Albergabas
en tu cuerpo ejércitos de amaneceres
y la
tristeza de marfil de los pianos.
Quejosa,
a veces. A veces sin tiento.
Cuando te
marchabas, dejando un zumbido
de
tungsteno incandescente, yo me sentaba a escribir,
creyéndome
capaz de amarrarte
con
palabras de grafito.
Imbécil.
Apagaba
la luz pero el zumbido no cesaba,
tan
dentro lo tenía; anudado en las tripas,
apretaba
fuerte. De pie, me dolía la espalda;
tumbado,
el pecho.
Escuchaba
a todas horas un disco en directo
de Band
of Horses que me aplacaba las ganas
hasta
hacerme llorar.
Quién
era yo en aquellos días... ni puta.
Agotado.
Enfermo. Cobarde. De tan perdido, llegué a creer
que
formaba parte de ti.
Después
llegó septiembre y me hiciste saber
que no
había sido otra cosa
que un
espectador afortunado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario