miércoles, septiembre 9

La Ñora


En la playa donde cada julio
la marea desciende para dejar un poema,
Y. estuvo haciéndonos fotografías,
casi todas de espaldas,
por aquello de la privacidad en las redes sociales,
donde, tarde o temprano, aparecerían.

Nos bañamos en el mar, cavamos pozos en busca de agua,
recogimos conchas vacías y tomamos el sol durante horas.
Era una tarde de verano de esas que parece
que no van a terminar nunca.
O que uno quiere que no terminen nunca.

En la terraza del chiringuito, mi padre
se empeñó en pagar las cervezas.
Sonreía y hablaba, de la tarde que vio pasar
escapados a Pepe Recio y a Perico y de otra vida.
Tenía los ojos tristes.

Antes que la montaña, con el sol
pudieron las nubes. Una luz gris mate,
que se debilitaba con el rumor de las olas,
obligó a los últimos bañistas
a abandonar el arenal.

Cuando la playa quedó vacía, regresamos a la orilla
en busca de algo, no sabría decir el qué.
Y. hizo la última fotografía de nuestras espaldas;
pero ya la noche había vencido y quedó
desenfocada y oscura.

A. estaba cansado, protestaba.
Le cogí en brazos.
Decidimos regresar a casa
y comenzamos a ascender por la carretera
en busca del coche. En el camino,
que los cuatro hicimos en silencio,
se quedó dormido.

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