Los
perfiles de la ciudad se difuminan y,
de un
modo grotesco, al caer la tarde
los
borrachos del barrio gritan tu nombre
y el
apodo con el que todos por aquí te conocíamos,
cinturita
de avispa,
y tenemos
presente que fuimos alas
y fuimos
polvo durante años,
sin
posibilidad alguna de redención
o de
mostrar un gramo de dulzura que,
ay
imbéciles,
nos
hubiera abierto la puerta, no de tu corazón,
pero sí,
al menos, de tus piernas para encontrar tras ella,
aunque
apenas segundos fuera,
la calma
y la alegría que los seres brillantes,
cinturita
de avispa,
sois
capaces de conceder al resto de los mortales,
habitantes
del barrio quienes,
borrachos,
cada tarde de verano como ésta,
te
veíamos pasar, intocable, y montarte
en ese
viejo ford oro cuarzo
que
aguardaba con el motor en marcha frente al puerto,
conducido
por un tontolaba, por un babayu que no tenía
otra cosa
que hacer que jodernos la vida y entretenerte,
candidato
número uno a tropezar y partirse en dos
la crisma
y el corazón.
Absurdo
era y absurdo me siento al recordarlo,
cinturita
de avispa.
Cerrabas
la puerta del ford y te llevabas, ahora lo sé,
cada
tarde de aquel verano y para siempre,
nuestra
sangre que hervía,
nuestros
sueños, nuestra rabia
y una
honda desesperación.
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