miércoles, octubre 7

Cinturita de avispa


Los perfiles de la ciudad se difuminan y,
de un modo grotesco, al caer la tarde
los borrachos del barrio gritan tu nombre
y el apodo con el que todos por aquí te conocíamos,
cinturita de avispa,

y tenemos presente que fuimos alas
y fuimos polvo durante años,
sin posibilidad alguna de redención
o de mostrar un gramo de dulzura que,
ay imbéciles,
nos hubiera abierto la puerta, no de tu corazón,
pero sí, al menos, de tus piernas para encontrar tras ella,
aunque apenas segundos fuera,
la calma y la alegría que los seres brillantes,
cinturita de avispa,
sois capaces de conceder al resto de los mortales,
habitantes del barrio quienes,
borrachos, cada tarde de verano como ésta,
te veíamos pasar, intocable, y montarte
en ese viejo ford oro cuarzo
que aguardaba con el motor en marcha frente al puerto,
conducido por un tontolaba, por un babayu que no tenía
otra cosa que hacer que jodernos la vida y entretenerte,
candidato número uno a tropezar y partirse en dos
la crisma y el corazón.

Absurdo era y absurdo me siento al recordarlo,
cinturita de avispa.

Cerrabas la puerta del ford y te llevabas, ahora lo sé,
cada tarde de aquel verano y para siempre,
nuestra sangre que hervía,
nuestros sueños, nuestra rabia
y una honda desesperación.

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