Al menos
dos veces al mes desaparecía.
Como los
perros cuando se van de perras.
Regresaba
días después; a veces limpia,
a veces
con ese olor fuerte y penetrante
del sudor
que ha permanecido en la piel
durante
días.
No
hablaba.
Me besaba
en la frente,
se
sentaba en la mesa de la cocina
y
lloraba.
Ésta
nunca ha sido una casa de preguntas.
Yo era un
país ocupado
que
aguardaba en silencio
la
sucesión de los acontecimientos.
Detenía
mi rutina.
Los días
que pasaba solo eran mucho peores
que los
días en que ella regresaba.
Así era
mi dependencia, mi rendición.
Siempre
llegaba el momento en que me abrazaba
por la
espalda, fuerte,
y nos
quedábamos así,
inmóviles
hasta que su respiración reposaba.
Yo me
dejaba hacer. Ella no me soltaba.
No
volverá a suceder, decía.
No
volverá a suceder.
Y yo me
dejaba.
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