miércoles, noviembre 18

Después llegó septiembre


Albergabas en tu cuerpo ejércitos de amaneceres
y la tristeza de marfil de los pianos.
Quejosa, a veces. A veces sin tiento.
Cuando te marchabas, dejando un zumbido
de tungsteno incandescente, yo me sentaba a escribir,
creyéndome capaz de amarrarte
con palabras de grafito.

Imbécil.

Apagaba la luz pero el zumbido no cesaba,
tan dentro lo tenía; anudado en las tripas,
apretaba fuerte. De pie, me dolía la espalda;
tumbado, el pecho.

Escuchaba a todas horas un disco en directo
de Band of Horses que me aplacaba las ganas
hasta hacerme llorar.

Quién era yo en aquellos días... ni puta.
Agotado. Enfermo. Cobarde. De tan perdido, llegué a creer
que formaba parte de ti.

Después llegó septiembre y me hiciste saber
que no había sido otra cosa
que un espectador afortunado.

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