a
su madre un tenedor en el dorso de la mano abierta que tenía apoyada
en la encimera. Y después de la mueca de dolor y del alarido
inconsolable, llegó la policía, el reformatorio y los tres grados
de la cárcel. Es curioso como de su padre, ahogado por dentro, y de
su madre, de la que nada sabe porque no quiso volver a verla, lo
único que conserva son palabras.
Una ambulancia atraviesa la ciudad a
toda velocidad. El reloj del salpicadero marca las nueve y cuatro. Si
todo va bien ahí dentro, falta un minuto. Enciende el motor del
coche, desbloquea el cierre centralizado y se acerca lentamente, como
si buscara aparcamiento, a la puerta del banco.
gijón.septiembre2013.
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