Mides mi
cuerpo con las manos y con la memoria.
Después
de desperezarte. Cuando somos capaces
de dejar
a un lado la torpeza que,
casi
siempre, nos acompaña.
Te
acercas. Sonríes. Muerdes el labio inferior
y
celebras el crecimiento de la barba.
La voz
ronca. Bienvenido.
Mides mi
cuerpo.
Con las
manos, con la memoria. Con las ganas.
En la
noche del delta que sedimenta bajo nosotros,
que nos
estamos convirtiendo en agua.
Cuando
somos capaces de dejar a un lado esta torpeza.
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