En la
playa donde cada julio
la marea
desciende para dejar un poema,
Y. estuvo
haciéndonos fotografías,
casi
todas de espaldas,
por
aquello de la privacidad en las redes sociales,
donde,
tarde o temprano, aparecerían.
Nos
bañamos en el mar, cavamos pozos en busca de agua,
recogimos
conchas vacías y tomamos el sol durante horas.
Era una
tarde de verano de esas que parece
que no
van a terminar nunca.
O que uno
quiere que no terminen nunca.
En la
terraza del chiringuito, mi padre
se empeñó
en pagar las cervezas.
Sonreía
y hablaba, de la tarde que vio pasar
escapados
a Pepe Recio y a Perico y de otra vida.
Tenía
los ojos tristes.
Antes que
la montaña, con el sol
pudieron
las nubes. Una luz gris mate,
que se
debilitaba con el rumor de las olas,
obligó a
los últimos bañistas
a
abandonar el arenal.
Cuando la
playa quedó vacía, regresamos a la orilla
en busca
de algo, no sabría decir el qué.
Y. hizo
la última fotografía de nuestras espaldas;
pero ya
la noche había vencido y quedó
desenfocada
y oscura.
A. estaba
cansado, protestaba.
Le cogí
en brazos.
Decidimos
regresar a casa
y
comenzamos a ascender por la carretera
en busca
del coche. En el camino,
que los
cuatro hicimos en silencio,
se quedó
dormido.
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