Y de
pronto uno entiende que vivir no es lo importante,
que el
peso de lo que hemos sido y de lo que somos
se
reparte en ciertos mapas, en otros paisajes,
en
algunos de los horizontes que forman parte
de la
memoria, de las tardes de verano que terminaban
por
ahogarse en las piscinas,
de los
partidos de fútbol que acababan cuando
se hacía
de noche o cuando la madre del bueno
se
acercaba a la banda y le gritaba nos vamos
para casa
y entonces para qué seguir jugando si nada
de lo que
ocurriera a partir de entonces alcanzaría la categoría
de
maravilla o de recuerdo.
Pasaban
los trenes, fugaces o atormentados,
al acecho
de suicidas a los que conceder la gloria.
Después
llegaste tú y tus ojos y tus manos
y tu voz,
a veces dulce, a veces tan distante;
pero qué
más da, si nos enamoramos tan duro
que lo de
antes debía ser de fogueo.
Todo
cobró sentido aunque nada lo tenía,
y una
tarde, después de ducharte,
decidiste
quedarte a mi lado.
Y
buscamos otros paisajes, otros horizontes, otros
lunes,
otros diciembres lejos de aquella ciudad en la que
todo lo
que sucedía ya había sucedido antes,
en la que
el cielo del amanecer siempre estaba sucio.
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