Durante años Vargas Llosa vivió en la misma calle que nosotros. A
menudo nos cruzábamos en la acera, observábamos su espalda en la
cola del colmado o compartíamos alguno de los bancos del parque
Boolognesi, cuando don Mario llegaba y decía en voz baja: permiso.
Al verlo, mi madre se ponía nerviosa, arrastraba las nalgas hacia un
extremo y decía, niño, estate quieto, no molestes; aunque yo, la
mayoría de las veces, no me había movido, intrigado como estaba en
aquel hombre alto, de pelo entrecano perfectamente peinado, ojos
grandes y amables y manos abiertas y pálidas que cuando se movían
parecían peces. A veces estaba solo y abría un libro que leía
durante horas. Otras le acompañaba una mujer, quizás su esposa,
alta, de cabellos negros, frente ancha, labios gruesos y nariz
afilada, que comenzaba a redondear los perfiles de su cintura, como
le ocurre a veces a las mujeres que alcanzan cierta edad. Unas lo
llevan bien, era el caso de la señora Vargas, y se visten con blusas
largas, de talle amplio y estampado de buganvillas, a las que la
brisa del Pacífico proporciona un vuelo distinguido y grácil.
Otras, como mi madre, se empeñan, presas de un afán baldío por
contener lo incontenible, en embutirse en puloveres de colores
neutros, jeans ajustados y zapatos de tacón alto, que les hace
parecer grotescas.
Un día Vargas Llosa y su mujer desaparecieron. Quién sabe si
viajaron en avión a Europa o en barco al norte. Dejamos de cruzarnos
por la calle y de compartir la cola del colmado o el banco del parque;
y comenzamos a ver su fotografía en los periódicos y a escuchar su
voz en los telediarios. Cuando por fin había decidido pedirle que me
dedicara “La ciudad y los perros”, el único libro suyo que había
en la estantería de nuestra casa, ya era demasiado tarde. Se había
convertido en un escritor famoso y lejano.
Han pasado veinte años. Mi madre, de tanto intentar contenerse,
acabó por conseguirlo y murió una tarde del invierno pasado en la
que no paró de llover sobre Lima. Hoy don Mario Vargas Llosa,
convertido ya en Premio Nobel de Literatura, firma su última novela
en una de las librerías del centro. Cuando supe que venía a la
ciudad, busqué “La ciudad y los perros” en la estantería del
piso de mis padres y me vestí con el traje de mi segunda boda.
Para Jaime, don Mario, por favor. Vargas Llosa levanta el rostro y
durante un par de segundos me mira fijamente. Mientras escribe la
dedicatoria observo sus manos que, más pálidas y azuladas en el
trayecto de las venas, siguen pareciendo peces. De pronto dice:
Jaime, ¿sigue viviendo en Sucre? ¿Se acuerda de mí, don Mario?,
pregunto sorprendido. Vargas Llosa me mira de nuevo y sonríe ¿Qué
cree usted, si no la memoria, me ha traído hasta aquí? Firma,
cierra el libro y me lo entrega. Dele recuerdos a su madre, concluye.
Lo haré, don Mario, contesto sin atreverme a decir que está muerta.
Para Jaime y para su madre, ángeles custodios del banco que tantas
veces compartimos, leo al salir de la librería.
gijón.marzo2014.olima.
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